El éxtasis de volar sin tener alas

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Dos aspirantes a paracaidistas están a punto de realizar el primer salto o el último porque algunos no vuelven más. Foto por: Marcos Paz.

Como si se tratara de una droga de la que probás una vez y después no podés detenerte, aparece el paracaidismo. Porque saltar desde un avión a cinco mil pies de altura, con el riesgo que conlleva, más allá de ser un deporte extremo, también es considerado como una adicción.

Por Marcos Paz

Son las 11:00 de la mañana, el sol arde bajo la pista de aterrizaje del Aeropuerto de Ilopango mientras el viento se encarga de soplar la vegetación que rodea el lugar. No obstante, lo más importante, por el momento,  no está en tierra firme; la mayoría de miradas se dirigen hacia arriba, en dirección al cielo, donde dentro de un avión dos aspirantes a paracaidistas están a minutos de realizar el primer salto en sus vidas. Quizás el primero de muchos o el último…porque algunos solo saltan una vez y no vuelven más.

Arriba, los ojos de Mauricio Sandoval y Carlos Escalante, aprendices, aprecian el Lago de Ilopango, el Volcán de San Salvador, el Cerro San Jacinto y el punto de impacto en donde tienen que caer. Hay miedo, silencio, adrenalina y concentración. Todo pasa en fracción de segundos. Es el momento de saltar y de tomar valor. El piloto frena, el motor del avión se calma, deja de hacer ruido. Inhalan, exhalan, doblan, estiran las extremidades y saltan. Los pies de ambos dejan de estar sobre la superficie de la aeronave para pasar a estar en el aire, doblados hacia atrás, en una posición de rana, mientras un paracaídas los mantiene flotando y descienden poco a poco.

Pero antes de subirse a un avión con el único objetivo de saltar desde una distancia determinada aferrado a un paracaídas, existe un proceso de preparación que se debe cumplir. Toda droga tiene un precio y acá consiste en realizar un entrenamiento físico y teórico que está dividido en cuatro o seis sábados, con un costo de $550.

El punto de referencia es el Aeropuerto de Ilopango, específicamente a un costado derecho de la Fuerza Aérea. Es ahí donde se encuentra el acceso principal a la Federación de Paracaidismo. Un letrero de considerables proporciones de ancho y largo, así como viejo, oxidado y dañado por el tiempo, lo anuncian. En la entrada, un grupo de policías custodian el lugar. Colocan conos naranjas en la calle y revisan desde los asientos hasta el baúl de los automóviles que ingresan. Ellos primero preguntan adónde vas; luego, te piden el Documento Único de Identidad (DUI) y por último te dan a cambio un gafete color rojo que te identifica como visitante.

A partir de ahí, el panorama es extenso. Lo primero que se aprecia es la pista de aterrizaje dividida en dos carriles, el asfalto. Pero al girar la mirada hacia la derecha está una vista panorámica de San Salvador; a lo lejos, la catedral metropolitana, el centro y por encima de ellos el volcán. También las casas de la colonia Santa Lucía en Ilopango y las principales edificaciones o fábricas en Soyapango. Pero si hay algo que se observa más de cerca es la Torre de Control del aeropuerto y la entrada al Museo Nacional de Aviación.

A la izquierda están las escuelas de aviación, en total son cinco. De una de ellas proviene una avioneta con un espacio reducido, con un asiento solo para el piloto. Se conduce por encima del asfalto, se mueven sus hélices, suena el motor, pero no se eleva. Al parecer solo se está probando su funcionamiento. En esa misma pista está prohibido caminar por el tránsito de las aeronaves. Solo se permite el paso a los automóviles y motocicletas que se dirigen a las escuelas de aviación o a la Federación de Paracaidismo. Por lo tanto, toca caminar en las zonas verdes que están en cada una de las orillas o extremos de la pista, para después rodearla o cruzarse rápido.

Pero a diferencia de las escuelas de aviación, que es lo que más predomina en el lugar, lo que a lo lejos parece ser una casa de pequeñas dimensiones de anchura y amplitud, pintada de verde, cubierta en una buena parte por el monte y los árboles, también llama la atención y produce curiosidad por las siglas FESAPADE escritas en una de las paredes. Aunque no lo parezca, por su apariencia, se trata de la sede central de la Federación Salvadoreña de Paracaidismo y Aerodeportes.

