La oscuridad de la marginación
Por
Marcela Vaquero
Periodista
Vivir por mucho tiempo bajo las garras de las drogas e intentar reincorporarse al mundo es una de las pruebas más grandes que pasa una adicta. Sin embargo, su mayor temor se encuentra a la vuelta de la esquina esperando señalarla: la marginación de la sociedad.
|
Foto: Marcela Vaquero |
La reinserción a la sociedad es el proceso más duro al que se somete una ex adicta. |
|
Rosa González recién ha cumplido 30 años. Tiene una estatura promedio, piel trigueña y cabello negro. Su vestimenta refleja la sencillez que la caracteriza en todos los lugares que visita. Cualquiera que la observe en la calle podría pensar que detrás de ella no existe una historia dolorosa y llena de recuerdos oscuros. “Antes hasta en la Plaza Libertad dormía y no me importaba nada”, afirma Rosa González con una sonrisa triste que se dibuja en su rostro.
Su vida transcurre por las calles del Mercado Central, en San Salvador, adonde se dedica a vender lentes para el sol. Esta es la única forma que ha encontrado para sostener a sus dos hijos. Sabe que la leche para el de cuatro años no puede faltar y el dinero de la renta, menos. Buena o mala la venta siempre abastece las necesidades de la familia.
Claudia Castillo también tiene dos hijos. A sus 40 años, el maquillaje le esconde el paso del tiempo. Su vida laboral gira alrededor de su propio negocio, un salón de belleza en San Marcos, San Salvador. “Yo sé que con lo del salón no sobrevivo, pero me ayuda para pagar algunos gastos”, comentó Castillo sin ocultar un gesto de ironía en su rostro.
Ninguna se conocen, pero tienen algo en común: dependieron de las drogas y han vivido el rechazo de la sociedad. Tienen claro que la estigmatización se intensifica cuando se habla de una mujer drogadicta.
González recuerda que su primer contacto con las drogas fue a los 10 años. Se encontraba en la escuela y sus compañeros de quinto grado, por lo general, consumían marihuana en las horas libres. Un día de tantos, accedió a la petición de sus amigos de probar marihuana. De esta forma, dio el paso hacia el mundo de la drogadicción. Su casa era el lugaridóneo para reforzar la dosis con un poco de alcohol que su hermano mayor escondía bajo una cama. Mientras él salía a trabajar, ella aprovechaba para robarle la botella de alcohol.
A los 12 años abandonó su casa en Santiago La Frontera, Santa Ana. Los golpes diarios que recibía de su padre la obligaron a tomar la decisión. “Cada vez que llegaba ebrio me pegaba por cualquier cosa”, dice. Se dirigió a San Salvador, donde le aguardaba sus calles y más drogas. Seis de sus 16 años los vivió en las calles pidiendo, robando y consumiendo todo tipo de sustancias. Fue víctima de violaciones sexuales, maltrato físico, de los mismos drogadictos,y sobredosis.
Castillo no vivió en las calles, pero sí robó a su familia y tuvo que prostituirse paracomprar la marihuana. Pasó de un centro de rehabilitación a otro. Por lo general, se escapaba y volvía a recaer. Dos años de su vida fueron controlados por las drogas.
Un mundo de escape
En la actualidad, 10 mil mujeres salvadoreñas, como Rosa y Claudia, han vivido en el mundo de las drogas, según datos de la encuesta realizada por la Comisión Salvadoreña Antidroga (COSA) 2004. Y de igual forma, experimentaron la estigmatización que la sociedad le adjudica a una mujer drogadicta.
|
Foto: Marcela Vaquero |
La adicción es una enfermedad que se apodera del cuerpo de mujer sin respetar. |
|
La drogadicción no aparece súbitamente, sino a lo largo de una transformación individual donde se desarrollan conductas antisociales. Pilar Moreno, profesora de psicología dela Universidad de Málaga, destacaen su libro Psicología de la Marginación Social publicado en el 2001, que la drogodependencia conlleva diferentes etapas como proceso: aproximación, experimentación, escalada, mantenimiento, abandono y recaída. Se trata de un proceso en el cual la persona va perdiendo el control del consumo de la droga.
