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Sabado, 18. Mayo 2013
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Portada Cultura Dos casas de la cultura, dos directoras, dos realidades

Dos casas de la cultura, dos directoras, dos realidades

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¿Para qué sirven las Casas de la Cultura? Comunica visitó algunas y encontró que funcionan gracias al libre albedrío de sus directores. A veces funcionan bien; pero otras, no tanto.

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La casa de la cultura de Santa Tecla está ubicada en un lugar céntrico y con alto nivel de transeúntes,  lugar estratégico para promocionar sus actividades. Foto por: Fabiola Dueñas.

Es fácil sentirse atraído por la fachada de la casa de la cultura de Santa Tecla. En la pared del frente está pintado un mural: el punto focal es un rostro gigantesco. La casa está ubicada frente al parque San Martín. Algunos autobuses hacen sus paradas frente a la casa. Un vigilante da la bienvenida. Es necesario, como en todas las casas de la cultura, dejar registro de la visita.

Aparentemente es pequeña; sin embargo, no lo es. Con unos 13 metros de ancho y unos 50 de largo, esta casa es apta para recibir a más de 200 personas en un mismo día. Aquí siempre hay gente solicitando algún servicio o, por lo menos, preguntando por los cursos o talleres. 

Estela Giménez del Socorro, directora de la casa de la cultura de Santa Tecla, la administra desde hace más de 26 años. Antes, en el recinto había predios baldíos. Gracias a la gestión que ella ha hecho en la alcaldía,  han remodelado el local. “La contribución de la alcaldía es representativa. Lo que la Secretaria de Cultura transfiere es solo para cubrir parte de los gastos en servicios básicos”, explica Giménez.

Desde hace más de 15 años, en este lugar  se da apoyo a cinco grupos de adultos mayores. En la semana se imparten cursos de inglés y cosmetología, clases de piano, guitarra, dibujo y talleres de elaboración de piñatas y títeres. La elección es del usuario. Ninguno de estos talleres es gratis, pero las personas pagan por recibirlos. El interés del público es evidente. Sin embargo, no todos estos usuarios son tecleños. La mayoría son de las zonas aledañas o de otros municipios como Quezaltepeque o San Matías.

Giménez siempre llega puntual a su oficina. Ella Intenta brindar el mejor servicio y atención. Hace recorridos constantemente dentro de la casa, verificando que todo marche bien. Camina, sonríe y saluda a todo el que esté dentro de la casa. Siempre está atenta a cualquier necesidad o problema que ocurra. Vigila principalmente a los niños. 

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Es la mañana del sábado 14 de abril. La lluvia amenaza con caer. El reloj del maestro de piano marca las ocho. Su alumna, una niña de 12 de años, intenta tocar la  melodía. “Tiempo de Vals”, como él lo indica. A unos metros de distancia, en otro salón,  un grupo de niños entre los nueve y 13 años reciben clases de inglés por parte de un grupo de jóvenes voluntarios. Son varios grupos distribuidos en toda la parte media de la casa. Otro grupo de niños recibe el taller de dibujo. Más al fondo, otro grupo de personas; donde hay adultos, jóvenes y niños, aprende a tocar guitarra. Al lado de ellos, un grupo de señoritas toma el curso de cosmetología. Como si fuera poco, en otra parte de la casa, cerca de la entrada,  un grupo de ancianas aprende piñatería. Los usuarios de la biblioteca son escasos, pero la casa ha cobrado vida.

Un niño no se siente bien. La directora llega y lo atiende con inmediatez. Le ofrece llamar a sus padres. El niño gesticula un “no”. Ella lo lleva a su oficina para que repose mientras llegan por él. “Cualquier niño que esté dentro de la casa está bajo nuestra absoluta responsabilidad”, expresa Giménez, mientras lleva al niño, agarrándolo de la mano.

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Es lunes 26 de marzo  Son las 7:30 am. Juana Alberto, directora de la casa de la cultura de San Juan Opico, abre las puertas  del recinto. Espera sentada tras su escritorio a que alguien cruce la puerta y solicite algún servicio. Tres horas después de haber abierto, ella se marcha a una actividad. La ausencia de personas hace que el lugar parezca más amplio de lo que ya es. A menos que sea un martes, miércoles o domingo, esa casa es como un cajón sin uso. El lugar es amplio: mide aproximadamente 10 metros de ancho y 20 metros de largo. Según la directora, el ingreso mensual es de 2 mil personas. Hoy, al menos, cuesta creerle

Los martes, miércoles y domingos la casa permanece llena de espíritu joven. Un grupo llamado Jóvenes por el Arte y la Cultura de San Juan Opico hacen de esa casa un lugar de diversidad cultural. Algunas de las expresiones culturales que promocionan son el arte culinario, danza contemporánea, danza moderna y teatro. Además, ellos están a disposición para cualquier servicio comunitario. Joni Javier Azenón, un joven dinámico, elocuente y atrevido, es el líder del grupo. Él piensa que Juana “tiene deuda cultural en el pueblo” y que es necesario proyectar el trabajo cultural en la casas de la cultura y en la municipalidad.