Un amanecer entre paracaídas y avionetas

Es un sábado y son las 7:15 de la mañana. Los primeros en llegar a la federación son Hugo Alfaro y Mario Teresón. El primero de ellos, con un paracaídas en mano, comenta que en total ha hecho 60 saltos. Hugo Alfaro tiene 35 años y es paracaidista desde el 2012. ‘‘Es una sensación relajante, la adrenalina es placentera y adictiva’’, comenta.

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El paracaídas está compuesto con un contenedor principal; es decir, la mochila. Dentro de esa mochila se guardan dos cúpulas que se extienden en el aire al abrirlo. Una es la principal; la otra, la de emergencia. Foto por: Marcos Paz.

A pesar de que Hugo lo practica cada 15 días, se considera un adicto. Se sienta en una de las sillas dentro de la federación, coloca el paracaídas en su lugar,  se acomoda la gorra, rasca su barba, guarda silencio y piensa. Luego, describe el paracaidismo desde tres etapas; la primera, donde el temor no te deja disfrutar el salto. Sin embargo, él considera que el temor nunca se debe perder, que el día en el que un paracaidista ya no sienta temor, debería dejar de saltar, pues el miedo te hace más precavido.

La segunda etapa es donde te acostumbrás y  pasás del miedo a estar más consciente de lo que hacés. La tercera, donde ya tenés conciencia de todo, desde el momento en el que subís y salís del avión. Para describirlo mejor hay que hacerlo, hay que experimentarlo, afirma.

Mientras Hugo Alfaro comenta que entre sus accidentes destacan haberse estrellado en un bus, caer en el Lago de Ilopango y dentro de una portería en una cancha de fútbol, la federación comienza a poblarse. Aparece Joel Grijalva, gerente de la federación, con su hijo y también paracaidista, Héctor Grijalva. Saludan a Mario Teresón, quien espera a dos alumnos que recibirán su entrenamiento.  Se trata de Carlos Escalante y Mauricio Sandoval, principiantes, quienes están a menos de dos horas de saltar por primera vez en sus vidas.

No obstante, antes de un salto debe seguirse un entrenamiento práctico y teórico.  El mismo que los demás paracaidistas, además de Escalante y Sandoval, han seguido durante este tiempo. Aunque en realidad ambos procesos van de la mano y no se ejecutan por separado. Sin embargo, la base teórica abarca información sobre la historia del paracaidismo como deporte, cuál es el funcionamiento de un paracaídas, cuáles son sus partes y el equipo básico a utilizar.

Luego viene la práctica; es decir, las posturas que se tienen que tomar a la hora de saltar, cómo actuar ante los contratiempos que pueden llegar a suceder, de qué forma manejar o conducir el paracaídas, cómo salir del avión, cómo aterrizar. A todo eso se le llama Curso Básico de Caída Libre. A Hugo Alfaro se le traba la lengua al pronunciarlo, Joel Grijalva se burla, lo corrige y se acerca por primera vez, como queriéndose sumar de lleno a la conversación.

La postura principal es en forma de rana, por la posición arqueada en la que el cuerpo debe estar al momento de caer, con los pies y las manos doblados hacia atrás, en dirección hacia afuera. Debe haber una simetría entre las manos y los pies. Alfaro explica que si no se hace de la manera correcta, se tienen problemas de estabilidad en el aire y el cuerpo comienza a dar vueltas.

Sin embargo, existen más posiciones para saltar dependiendo de lo que se quiera hacer. De acuerdo a Joel Grijalva, quien se vuelve a acercar, está la postura Track, donde el paracaidista se coloca en forma o posición de una flecha, recto, con la cabeza hacia abajo y las manos y brazos pegados al cuerpo. ‘’En esa postura vas rápido, más rápido de lo normal y al frente’’, asegura y lo simula con sus movimientos.

Ahora es cuando Joel Grijalva, de 56 años, llegó para quedarse, toma el último trago de su café, le comenta a Hugo Alfaro que vaya a desayunar, que es su turno para hablar sobre lo que le apasiona.

‘‘Después de hacer un salto uno quiere seguir saltando porque es algo que no se experimenta en ningún otra parte’’, asegura Grijalva, quien tiene 22 años de estar saltando, después de haber estado desde 1986 al 2000 en el Batallón de Paracaidistas de la Fuerza Armada. Joel también tiene 22 años de estar afiliado a la federación y seis siendo el gerente general, luego que en el 2010, José Eduardo Ramírez, quien en ese entonces era el gerente, muriera en un salto cuando su paracaídas se enredó con el de Afif Calderón, también paracaidista en Ilopango.

