¿Para qué sirven las radios comunitarias? Comunica hace un repaso por la obra y gracia de aquellas radios que sobresalen por verse como el megáfono en donde las comunidades más recónditas del país deben expresarse.
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A trece metros de altura, Víctor Ascencio montó dos bocinas en un palo de eucalipto sembrado en el patio de su casa. Luego conectó dos largos cables a un equipo de sonido que tenía solo una unidad para casete y otra para cd, y que, a su vez, estaba conectado a un transmisor pequeño. Enchufó la instalación al tomacorriente del corredor de su casa y comenzó a transmitir en su Radio Comunitaria Los Mangos en Acción. Le puso ese nombre en homenaje a la comunidad donde vive. Ese día, lo escucharon en tres kilómetros a la redonda.
Víctor quiso tener su radio después de participar en un taller de organización comunitaria en el que hablaron de los medios de comunicación. Allí descubrió que en los medios de cobertura nacional no había información de comunidades rurales, campesinas, como la suya. No hablaban de fiestas ni de problemas locales, y entonces, decidió hacer algo por su comunidad: darle un medio de comunicación para que pudiera contar cómo vivía su gente en aquellas casas construidas sobre áridas laderas, en el sur del municipio de Guaymango, en el departamento de Ahuachapán.
Radios comunitarias, como la de Víctor, hay muchas en el país. Pero sus instalaciones son casas en lugar de patios. En los palos no se instala el equipo, estos solo adornan y refrescan su entorno. En las cabinas de producción y de locución hay computadoras, consolas, micrófonos, audífonos, transmisores y otras herramientas tecnológicas. Y la cobertura, más que tres kilómetros, se extiende a ciudades o a municipios enteros, gracias a las antenas repetidoras.
Víctor era como un pequeño con un megáfono que competía frente a monstruos comerciales que poseen grandes y caros altoparlantes. La diferencia es que Víctor, desde la precariedad, le apuesta a moverse adónde esos grandes parlantes no llegan. Cuando empezó a locutar, Víctor despertaba a su comunidad a las cinco de la mañana con el himno “Ángeles de Dios”, una canción compuesta por un ministerio cristiano. Después leía el evangelio del día, hacía una reflexión sobre él y, luego, la gente empezaba a llamarle para dedicar saludos a los cumpleañeros, para avisar que fulano estaba enfermo, que en el pueblo otros sutanos llegarían a vender verduras, que daban el pésame por el fallecimiento de mengano. A las siete de la mañana, Víctor apagaba a radio y se iba a trabajar.
La mayoría de radios comunitarias comienzan su transmisión diaria a la misma hora: las cinco de la mañana. Despiertan junto a las comunidades y, a diferencia de la radio de Víctor, las acompañan todo el día.
Las radios comunitarias cultivan tierras: hablan sobre agricultura y la escuchan los campesinos mientras cuidan sus solares. Es ama de casa: la sintonizan madres mientras cuidan a sus hijos y a lo que hay en sus casas, o champas. Es pescadora: en las riberas de ríos como el Lempa, radios chiquitas, de pila, acompañan a hombres quemados de sol, que zarpan al caudal para pescar. Es profesora: porque el objetivo de sus programas es formar a las comunidades y empoderarlas de sus derechos.
Las gentes de las comunidades no esperan sentadas a que alguien más hablé sobre el tema que les interesa. No. Los campesinos, los pescadores, las mujeres, los niños, los jóvenes y los ancianos, son quienes hacen los programas, los planean, los investigan, los producen y los dirigen.
“¡Qué viva nuestro cultivo! El cultivo del maíz, porque es el sustento del día para el niño de nuestro país”.. Así comienza un programa transmitido en Radio Izcanal, que orienta a algunas comunidades de Usulután, de San Vicente y de San Miguel sobre la práctica de la agricultura sostenible.
Participar en la producción de un programa de radio les exige responsabilidad y preparación previa a quienes se atreven a hacerlo.