Estudios, realizados por la Fundación Antidrogas Salvadoreña (FUNDASALVA), muestran que por cada dos drogodependientes uno es una mujer. Revela asimismo que el 57% de las mujeres consumen drogas para huir de problemas familiares o afectivos. Además, se evidencia que el 49% lo hace para evadir la realidad.
Desintegración familiar, violencia intrafamiliar, disponibilidad a la droga y atmósfera laboral son algunos de los principales factores que se estiman inducen a la mujer al mundo de las drogas. Lo que parece cierto es que los diversos antecedentes familiares que ha tenido una mujer pueden afectar en su integración a las drogas. “Tras una mujer adicta hay una mujer que ha sido violentada”, opina Rosa Quintanilla, técnica legal de la Asociación de Mujeres Salvadoreñas (AMS).
Entre los oficios del hogar, el cuido de los hijos y el sustento de la familia la tención se vuelve mayor. A partir de esto, las drogas se vuelven un escape de esa tención social.
González no recuerda los momentos de “trance”, pero asegura que muchas veces consumió para olvidar el hambre y frío. “Si tenía algún dolor de cuerpo, solo buscaba un churro y se me olvidaba todo”, sostiene y su mirada se pierde entre la gente que pasa por su negocio. Para Pedro Ticas, director de investigación de la Universidad Pedagógica, el uso de drogas en mujeres solo es un mecanismo de autodefensa para evadir la realidad de una sociedad que las asfixia. “Es el único escape a tanta presión social”, afirmó.
Las sombras de la cultura machista
La drogadicción y la marginación se encuentran ligadas. Se habla de adictos y la sociedad repele todo lo referente a ellos. En una mujer la exclusión es doble: por ser adicta y por ser mujer. En el programa de intervención psicosocial con personas drogodependientes, realizado por Pilar Moreno, revela quees más probable que los hijos acepten que su padre sea adicto y no que su madre lo sea.
De igual forma, la sociedad puede aceptar la adición en un hombre. pero no en una mujer.Esto se debe a que el papel impuesto por la sociedad a una mujer siempre ha tenido que ver con el concepto de familia. “La misma sociedad las orienta al consumo, pero al mismo tiempo las juzga”, aseguró Ticas.
Castillo recuerdó que después de dar inicio a su proceso de recuperación a los 31 años, con varios ingresos en diversos programas de ayuda para adictas, como la Asociación Puerta de Salvación, intentó buscar trabajo pero muchas veces se lo negaron. “Cuando se enteraban que había sido drogadicta me decían que ellos no se podían arriesgar a contratarme”, reveló. Una de las tantas veces que intentó aplicar para un trabajo la sometieron a la prueba del polígrafo.“Mentí al decirles que nunca había consumido y como en el volado ese salía todo, no me aceptaron”.
El alto grado de desconfianza que adquiere una persona adicta afecta su reinserción a la sociedad. Carla Magaña, administradora del comedor La Cocina, en la colonia San Luis, aseguró que no podría confiar en una persona que ha robado para conseguir drogas. “Si lo hizo una vez, lo puede volver hacer”.
La cultura machista es uno de los principales obstáculos que encuentra la mujer al estar dentro o al salir de las drogas. La concepción de la sociedad sobre la mujer es que está hecha para servir a otros y un comportamiento fuera de ese rol no se puede comprender. Ticas comentó que, en la actualidad, esa percepción se mantiene.
Datos manejados por la Fundación ALMA muestran que del 10 % de mujeres que ingresan al centro solo un 3% encuentra una nueva oportunidad de trabajo. La otra parte tiene que dedicarse a tareas domésticas o trabajos informales.
Marisol Menjívar, presidenta de Fundación ALMA, sostuvo que la institución se mantiene en el anonimato por el mismo miedo que tienen las internas al rechazo que puedan recibir de la sociedad. “Todavía no nos atrevemos a poner un rótulo que diga el nombre de la Fundación, porque ellas sienten pena que las vean salir de un programa para adictos”.