Pero las agujas del reloj avanzan, los paracaídas necesitan ser preparados y el entrenamiento intensivo de los alumnos se acerca. Joel lo sabe, pregunta qué horas son, se levanta y a lo lejos observa que un automóvil cruza la pista del aeropuerto y se acerca cada vez más a la federación. ‘Ahí viene uno de los dos’’, anticipa, sonríe y se frota las manos. 

El preámbulo de un salto adictivo

El primero en llegar es Mauricio Sandoval, de 25 años y miembro del Comando de la Fuerza Aérea. Se baja de su camioneta. Delgado, piel oscura y de baja estatura; parece de menor edad, como si tuviera 17 o 18 años, pero de la camioneta también se bajan su esposa y su hijo de cuatro años. Saluda a Joel Grijalva, pero antes de darle la mano, la coloca en forma recta y punzante en su frente para luego dirigirse hacia él como coronel. De hecho, Grijalva es militar retirado desde el 2009. El bullicio, los pasos, la música y los paracaídas en el suelo avisan que lo mejor está por comenzar.

Adentro, en las paredes de la federación hay cuadros con fotografías del equipo de paracaidistas en acción. El piso está desnivelado. Hay una mesa con trofeos y reconocimientos. Un escritorio con revistas alusivas al deporte extremo. Un cuarto con espacio reducido donde están las gabachas colgadas en ganchos sostenidos en la pared, casilleros y un inodoro que no funciona. Tampoco hay electricidad. Grijalva frunce el ceño, suspira y aclara que no tienen con qué pagar desde que a finales del 2015 el INDES los dejó con cero presupuesto porque no consideran al paracaidismo como un deporte; sino, como un pasatiempo.

‘‘Cada quien hace el esfuerzo y compra el paracaídas, uno nuevo está costando entre seis mil o siete mil dólares’’, agrega Grijalva, mientras que uno usado está entre dos o tres mil dólares. Si es nuevo, tiene que ser de una fábrica, fuera del país, o por internet, ya que no se fabrican en el país. 

Entretanto, Mauricio Sandoval, al entrar a la federación, es el primero en tomar un paracaídas. Antes de un salto, el paracaídas debe prepararse, hay que revisarlo, dejarlo listo y afinado. Junto con Mauricio Sandoval está Héctor Grijalva, de 30 años, quien explica que el paracaídas está compuesto con un contenedor principal; es decir, la mochila. Dentro de esa mochila se guardan dos cúpulas que se extienden en el aire al abrirlo. Una es la principal; la otra, la de emergencia.

Sandoval primero lo pone en el piso, lo suelta, lo extiende. Hay dudas, no sabe si lo está haciendo bien. Luego, se encarga de ordenar cada una de las líneas e hilos conductores del paracaídas para que no se le enrede cuando esté allá arriba, a punto de saltar a cuatro mil pies de altura. Por último, lo empaca todo. Al parecer, después de 30 minutos batallando, lo ha logrado y canta victoria.

Pero no le dura mucho…aparece Mario Teresón y le dice que está malo, que hay que volverlo a hacer, que hay que volver a extenderlo, ordenarlo y juntarlo todo.  Mario le manifiesta, de forma disimulada, a Héctor Grijalva, quien estaba a la par de Sandoval, que es su culpa, por no haberlo ayudado. Esta vez, es Héctor quien toma el paracaídas y explica, como si se tratara de un tutorial, mientras Sandoval solo observa apenado y consulta sus dudas.

Mario, de 40 años, ex paracaidista, militar y actual entrenador, también toma un paracaídas y lo prepara en menos de diez minutos. Es de baja estatura, pero de gran corpulencia y carácter fuerte. Alza la voz para dar indicaciones, grita. De acuerdo a Hugo Alfaro, él es el único dentro de la federación que puede hacer un tipo de nudo especial en el equipo. Ahora que ha pasado la primera etapa, Mario los llama a todos para que vayan hacia afuera. En sus manos carga dos banderines naranjas y en el suelo coloca una pancarta de la vista aérea del Aeropuerto de Ilopango. De repente, aparece Carlos Escalante, quien también saltará por primera vez. Ahora están completos.

‘’Así se ve de pequeño cuando uno salta a cinco mil pies’’, afirma Mario, mientras señala el croquis aéreo. Escalante y Sandoval parecen confundidos y a la vez concentrados. Primero, Mario les explica dónde está el norte, sur, este y oeste, así como el punto de impacto en donde tienen que caer, los trata de ubicar. Asegura que el viento sopla de norte a sur. En el norte, pone como referencia a Guazapa. En el sur, al Lago de Ilopango. En el oeste, San Salvador y Bosques de la Paz. Es decir, desde arriba, ellos observarán buena parte del país.