“Esta audiencia demanda que seamos profesionales. No se puede decir cualquier cosa. La gente de las comunidades te está escuchando. Requiere que sea una radio objetiva, seria, oportuna y ética”, dice Donatella Morales, directora de la Radio Bálsamo, que atiende comunidades de la Cordillera del Bálsamo.
La gente de la Cordillera les pregunta sobre celebraciones patronales de los municipios aledaños, sobre horarios de realización de actividades deportivas locales y sobre eventos religiosos en la zona. Pero también la utilizan para contar sus problemas. Hace un año, en la radio de Donatella, alguien llamó para contar que arriba, en la Cordillera, una mujer encinta rompió fuente. Su familia no encontró forma de movilizarla a un hospital, no tenían carro, no podían pagar un taxi, no había camiones cerca… Allá, en aquel rincón de La Libertad, la mujer se desangró y perdió a su hijo. Junto a su hijo, murió ella también.
También contaron que en octubre del año pasado, durante la tormenta 12-E, siempre en la Cordillera, las comunidades estaban inundadas y había gente que moría soterrada.
Otra historia es que “hubo un accidente de tránsito. Lamentablemente, volcó un autobús de San José Villanueva y, ¡por Dios!, no habían pasado ni dos minutos cuando la gente ya estaba llamando para preguntar quiénes iban allí, porque, claro, ellos saben que la radio se escucha en San José Villanueva”, relata Donatella. Y continúa: “Es triste que en los medios de comunicación grandes, estas personas no sean tomadas en cuenta. Es parte de un bloqueo informativo que no les da voz, que quiere callarlas”.
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A la orilla del río, cerca de la Presa Hidroeléctrica 5 de Noviembre, se aglomera un grupo de agricultores y pescadores, entre ellos Elio Menjívar, un agricultor de la comunidad Nuevo Gualcho, de Usulután. Los hombres platican mientras escuchan su radio comunitaria, en un terreno en donde cuidan un proyecto de cultivo de tilapias, instalado en la corriente tranquila del río. Este proyecto fue una propuesta de la Radio Izcanal, que, aunque apenas inicia, dejará al menos tres mil dólares para la comunidad Nuevo Gualcho. Las radios comunitarias intentan promover el desarrollo en sus comunidades.
“Este medio es importante para el municipio, porque se dan a conocer esos proyectos que hay en la comunidad y ‘algotras’ cosas más. A mí me han invitado -a la radio- en dos oportunidades a entrevistas. Según nuestras experiencias, así nos preguntan”, dice Elio.
Mayra Arévalo es otra de las que aprecian a sus radios comunitarias. Pero ella se ha encariñado de una de estas radios que está a punto de nacer, entre los poblados de Guaymango y Jujutla, municipios de Ahuachapán. Se llama Radio Copinula y atenderá a más de veinte comunidades.
Mayra vive en la comunidad El Paraíso de Jujutla, y asegura que allí es necesario orientar a la gente sobre organización comunitaria, el rechazo a las políticas y acciones asistencialistas y, aún más, en temas de género, porque en su comunidad hay hombres que creen tener más derechos que las mujeres.
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La radio de Víctor, Los Mangos en Acción, cobraba vida a las cuatro de la tarde, luego de que él regresaba de cuidar sus parcelas de hortalizas y maíz. A esa hora ponía música y la intercalaba con invitaciones que hacía a la gente para cambiar en su comunidad y en sus actitudes personales. No dejaba sonar canciones que incitaran a la violencia o a la promiscuidad, tampoco informaba de situaciones o productos que pudieran enfermar a la gente o dañar los recursos naturales.
Siempre soñó con ser locutor para hacer hablar a las comunidades, a través de los medios de comunicación; pero por la pobreza y la falta de recursos no pudo estudiar algo que hablara sobre la radio, sobre los medios de comunicación. No le hizo falta.
