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Sabado, 25. Mayo 2013
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Portada Deportes El beisbolista que nunca existió

El beisbolista que nunca existió

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Lo conocen como “el Pitcher zurdo”, tiene 25 años de trayectoria ¿Cómo envejece una estrella que el deporte olvidó?

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Jaime ofrece una gran variedad de pan, desde salpores, pañuelos, milonjas, menudos, entre otros. No obstante, el pan que más disfruta haciendo es la repostería.

Su casa, ubicada en la colonia San Luis, es también una panadería. Adentro hay un horno y un mostrador de vidrio en donde ofrece el pan. En las paredes, pintadas de rojo, llama la atención un cuadro que enmarca una entrevista con el título “¿Qué pasó con Jaime Galeano”, realizada por El Diario de Hoy en el 2009.

Lo que pasó es que el mundo se olvidó de él.

Jaime limpia el mostrador del pan. Luego cuenta que su época como jugador de béisbol pasó hace más de una década. Resulta apenas lógico que a estas alturas él se haya envejecido y se asemeje muy poco al atleta que el país conoció en las canchas. “El Pitcher zurdo” de los años setenta y ochenta, que acababa los partidos con algún lanzamiento estrella,  ha desaparecido. El actual Jaime Galeano es lento, flaco, parece abuelo, su imagen ahora es la de un panadero común, que denota ya los años. Sus manos sucias de harina reflejan el arduo trabajo.

Galeano es  el tercer hijo de un beisbolista nicaragüense. José María Galeano, su padre,  que jugó en la juvenil A de Nicaragua  destacó en el vecino país gracias a su excelente pitcheo.

José a sus tres hijos, desde pequeños les inculcó el amor al deporte que más fans tiene en Estados Unidos. En casa de los Galeano, su padre guardaba en un cajón de metal un par de guantes de beisbol, un par de bates,  diez  pelotas, algunas caretas de cátcher y espinilleras.

Récords imbatidos
Si bien es cierto que los récords se hicieron para batirlos, a continuación se presentan ocho de los principales registros de Grandes Ligas que aún no se han superado. A un lado se detalla la fecha en que fue impuesto el récord.
  • Carl Hubbell, 24 victorias seguidas en temporada regular.  (1937)
  • Ichiro Suzuki, 225 hits sencillos en una temporada (2004)
  • Las 31 victorias de Bagby Sr., Grove y McLain (1912)
  • Joe DiMaggio, 56 juegos seguidos con al menos un hit (1941)
  • Pete Rose, 4.256 hits (1985)
  • Cy Young, 511 triunfos en Grandes Ligas (1890-1911)
  • Barry Bonds, mayor número de homeruns de por vida, 762 (2007)
  • Nolan Ryan, 5.714 ponches (1979)
Fuente: Federación Internacional de Beisbol (IBAF)

Jaime recuerda que con sus hermanos hurgaban en ese cajón y jugaban a ser héroes del diamante del beisbol. Fue así hasta que su padre los puso en cintura, pero no castigándolos, sino que enseñándoles a ser buenos jugadores. Todas las tardes salían a pelotear enfrente de la casa. Los niños de la colonia se acercaban a jugar, había tardes en que las zonas verdes de la comunidad parecían un parque de beisbol. El padre de los Galeano se encargaba de organizar los juegos, fungía como árbitro y en repetidas ocasiones aconsejaba a los infantes.

A pesar de las limitantes que había en aquella época, en cuanto al material deportivo, la pasión por el juego era más grande, ya que había veces que los niños se las ingeniaban para poder jugar.
 
“Mi papá se ponía a jugar con nosotros desde que estábamos pequeños; cuando no teníamos pelotas hacíamos una con hilo o de calcetines”, dice Jaime.

Los niños Galeano jugaban en unos campos de monte en la colonia Atlacat; y a veces iban a las canchas de la  colonia Guatemala. En San Salvador. De todos los hermanos, Jaime era el más interesado por el béisbol. Bien dicen que el talento se hereda.  Mientras Jaime narra aquellos momentos de infancia, se acerca un cliente. Pero al parecer, es más que eso, lo recibe con un abrazo y una sonrisa. “Es mi hermano”, dice Jaime.

Se trata de Mario Galeano, el mayor de todos.  Entra, toma una silla que está al costado de la vitrina, y luego del saludo familiar comienza a  hablar de su hermano. El hermano mayor ensalza al menor. En 1963, cuando Jaime tenía ocho años, no entraba todavía a ningún equipo, pero su afición y gusto por el juego eran innegables. Fue hasta que cumplió diez años que encontró un espacio en la selección infantil de El Salvador. 