Hay varios estantes llenos de libros. La pequeña biblioteca está al fondo de una sala. Los libros son viejos. Tan viejos que parece que al tocarlos se pueden desarmar. En un lugar así, la motivación por la lectura no crece ni se mantiene.   

Juana Alberto es una mujer peculiar, con un pensamiento claro y definido en cuanto a la derecha política, representada en su partido, ARENA. Desde hace 26 años está al frente de la dirección de la casa. Al principio era como la asistente del ex director de la casa de la cultura. Intenta hacer el trabajo cultural de la mejor manera posible. Intenta, pero no consigue mucho. Es raro que pase en la oficina. Según ella, está desarrollando actividades de promoción cultural.

Leyes culturales
Según la Red Internacional para los Derechos Económicos, Sociales y Culturales  (Red-DESC),  “Los gobiernos deberían reconocer y proteger la diversidad cultural de los ciudadanos. Se debe prestar particular atención a los derechos culturales de los grupos minoritarios y pueblos indígenas, permitiéndoles gozar de su autonomía cultural dentro de los límites de las leyes nacionales. Sin embargo, los derechos culturales no pueden ser utilizados para justificar prácticas que discriminen contra grupos específicos o violen los derechos humanos.”
  • Derechos culturales. En el Artículo 15 del Pacto Internacional de los Derechos Económicos, Sociales y Culturales se reconocen los siguientes aspectos: 

a) Participar en la vida cultural;

b) Gozar de los beneficios del progreso científico y de sus aplicaciones;

c) Beneficiarse de la protección de los intereses morales y materiales que le correspondan por razón de las producciones científicas, literarias o artísticas de que sea autora."

Fuente:Pacto Internacional de los Derechos Económicos, Sociales y Culturales. 

“Por mencionarte uno de los trabajos que hace la directora: la corrida de los bolos. A unas cuatro cuadras de la casa hay una cantina. Allí reúne a los bolos y hace la corrida de los bolos. Compra una pacha de guaro y ese es el premio para el que corra más rápido”, cuenta Azenón. Otro de los trabajos que ella realiza es alquilar la casa de la cultura para que empresas promocionen sus productos y ofrezcan trabajo para vendedoras por catálogo.  “Llegan a dar charlas, que poco o nada tienen relación con temas culturales. Han chocado nuestras actividades culturales con sus actividades comerciales, pero no nos dejamos”, comenta el joven líder.  Los roces son constantes, pero el grupo de jóvenes no se desanima. “Ha llegado al punto que llamar a la policía para que nos saque. Varias veces ha pasado, pero como ya nos hicimos amigos de ellos creo que ni caso le hacen a ella”, manifiesta Azenón, con tono burlesco.

Un grupo de pintores organizados solicitaron el local para realizar una exposición de pinturas. El espacio fue negado. “La directora dijo que no podíamos hacer nuestra inauguración porque ese día tenía evento. Resulta que tenía la celebración de un cumpleaños”, cuenta Carlos Coca, presidente de la Organización de Pintores Opicanos. Al encontrar en esa situación, la organización de pintores decide gestionar nuevas posibilidades. Ahora ya cuentan con un espacio permanente para realizar sus exposiciones y otras actividades. A este espacio le llaman Estudio, Arte y Café.

Juana Alberto colecciona una serie de fotografías dónde se puede demostrar el trabajo que realiza como directora de la casa. Algunas de esas fotos son recientes; otras, tienen décadas. Toma las fotografías y empieza a colocarlas encima del escritorio. “Todo este es el trabajo que realizamos”, dice, mientras señala las fotos. En ellas se pueden ver actividades de carácter social: coronación de la reina de la casa de la cultura, celebración del día de la madre, jovencitas con vestidos típicos y quiebras de piñatas. En ninguna de esas fotografías se observa a jóvenes leyendo o desarrollando destrezas artísticas.

Los jóvenes cuentan con el apoyo incondicional de Adán Lemos, promotor cultural de San Juan Opico. Alto, barbado y con el estómago saltado. Es uno de los militantes del FMLN más reconocidos en el casco urbano del municipio.  El trabajo que el promotor realiza no es tan claro, sin embargo, él hace lo que sea necesario para que el grupo de jóvenes realice sus actividades. Incluso ha tenido ciertas discusiones con la directora por exigir el espacio para los muchachos. “No ha sido fácil trabajar con ella, pero definitivamente todo se resuelve hablando”, expresa Lemus, mientras teclea en su computadora. “El señor es algo temático y cuesta entenderse con él”, expresa Juana Alberto con cierta frustración. Ambos cerrados y verticales. Poseen criterio de apertura para cuando les conviene y con quien les conviene.  Las oficinas parecen trincheras. Las ideologías chocan. El trabajo es bloqueado. Y luego otros toman bando. “No trabaja ni deja que otros trabajen. Yo no entiendo qué hace esa señora allí. Por puro cuello político está”, dice Azenón.