Si bien las radios comunitarias surgen casi siempre como iniciativas de Organizaciones No Gubernamentales, financiadas con fondos de la cooperación internacional, para su sostenibilidad necesitan dos cosas adicionales: voluntarios y publicidad.
No es difícil conseguir voluntarios. En las comunidades lejanas, hay muchos otros parecidos a Víctor que sueñan con ser periodistas y no pueden alcanzarlo. Las radios comunitarias les abren el espacio para que se capaciten y se conviertan en reporteros comunitarios.
Uno de ellos es Celso Méndez. Ahuachapaneco, de Guaymango, treintañero, recién acompañado con una mujer de su comunidad, sin hijos, campesino. Celso intentó irse a Estados Unidos, como migrante ilegal, para hacer llegar más dinero a su casa. Lo deportaron en 2008.
Volvió al país y se metió a trabajar con la agricultura sostenible. Mientras andaba en esas, se dio cuenta de que querían fundar la Radio Copinula y ahora participa en capacitaciones que a él, junto a otros 30, lo preparan para la apertura de la radio, a mediados de 2012.
Para él, la radio es importante porque así dará a conocer los problemas de su comunidad.
Otro voluntario es Arturo Bonilla. Él colabora con la Radio Izcanal. Comparte los sueños de Celso, pero lo aventaja porque él pudo estudiar lo que le gusta: comunicaciones. Ahora cursa quinto año de la carrera y afirma que todo lo que ha aprendido en la universidad le ha servido para ayudar a la gente de las comunidades atendidas por la radio.
Dice: “Yo llegué aquí a la radio por una tarea de la escuela, que era averiguar sobre cómo funcionaba una radio. Vinimos y nos propusieron hacer un programa juvenil. Así, fui creciendo, creciendo, terminé el bachillerato, y como siempre me gustó la cosa de las comunicaciones, decidí estudiar eso”.
Arturo expresa que con su participación en la radio siente que es un “agente de cambio social”, es decir, que a través de ella, de su trabajo y de sus habilidades puede ayudar a la gente, contribuir a su formación y a su empoderamiento. Las radios comunitarias también venden publicidad, pero bajo filtros creados en conjunto con representantes de las comunidades. Ninguna radio comunitaria pasa anuncios de empresas mineras, agroservicios, cigarrillos, bebidas embriagantes ni brujos. La publicidad la venden a empresas locales que no comercian ninguno de los productos prohibidos en la pauta. También se la venden a alcaldías que no intentan frenar la crítica que las radios hacen a sus gestiones municipales.
Alcides Herrera, director de la Radio Izcanal, advierte que la radio que encabeza está comprometida a acompañar la agenda de las comunidades: “Aquí abajo en Berlín, en el río Los Bueyes, su agenda en estos momentos es el agua potable, mejor dicho el embotellamiento de agua por una fábrica que ha llegado a instalarse en el lugar. La gente está luchando para sacarla. Entonces, ahí nosotros sí somos parciales, nos ponemos de parte de la comunidad. A la empresa le damos espacio pero para que le den matacán”, ríe y sigue: “esa empresa no se va a anunciar con nosotros nunca, ¡ni nosotros le vamos a comprar publicidad!”.
Para él, las radios comunitarias hacen una lucha política, política pero no partidaria, ya que acompañan a las comunidades que luchan por el agua, por los medicamentos, contra la minería, las represas, por el cuido al medioambiente y por el respeto a sus derechos humanos.
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Víctor dice que por lo que programaba en su radio les cayó mal a varias personas de su comunidad. Entre ellas, al alcalde que en aquel momento gobernaba el municipio de Jujutla, en Ahuachapán. En 2010, recibió una carta en la que le exigían cerrar su emisora: “la llamaban emisora a dos bocinas”, dice, entre risas.
