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Sabado, 25. Oct 2014
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Portada Urbe Plaza Libertad: parque de día, burdel de noche

Plaza Libertad: parque de día, burdel de noche

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En los últimos años se ha hablado tanto del rescate del Centro Histórico de San Salvador que podrían escribirse varios libros que contemplen todas las promesas y proyectos. Sin embargo, hay una plaza en pleno corazón de la ciudad que define muy bien que ocurre cuando no hay orden ni autoridad que regule las cosas. Esta es la Plaza Libertad.

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La Plaza Libertad ha sido testigo fiel del crecimiento de todo un país. De acuerdo con la época en la que ha transcurrido ha cambiado sus títulos: Plaza de Armas, Plaza Mayor o Plaza Real.

Trae dinero en su bolsillo y una sonrisa bizarra de dientes pandos y amarillentos. Viene de atender a su primer cliente de la tarde. Descansa su pecho y estómago abultado en un tubo verde que sirve de baranda, en medio de una plaza que sirve como puente para el rebaño de transeúntes y para los clientes de las prostitutas de la Plaza Libertad.

Teresa, treintañera, pelo negro y risueña, usa una blusa rosada y roba miradas a los hombres que desde hace una hora han entrado al parque. La fiesta ha comenzado y a Teresa nada la detiene.

Esta tarde de mayo, como todas las tardes, el parque está atiborrado por los músicos que tocan diversos instrumentos, gente que platica, hombres que ríen y  mujeres ataviadas con ropa extravagante, maquillajes chillones en los labios, en los párpados y en los pómulos. Lo que no puede faltar en este espectáculo son los vendedores de café, dulces, minutas, frutas y medicinas naturales.

Teresa, al igual que sus compañeras, necesita los $10 que los clientes pagan por tocarlas, hacerlas suyas y liberar sus pasiones. Pero esos $10 no son suficientes para mantener una familia, así que ella siempre regresa a seguir trabajando. Esta tarde ha vuelto una vez más, después de su primer cliente. Posa sus caderas flacas y desgastadas sobre una banca café. Deja caer su cartera negra y allí se queda hasta que llega el segundo cliente con el que sumará $20.

Después de un rato, su rostro se ve desesperado y su mirada recorre toda la plaza, hasta que llega un joven alto, delgado, con una sonrisa picarona y penosa. Es difícil escuchar lo que hablan, solo se alcanza a ver que se rasca la cabeza y sube su pierna derecha a la banca donde está la cartera de Teresa, se carcajea, acaricia el cabello de su amor comprado y en menos de cinco minutos se toman de la mano y se dirigen hasta el motel más cercano. Caminan cuatro cuadras hacia el motel “El Paraíso”, donde el cuarto cuesta $3. En este lugar se deshacen en sudores, mientras en la calle las paredes se descascaran y unos vendedores gritan para que alguien les haga caso y les compre sus verduras.

En la plaza se quedó Clara, una mujer morena, delgada y bajita que, a cada instante,  se tocaba su trenza larga y aceitosa. Su ropa no era coqueta: usaba una falda larga y estrecha, por ello, pasaba desapercibida. Un cliente se le acercó y sin pensarlo mucho sacó varios billetes de su cartera y se los entregó a Clara, mientras le daba un beso ferviente en la mejía y acariciaba su pierna delgada. La mujer no estaba convencida de la propuesta de su cliente, pero él la besaba por todas partes hasta que se levantaron, caminaron, platicaron y rieron. Dos cuadras adelante, compraron una bolsa de plátanos y siguieron su camino. Se detuvieron junto a una muchedumbre que rodeaba un cadáver tirado sobre la calle, muy cerca de la iglesia El Calvario. En la escena: un asesinato y unos policías que no quisieron dar información. Clara parecía asustada, pero su acompañante estaba más pendiente de su cintura cuadrada. La abrazó y continuaron hasta entrar en un motel con un techo forrado por láminas viejas.

 A las prostitutas de la Plaza Libertad les han impartido talleres, con el objetivo de fortalecer sus conocimientos y que tengan una mejor calidad de vida; pero estos fracasaron por la poca concurrencia. Las mujeres pierden dinero al asistir a reuniones, y piden incentivos económicos que recompensen la ganancia que  han perdido en un día de trabajo. La organización de mujeres “Flor de Piedra”, es de las que ha intentado promover un desarrollo alternativo a estas mujeres.