En la actualidad, existen programas para tratar la adicción pero los costos son muy elevados y no cualquiera puede tener acceso. En el caso deFundación ALMA, se paga 600 dólares por mes. “Hay casos en los que la Fundación se hace cargo de los gastos, pero tienen que ser muy estudiados”, comentó Menjívar.
En las muchas noches que pasaban drogadas no percibían el rechazo de la sociedad. Las drogas las transportaban a un mundo que las alejaba de su realidad. Sin embargo, el impacto es más fuerte cuando intentan reintegrarse a la sociedad y se enfrentan al mundo que dejaron por un largo tiempo. Las señalan con el dedo.
“Una marginación a la mujer por usar drogas es violencia de género”, aseguró Rosa Quintanilla, Técnica Legal de AMS. Esto tiene relación con la intimidación que se ejerce hacia las mujeres por el simple hecho de serlo. González no solo recibió un sinfín de golpes cuando su mundo eran las calles, sino que también sigue enfrentado un maltrato de parte de su familia por su pasado. Hasta la fecha su padre no acepta que su única hija haya caído en el mundo de las drogas. “Tiene casi nueve años que no habla directamente conmigo”, comentó.
Para Ticas, el rechazo de la mujer adicta tiene que ver con la marginación de género que el mismo sistema social ha creado. “Es en él que se ha delegado que la mujer deja de ser delicada, femeninay mujer si consume drogas”, agregó.
González aún no supera las imágenes de muchas violaciones sexuales que sufrió. “A vecesmedio me dormía y los huelepega me violaban”, comentó. La droga se apoderaba de ella pero no de sus deseos de mantener firme su dignidad como mujer. Recuerda que la última vez que un hombre abusó de ella tuvo que recurrir a una navaja para ahuyentarlo. Desde ese día, la navaja de color oxidado la acompañaba a todos lados y por las noches la escondía en su ropa.
Ahora para ella esto solo se ha quedado en un relato que prefieren olvidar. Pero en la actualidad, la gran mayoría de mujeres que viven en las calles sufren este tipo de abuso. “Ser mujer en la calle te vuelve más vulnerable”, aseguró el médico y terapista de FUNDASALVA, Ricardo Cook. Afirmó que el 20% de mujeres con problemas de adicciónha tenido que pasar por una situación como la de González y Castillo.
“Nosotras deberíamos de sentir repudio porque nos abandonan cuando necesitamos ayuda”, sostuvo González.
Educar para evitar
González aseguró que desde pequeña sus padres fueron muy estrictos en cuanto a los estudios, pero que nunca le dijeron que las drogas podrían afectar su vida y salud. “No recuerdo que el tema de las drogas fuera de interés en mi familia, de hecho ni se tocaba”, añade con un gesto de inconformidad. Cook dice que el tema de las drogas se debe abordar desde la infancia, así mismo que es el mismo Gobierno el que debe de crear espacios para la reinserción de la mujer adicta en la sociedad. “Toda la marginación se puede evitar si se invierte en la educación de la sociedad”, afirmó.
Según el Diagnóstico Nacional de El Salvador, realizado en el 2004 por el Ministerio de Salud Pública y Asistencia Social, hasta la fecha no se han realizado estudios que revelen que la eficiencia de programas, pactados en el Plan Nacional Antidrogas 2002-2008, ayude a la mujer en lareinserción social. “Muchos de los programas que se lanzan se quedan en el aire y son maquillados”, opinó Quintanilla. Es en la sociedad donde se debe de comenzar abrir espacios a las mujeres que han consumido drogas. “Así se les puede dar la oportunidad de volver a una vida normal”, dijo Ticas.
En un viernes como cualquiera y a plenas seis de la tarde González se dispone a guardar en una vieja caja blanca los lentes que no se vendieron en el día. La alienta el saber que pronto volverá a ver a sus dos hijos. Sabe que hay dos personas que la esperan para dejar que terminar el día. “Lo único bueno que me dejaron las drogas es que me di cuenta de la importancia de la familia”. |