A otras muchas radios comunitarias también han querido quitarles la voz. Les han intentado incautar material, han desmantelado equipos, se los han robado y las han corrido de las casas que alquilan para funcionar. Sin embrago, el caso más crítico y resonado en el ámbito nacional, e incluso internacional, es el de Radio Victoria. Ya asesinaron a Marcelo Rivera, uno de sus periodistas, y a Dora y Ramiro, colaboradores de la radio.
Radio Victoria ha acompañado a las comunidades del municipio de Morazán en la intensa lucha contra la empresa minera Pacific Rim, a la que el Ministerio de Medio Ambiente y Recursos Naturales (MARN) le concedió en 2002, durante la presidencia de Francisco Flores, los permisos de exploración minera.
| ARPAS ha propuesto reformas a la Ley de Telecomunicaciones. |
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La Asociación de Radios y Programas Participativos de El Salvador (ARPAS) ha propuesto reformas a la Ley de Telecomunicaciones de El Salvador, con el propósito de democratizar el sistema mediático nacional. |
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Tres son las reformas propuestas por esta asociación:
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| Fuente: Leonel Herrera, secretario ejecutivo de ARPAS, y Ley de Telecomunicaciones de El Salvador. |
Al principio, dice Oscar Beltrán, miembro del equipo director de la radio, la gente de la zona estaba muy entusiasmada con la idea de que la empresa explorara las minas El Dorado, ubicadas en la comunidad Santísima Trinidad, de San Isidro, también municipio de Morazán. Les habían prometido fuentes de empleo para cientos de lugareños. Cuando la noticia llegó a la radio, comenzaron a hacer campañas de información y denuncia sobre los aspectos nocivos de la explotación minera, por ejemplo, la contaminación irreversible de las fuentes de agua.
A la radio, Pacific Rim ofreció pasarles ocho mil dólares mensuales, si paraban las mencionadas campañas y si les daban espacios para anunciarse. Radio Victoria se negó. Fue ahí cuando empezaron las amenazas de desconocidos en contra del personal de la radio. Por correo electrónico, mensajes de texto, llamadas telefónicas, notas bajo la puerta. Una vez, les advirtieron que en ese momento iban a llegar matones a quemar la radio. Como pudieron, los periodistas se comunicaron con gente de la comunidad Santa Marta, de Victoria, y la gente de allí corrió a formar un muro humano, armado con corvos, cumas y piochas, para asegurar que nadie atentaría contra su radio. Su querida Radio Victoria.
Pero la protección no dura para siempre. En junio de 2009, Marcelo Rivera, uno de los locutores de la radio, apareció en un pozo, muerto, con señales de haber sido torturado. Días después, a la radio llegaron unas notas amenazantes: “Si no te callás, te va a pasar lo mismo que a Marcelo”, decían. “Vas a terminar podrido, como Marcelo”.
“Sabemos que hay un riesgo –dice Oscar Beltrán-, pero decimos ‘entonces, ¿de qué sirve dejar tirado lo que se construye, para que otra gente deshaga el esfuerzo? Es nuestro compromiso con las comunidades”.
En enero de este año recibieron la última amenaza. Decía que si después de los comicios legislativos de marzo de 2012 ellos no se iban, le pondrían fin a sus vidas.
La radio y sus periodistas, a la fecha, no paran de transmitir.
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Aunque recibió la carta que le exigía cerrar su la Radio Los Mangos en Acción, Víctor Ascencio siguió transmitiendo desde el palo de eucalipto. Pero meses después, a su esposa le diagnosticaron migraña, y el ruido de las bocinas empeoraba su salud. Se subió de nuevo al palo, bajo las bocinas, desconectó el pequeño transmisor y apagó su equipo de sonido. Guardó todo y dejó de levantar a sus vecinos a las cinco de la mañana y de despedirlos a las siete de la noche.
Ahora que ya no tiene su radio, Víctor se ha convertido en radioescucha de las otras radios comunitarias.