La llegada de “Jaimito” a las selecciones infantiles fue gracias a que en aquel tiempo en el que existían torneos de barrios, donde cada colonia estaba representada por un grupo de jugadores.  El torneo se realizaba en las canchas de la colonia Guatemala, y los equipos que competían solían de colonias cercanas. El pitcher con su representación de la Atlacat solía destacar, debido a que su escuadra era quien terminaba venciendo a los demás contrincantes.

El talento de Jaime no fue ajeno ante los ojos de los demás. El público se percató del buen pitcheo de “Jaimito” a su corta edad, y los entrenadores nacionales ya empezaban a interesarse por él.

Fue en ese entonces, cuando en 1965, Salvador Panameño, entrenador nacional y del equipo El Constancia, se acercó donde el zurdo Galeano para invitarlo a que entrenara con su equipo y la selección nacional infantil.

A los tres meses de practicar con los seleccionados infantiles, Galeano se ganó el derecho, gracias a que en las pruebas selectivas, los entrenadores nacionales notaron su capacidad, incluso; desbancó a los favoritos, para llegar a representar a El Salvador en su primer encuentro internacional.

En los inicios con el equipo nacional fue suplente, porque la selección infantil tenía a Joaquín Reyes como pitcher principal. Llegó a ser banca durante un año. Hasta que un día, en 1965 en un partido en el que no pudo asistir Reyes, “Jaimito” lo reemplazó para ese juego. El entrenador se percató que Galeano era o igual de mejor que Reyes, por lo que ya a los 11 años empezó a pitchar de titular. Cuando terminó la secundaria, Galeano entró a estudiar el bachillerato en el Nuevo Liceo Centroamericano. Con su picheo logró ubicar al colegio en primer lugar durante los juegos estudiantiles de 1970 y 1971.

El Salto a la fama

En las gradas que conducen a la segunda planta de la casa de Jaime Galeano, resalta un estante en donde él ha construido su santuario deportivo: trofeos y medallas, premios que certifican su época dorada. Jade de Galeano, esposa de Jaime, también guarda los recortes de los periódicos que alguna vez hablaron de el zurdo Galeano. Mientras Jade explica el pasado de su esposo como deportista, Galeano se queda concentrado, mirando sus trofeos. Señala uno en especial y agrega: “ese lo gané en mi primera temporada de liga mayor con Honda, cuando quedé como ‘Champion Pitcher’, doble o triple corona”, afirma, sin perder la mirada atenta en el objeto, un trofeo de color dorado, que mide unos 25 cm,  el trofeo simula la silueta de un lanzador, en la parte inferior dice: “pitcher ganador de la temporada 1972”.

“Jaimito” en su historial tiene  23 trofeos y 19 medallas, ocho de oro, seis de plata y cinco de bronce.

El primer brinco importante de la carrera del “Pitcher zurdo” Galeano fue su paso al beisbol mayor en 1972, con el equipo Honda, que dirigía Mario Flores, considerado el mejor pitcher nacional, hasta que Jaime lo desplazó de esa mención, gracias a la excelente carrera que con el paso de los años formaría.

Durante muchos años, Jaime se consolidó como pitcher ganador en las temporadas, hecho que llamó la atención de los medios de comunicación y de las ligas extranjeras.

El excelente momento que tuvo como lanzador lo llevó a la selección en ese mismo año (1972), cuando a principios de diciembre fue al Mundial, realizado en Nicaragua.  Recuerda que fue El Salvador quien inauguró la competencia al  vencer 3-1 a Brasil. Luego de ese encuentro, los juegos posteriores fueron derrotas para los cuscatlecos, no obstante, de ese mundial sostiene que aprendió mucho y fue su carta de presentación ante el béisbol internacional.

“Le piché a Italia, Estados Unidos, República Dominica, países que eran considerados  potencias, y aunque nos ganaron, logré hacerles buenos puntos”, manifiesta Galeano, mientras empieza a mostrar los recortes de periódicos, que hace un momento fue a sacar del cuarto.

David Nolasco, compañero de equipo durante muchos años en varios equipos como Hispanoamérica, Onda, TACA y en la selección, sostiene que Jaime era muy atento en las jugadas y aprendía mucho de cada jugador experimentado que veía. Además de seguir indicaciones de su entrenador, su interés por aprender más le llevó a conocer nuevas técnicas, sobre todo durante su participación en el mundial.