Les explica que si el viento los arrastra en dirección contraria al punto de aterrizaje, tienen que evitar caer al otro extremo de la pista donde están los aviones, en los andares del Bulevar del Ejército, Bosques de la Paz y el barranco que está al otro lado del aeropuerto. El primero en saltar será Carlos Escalante, por ser el que menos pesa, aunque en el mismo avión irán Mauricio Sandoval, Héctor Grijalva y otro paracaidista llamado Carlos Umaña, quien viene saltando desde abril.

Teresón les pregunta si hay algo que no entienden o si tienen dudas. Parece como si las tuvieran, pero mueven la cabeza como negándolo y dicen que no. Teresón insiste, pero nadie tiene preguntas. ‘‘Recuerden que allá arriba estarán ustedes solitos, sin nadie que les ayude’’, concluye. Luego, camina, les invita a que lo sigan, dejarán la zona verde de afuera de la federación para acercarse más a la pista y practicar cómo será el salto; es decir, una especie de simulación.

Como última parte del entrenamiento, ambos ensayan lo que harán en fracción de segundos allá arriba cuando hayan saltado del avión. Mario les dice que griten, que acá todos estamos locos. Ellos lo hacen: ‘‘¡Posición de rana! ¡Altímetro, cuatro mil! ¡Apertura de paracaídas! ¡Movimiento a la izquierda, movimiento a la derecha!’’. Lo gritan y hacen las posiciones, como si ya estuvieran lanzándose.

Antes del salto los primerizos reciben indicaciones y les dicen cómo se verá el país desde arriba: al norte está Guazapa. al sur el Lago de Ilopango, al oeste, San Salvador y Bosques de la Paz. Foto por: Marcos Paz.
Antes del salto los primerizos reciben indicaciones y les dicen cómo se verá el país desde arriba: al norte está Guazapa. al sur el Lago de Ilopango, al oeste, San Salvador y Bosques de la Paz. Foto por: Marcos Paz.

Termina el calentamiento. Se acerca el mediodía, Sandoval y Escalante escogen la gabacha o traje que usarán. El primero escoge una blanca; Sandoval, una amarilla. Además del traje, también ya tienen su paracaídas, lentes, guantes, casco y altímetro. Sus rostros son una combinación de tranquilidad, tensión, emoción y miedo. Hay ansias, estiran sus extremidades, doblan las rodillas, se agachan, caminan de un lado hacia otro y buscan entrar más en calor.

De los cuatro saltos programados, ellos serán los primeros. Antes de salir rumbo a los alrededores de la Torre de Control del Aeropuerto donde se subirán al avión, todos se reúnen, forman un círculo y Joel Grijalva, gerente, dirige una oración.

Al borde de la adrenalina  

Saltarán dos experimentados y dos principiantes en el mismo avión. Caminan rápido, el sol arde y quema, se cruzan la pista. Sandoval y Escalante no dicen ni una palabra; los otros dos, sí. Los cuatro se dirigen a tomar el avión cerca de la torre de control. La otra parte de los paracaidistas que esperan su turno, toman otra dirección rumbo a una de las zonas verdes que está en medio de la pista y separa los dos carriles o direcciones de ella.

Esa zona verde será el punto de impacto en donde tienen que caer. Por eso, Mario Teresón, con la ayuda de Hugo Alfaro, coloca una pancarta o plástico color naranja en forma de círculo sobre la hierba e incrusta algunos banderines en la tierra que se mueven por el viento. Lo hace para que desde arriba puedan visualizar y tener una idea de dónde tienen que aterrizar. Usan colores fuertes y llamativos para que no se pierdan.

Desde el punto de impacto se observa cómo Escalante y Sandoval llegan al avión, se suben, pero esperan 25 minutos para que despegue. Hay tensión, nervios, impaciencia. Por fin despegan, están en el aire, pero el avión tiene que ir a dar una vuelta cerca de Apopa y el Lago de Ilopango para ganar altura. Pasan diez minutos y se escucha el ruido del motor de la aeronave en el cielo. Todos levantan la mirada y dirigen la vista hacia arriba, con dificultad, por el reflejo del sol. De repente, el motor deja de hacer ruido, hay una pausa o silencio y es ahí cuando los lanzan al vacío.