Hace cuatro años, la iglesia El Rosario también quiso unirse a la causa de “Flor de Piedra” y diseñaron un proyecto para darles talleres a las prostitutas y que tuvieran una oportunidad de vida más tranquila y digna, pero el proyecto tuvo que cancelarse, debido a amenazas anónimas.
“No se pudo continuar con las expectativas que teníamos”, dice el párroco de la iglesia El Rosario, Carlos Araujo.

Las prostitutas se venden entre música

Valor histórico de la Plaza Libertad
Desde su fundación este lugar ha sido un centro de reunión por excelencia, su valor histórico se remonta en los siguientes aspectos:
  • El parque Libertad fue fundado el 5 de noviembre de 1911.
  • Es uno de los monumentos más grandes de San Salvador.
  • Simboliza el centenario del primer grito de la independencia.
  • Los dos leones son símbolo del poder. La mujer sentada representa a la justicia.
  • Está coronada por el Ángel de la Independencia, un símbolo que también se encuentra en muchas de las ciudades de América Latina.
  • La plaza Libertad es lo más antiguo de la ciudad de San Salvador, ha estado allí por más de 450 años.
  • Fue el eje donde se estructuró el resto de la capital.
  • Ha tenido muchos nombres: Plaza de Armas, Plaza del Cabildo, Plaza Mayor, Plaza Real y en la actualidad es conocida como Plaza Libertad.
  • Se conoce como un lugar histórico, porque allí ocurrieron los principales hechos de la historia de El Salvador.
Fuente: Carlos Araujo, párroco de la iglesia El Rosario y Mario Cerrato, director del distrito 1 de la alcaldía de San Salvador.

El ambiente y la acción no terminan en el Plaza Libertad. A las seis de la tarde del 21 de mayo se encienden los faroles. Entre el ruido de los buses se escuchan guitarras, acordeones, violas y violines. Nadie ha pedido canciones, pero hay grupos de músicos que se reúnen y cantan rancheras, boleros y música de trío. Cuando la pieza termina, ellos piden una “cooperación” a la gente que se detiene a escucharlos.
Wenceslao Carvajal es un electricista de 60 años que practica la música desde su niñez. Todas las tardes llega con su acordeón, pide un café a uno de los vendedores de los carretones, platica y compite con sus colegas para ver quién se sabe más canciones. Casi nadie paga las piezas. Wenceslao más parece que viene a pasar un rato ameno que a ganarse la vida.
 
Al llegar la noche, cuando la mayoría de personas se van a sus casas, se despide de sus compañeros y amigos y toma el bus que lo lleva hasta San Marcos, lugar en el que vive.

“Me encanta venir todos los días. Aunque no gane nada, hago lo que me gusta y me divierto”, dice Carvajal, entre risas.

Juan Cruz, un albañil de 52 años, comparte la misma destreza con Wenceslao. Cada tarde llega a la Plaza Libertad, pero antes da un paseo por la plaza Gerardo Barrios. Sin embargo, al final siempre decide irse a este parque, porque es el lugar donde se reúnen todos sus compañeros. Cruz es muy tímido, se nota un poco tenso cuando habla, sonríe mucho y nunca suelta su guitarra.

“Venir aquí a tocar canciones no lo considero un trabajo. Lo veo como una diversión y una distracción de las tareas que realizo durante todo el día”, dice Cruz, mientras toca las cuerdas de su guitarra.
Carvajal y Cruz son parte de un proyecto que impulsó la Iglesia El Rosario para recuperar la verdadera naturaleza de la plaza: un espacio de convivencia ciudadana, abierto, un espacio para todos; pero, los músicos no lograron que las prostitutas se reubicaran en otros espacios, ni que los clientes desistieran de buscarlas en esta plaza. Así que la música se ha convertido en una sinfonía que ameniza el comercio sexual en pleno centro de San Salvador.

De día, la plaza es un mercado

Aquel 25 de mayo, el sol de las siete de la mañana bañó la plaza con un manto cálido. Los transeúntes descubrieron un parque cualquiera. Quien pase por aquí, por primera vez, y a esta hora, nunca se imaginaría que de noche la Plaza se pone minifalda, rímel y lápiz labial. Por las mañanas hay vendedores, como en las tardes, pero no hay prostitutas, ni músicos.