Un sábado de diciembre durante de 1972, durante el mundial, recuerda Nolasco, Jaime no quiso irse de la cancha 20 minutos después de un partido que perdieron. Él quería ver la forma en la que los otros dos equipos se batían en duelo. Uno de los equipos era la selección de Japón,  que buscaba  acceder a cuartos de final en ese torneo. Jaime siempre llevaba una libreta, en la que anotaba aquellas jugadas que le asombraban. Era un autodidacta. Durante meses, Galeano pasó practicando lo que su mente y libreta habían logrado captar del mundial. De las bolas rectas que sabía tirar, empezaba hacer lanzamientos quebrados.  En los juegos de temporada en la liga local sorprendía a todo mundo, pues recetaba ponches a diestra y siniestra. No había nadie cómo él en El Salvador. Y afuera de las fronteras se enteraron rápido.

En 1976, Los Leones de Guanajuato, equipo profesional de la liga mexicana de béisbol, quiso hacerse del zurdo salvadoreño. Sin embargo, el mánager de Jaime, de nombre Fernando Simán, se negó  a dar el pase.

El tercer martes de junio, Jaime se enteró que querían ficharlo en México gracias a los rumores que corrían en el equipo. Se enojó, no por la noticia, sino por ser el último que se enteraba de todo. Así que se salió del entrenó y buscó a su manager, para interrogarlo. Simán le confirmó la noticia, y le dijo que había declinado la oferta porque “muy poco habían ofrecido por él”. Jaime le creyó, y a 36 años después le sigue creyendo. En el fondo, sin embargo, sabe que esa fue la oportunidad de oro para trascender internacionalmente. Y sabe, con dolor, que la perdió para siempre.

Una noche para la historia

Fue un sábado por noche en el mes de noviembre de 1983. El saturnino Bengoa estaba a tope. El Salvador, aún en plena guerra, tenía público que se acercaba a los estadios de béisbol. La cartelera anunciaba un clásico: el equipo Hispanoamérica contra su némesis, el Acero. Apenas disputaban puntos en la liguilla, pero ese partido era como un clásico. Como un Barcelona versus Real Madrid para los seguidores del deporte blanco.

Durante su tiempo libre comparte con sus hijos, Andrea, de 14 años; Jaime, de 12 años y Javier, de 10 años, a la vez que se encarga de contarles sus hazañas deportivas.

La noche estaba perfecta, fresca. Jaime llegó, quebrando cinturas, a siete episodios sin un solo hit anotado por los rivales. El público aplaudía a lo loco con cada ponche. Sus compañeros se emocionaban. Jaime no lo podía creer.  De hecho, no lo podía creer porque no sabía lo que estaba pasando. “No le digan nada, no se ha dado cuenta de lo que está haciendo”, comentó su mánager, Ovidio Lara, según recuerdan algunos de sus compañeros que esa noche fueron testigos desde el dogout. La octava entrada Jaime barrió con tres bateadores. Para la novena, antes de que acabara el penúltimo out por ponche, el número 26,  el público se puso de pie. Eran 3 mil almas que se mordían las uñas.  El último lanzamiento, calcula David Nolasco habrá viajado a 90 millas por hora. Como si estuviera en una grabación a cámara lenta, el bateador, José Solís, un contador público, beisbolista desde los 15 años, padre de familia, estrella del equipo rival,  apretó el bate, se mordió los labios, cerró los ojos y abanicó, swing completo… 

“¡Strike!”, gritó el ampáyer. Cuando reaccionó, Solís, el bateador, se supo ponchado.                                                                                                                                       

Jaime, atónito, vio que un mar de gente se le acercaba. Le brincaron encima, le gritaban cosas ininteligibles. Bramaban de alegría, de euforia, de éxtasis. Y Jaime, impávido, no caía en cuenta que había impuesto un récord nacional. Un juego perfecto. Un partido con 19 ponches.

Y ese récord, hoy día, en El Salvador nadie ha logrado superarlo. Ahora Jaime, la leyenda, lo es solo para sus conocidos, y para los clientes que llegan a su panadería, y tienen la curiosidad de volver a ver el cuadro de una noticia añeja en la que un periodista se pregunta: ¿qué pasó con Jaime Galeano? En el año 2001, con 46 años, Jaime El Zurdo Galeano se alejó de las canchas. Y fue entonces como si nunca hubiera existido.

Actualizado ( Martes, 26 de Junio de 2012 10:58 )  

Foto de la edición

 

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