Las casas de la cultura trabajan de 8:00 am a 4:00 pm, en algunos casos hasta las cinco de la tarde. A pesar de los inconvenientes en la dirección, los jóvenes no se limitan para realizar y planificar actividades a la hora que convenga. “No importa si ella está o no de acuerdo. Al final, nunca pasa allí. Este es un espacio ganado a puras actividades, porque en la alcaldía se cierran las puertas”, añade Azenón.

Giménez y Alberto coinciden en que es necesario realizar actividades que promuevan el desarrollo y rescate cultural desde las casas de la cultura. Además, concuerdan en que la cultura no se debe limitar a las bellas artes, más bien, la cultura es todo lo que el hombre hace a partir de lo que la naturaleza o circunstancias le permitan. “El éxito del trabajo no solo depende de la gestión o administración, sino también del apoyo y asistencia de la comunidad”, aclara Alberto.

Giménez añade: “El trabajo cultural que se realice debe ser  a partir de las necesidades de la localidad. Necesidades de todo tipo: culturales, sociales, políticas, académicas, laborales y hasta económicas”. Al menos en algo están de acuerdo.
 
Algunas personas desconocen el trabajo que pueda hacerse dentro de las casas de la cultura. Se debe a diferentes factores. Las formas de divulgar información o de presentar los proyectos no son las mejores estrategias para lograr que la gente sepa qué se está haciendo. El apoyo que las casas de la cultura reciben del Estado es deprimente.  El presupuesto destinado a estas casas es mínimo. Milton Doño, coordinador nacional de la Red Casas de la Cultura de la Secretaría de Cultura, asegura que el presupuesto ha sido de 600 dólares anuales por casa. En el año 2011, a través de gestiones de la Red, se le entregó un aproximado de 2 mil dólares a cada una. Eso a penas resuelve el pago de los servicios básicos. Entonces, los directores de las casas de la cultura deben y están obligados a gestionar los apoyos y recursos. 

No todas las casas reciben un fondo económico. Para disponer de ese fondo,  deben tener un  comité de apoyo municipal y un comité de apoyo departamental. En definitiva, los directores están para eso: si falta algo lo tiene que gestionar.

A diferencia de anteriores administraciones, la Red de Casas de la Cultura trabaja bajo programas. Existen cuatro directrices: juventudes y cultura de paz, programa de pueblos indígenas e interculturalidad, el programa de prácticas culturales y el programa del sistema de información cultural. “Todos los directores deberían de tener  un plan operativo. En dicho plan, se deben reflejar las cuatro directrices para las casas de la cultura. Además, deben planificarse al menos cuatro actividades anuales, una por cada temática”, especifica Georgina Hernández, directora nacional de Espacios de Desarrollo Cultural de la Secretaría de Cultura.

El 70% de la colección de libros que se encuentran en las casas de la culta están desactualizados.Foto por Fabiola Dueñas

Son 160 casas de la cultura las que están en funcionamiento en El Salvador. Los fondos que reciben no son suficientes para cumplir con tantas inversiones para  proyectos. Desde las autoridades gubernamentales se mantienen las visiones utópicas sobre estos espacios.  Según  Doño,   las casas de la cultura, en principio, tenían  como finalidad disponer el lugar  para la población como una biblioteca o área para resolver asuntos académicos. Sin embargo, no hay actualizaciones de libros y material de consulta. Que no tengan conexión a internet las hacen inservibles, dado que los jóvenes ven poco atractivo ir a buscar un libro viejo en esas bibliotecas, cuando pueden navegar en la web.

El principal requisito para abrir una casa de la cultura es que la municipalidad disponga de un local. Al disponer de este lugar, “nosotros les damos una biblioteca y personal para trabajar allí”,  aclara Hernández. Las capacitaciones las recibe un número limitado de personas, pero es el mismo personal el que decide a quién delegan para que las reciba y luego comparta la información que obtuvo.

“No podemos estar pendiente de cada director. Hay un supervisor por cada zona departamental que se encarga de hacer visiteos y de estar pendiente del trabajo en las casas de la cultura. Pero el trabajo y la dirección de la casa queda bajo la responsabilidad y atención de los mismos directores o promotores de cultura. Son ellos lo que se encargan de ese trabajo”, dice Doño.

Hernández asegura que en el nuevo quinquenio se ha implementado un proyecto al que llaman “Reingeniería de la Red de Casas de la Cultura”. El concepto que se trabaja en este proyecto es “entender el espacio como un espacio simbólico de la representación de la diversidad cultural. Queremos hacer de estas casas un espacio de integración e inclusión cultural”, sueña Hernández.

Lo que las autoridades de la Secretaria de Cultura tienen claro es que el crecimiento de las casas de la cultura depende de los que están al frente de ellas: los directores.

 

Actualizado ( Viernes, 08 de Junio de 2012 09:15 )  

Foto de la edición

 

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