La mayoría de mercaderes se conocen entre sí y se ha creado una comunidad que no permiten que personas ajenas invadan su territorio y les hagan la competencia. Entre ellos tratan de no vender el mismo producto para evitar pleitos y  pérdidas económicas.

Elías “el minutero”, como es conocido por todos sus compañeros, sabe que nadie comprará su frío manjar tan temprano. Por eso, todos los días, llega a la plaza a las 9:00 am. En su carretón de madera viejo, de color celeste, guarda todos los ingredientes que necesitará para preparar sus minutas. Lo primero que hace cuando llega es hablar con el vendedor que tiene a la par, pues no todos los días se coloca en la misma zona del parque. Una niña sonriente se acerca a Elías y le pide una minuta de limón “con bastante sal y poquito chile”.

“Vaya princesa, pero ¿la quiere helada o caliente?”, pregunta Elías, y luego lanza una carcajada que hace mover su bigote grande y blanco.

Elías tiene muchos años de trabajar en la plaza y se está allí todo el día y parte de la noche. Cuando los vendedores de la mañana se van y llegan los que se quedan hasta la 7:00 de la noche, él sigue allí, lo único que hace es cambiarse de lugar. Las tardes de “el minutero” son iguales que las mañanas, pues los vendedores que llegan a partir de las 5:00 pm también lo conocen, al igual que las prostitutas, los músicos y otros personajes ocultos de los que nadie quiere hablar de manera directa, por miedo. Se rumora que aquí, en este parque en donde arranca, todos los 15 de septiembre, el día de la independencia patria, las sexoservidoras, los vendedores y los transeúntes, son dominados por las pandillas. Aquí la Policía y el Cuerpo de Agentes Metropolitanos (CAM) son anónimos de autoridad.

Espacio para confusiones

Las sexoservidoras ambulantes esperan al momento indicado para llegar a la plaza y esperar a que uno de los transeúntes pida sus servicios.

Los parroquianos habituales de la plaza Libertad son, sobre todo, los vendedores, las trabajadoras sexuales, aquellos que trabajan cerca y buscan en los espacios del parque algún momento de distracción. Es el caso de Oscar Larromana, un motorista de 58 años, que desde su banca observaba todo lo que sucede a su alrededor. El mismo 25 de mayo, a las cinco de la tarde, Óscar parecía impaciente, como si esperara algo. Consultaba su reloj cada cinco minutos y se rascaba la cabeza como si el tiempo no avanzará y tuviera prisa. Óscar estaba ansioso porque en este sitio, una vez a la semana, él y sus compañeros se reúnen para discutir el trabajo del día y formular peticiones respecto a su oficio.

En un lugar tan complicado y ensombrecido por la violencia: las pandillas, el negocio de la renta, un mercado de productos presumiblemente robados justo enfrente de la plaza; pareciera imposible que alguien busque el parque sin tener en cuenta sus peligros. Pero hay quienes todavía creen en los espacios públicos del centro de la ciudad. Espacios para hacer cualquier cosa, menos a las que la cotidianidad de los territorios sin autoridad se han acostumbrado. Una de estos idealistas es Beatriz Melara, ama de casa de 45 años.

Beatriz llega con mucha frecuencia al parque. El 28 de de mayo, se sentó alrededor del monumento de los próceres de la independencia. Una estatua que tiene dos leones que simbolizan el poder, una mujer que representa la justicia y está coronada por un ángel que hace referencia a la independencia. No tardó ni cinco minutos cuando salió espantada del lugar. Iba vestida con un pantalón flojo y una camisa de botones que le cubría la mitad de los brazos, llevaba un celular en la mano y tenía su cartera entre las piernas. De repente, un hombre moreno y gordo se le acercó y puso su mochila en el suelo. Algo le dijo, ella se molestó y se fue.

“No me gusta estar mucho tiempo aquí, porque estos hombres lo confunden a uno con las mujeres de la vida fácil”, dice, enfadada.

El hombre gordo y moreno que se le acercó a Beatriz le dijo: “vamos a pasear, si no tienes dinero te puedo dar un poco o invitarte a algo”. Ella solo estaba esperando a que su esposo saliera de trabajar de una tienda que está cerca.

Actualizado ( Martes, 26 de Junio de 2012 11:23 )  

Foto de la edición

 

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