Antes de saltar a cinco mil pies de altura se tiene que estar psicológicamente preparado para saber manejar la presión. Hay que estar tranquilo, relajado o al menos tratar de estarlo. No hay que tener sobrepeso, padecimientos respiratorios o cardíacos. Sandoval y Escalante cumplen con los requisitos. Sin embargo, allá arriba el corazón late más fuerte y rápido, como una bomba. Las pulsaciones por segundo se aceleran. Desde abajo, Escalante es el primero que se aprecia. Lo distingue su traje amarillo. Mario Teresón mueve los banderines hacia la derecha y da dos vueltas en círculo sobre sí mismo. Escalante hace lo mismo en el aire, da dos vueltas y se sigue aproximando a lo lejos.

Grijalva aplaude, se emociona y afirma que manejar el paracaídas es como andar en bicicleta. Si lo movés a la derecha, vas a la derecha. Si lo movés a la izquierda, vas a la izquierda. Pero es un sábado de octubre y los vientos, más que ser un aliado, hacen que sea más difícil manejarlo.

Las corrientes de vientos pueden llevarte a la dirección contraria; es decir, podés terminar en un tendido eléctrico, en el Bulevar de Ejército o en cualquier colonia en Soyapango e Ilopango que en un buen porcentaje, cabe la posibilidad que esté controlada por pandillas, asegura Rolando Ramírez de 25 años, quien espera su turno para saltar. En total lleva cuatro saltos. Ahorita es solo un espectador, después será un protagonista más en el cielo.

Antes de saltar a cinco mil pies de altura se tiene que estar psicológicamente preparado para saber manejar la presión. Foto por: Marcos Paz.
Antes de saltar a cinco mil pies de altura se tiene que estar psicológicamente preparado para saber manejar la presión. Foto por: Marcos Paz.

Mientras tanto, atrás de Escalante se aproxima Sandoval con dificultades, parece que el viento se lo está llevando.  Teresón alza la voz como si fuese a escucharlo y mueve los banderines de forma desesperada. En cuestión de segundos lo peor ha pasado y Sandoval se ha estabilizado en el aire a pesar de las tres vueltas bruscas y su lucha con el viento.

El primero en aterrizar es Carlos Escalante. Cuando está más cerca del punto de impacto, Teresón le da las últimas indicaciones. Toca tierra y por la velocidad a la que viene da cuatro o cinco pasos. El paracaídas se arrastra en la hierba. Todos celebran, aplauden y se acercan a felicitarlo. En él hay frialdad, como si no hubiese sido la primera vez que lo ha hecho. Después de él tocan tierra Héctor Grijalva y Carlos Umaña; también celebran, pero con menos euforia, como si ya fuese rutinario verlos saltar a cinco mil pies de altura.

El último en llegar es Mauricio Sandoval. Sigue teniendo dificultades. Se inclina demasiado hacia el lado del barranco, lleva mucha velocidad, se estabiliza de nuevo. Los que lo observan suspiran mientras Teresón, como de costumbre, vuelve a gritar y da indicaciones. Sandoval cae, está en la tierra, pero no dio ningún paso, aterrizó sentado, los glúteos contra la tierra. Teresón se acerca, más que felicitarlo lo regaña por la manera en cómo aterrizó. Sin embargo, los demás lo reciben bien, lo felicitan, le dan la bienvenida y un par de palmadas en la espalda.

Pero para Teresón, Grijalva y Alfaro no hay descanso y un solo salto tampoco es suficiente para saciar sus deseos.  El próximo avión está listo, el motor está encendido, este se elevará más rápido que el anterior con un nuevo grupo de paracaidistas entre los cuales está Rolando Ramírez. Están dentro, el piloto acelera, se eleva y se pierden en el cielo en búsqueda de tomar altura para después descender.

Mientras tanto, siguen las felicitaciones para Escalante y Sandoval. Ídolos y héroes por minutos. De ‘‘sorpresa’’ aparece una hielera. De ahí sacan un paquete de cervezas, las reparten entre sí. El primero en recibir una es Escalante, Sandoval prefiere sentarse en una silla, cubrirse del sol, descansar y quitarse la gabacha.

De repente, Teresón y Joel Grijalva están de vuelta. Hablan entre sí en voz baja, muy de cerca. Luego se separan, Grijalva se dirige en dirección a Sandoval, le pregunta por qué se ha quitado la gabacha. Le sugiere que debería volvérsela a poner, pues volverá a saltar en cuestión de minutos, aunque en un principio no estaba contemplado. No hay vuelta atrás, la adicción ha comenzado.

Pero las explicaciones no solo se encuentran en Ilopango, rodeado de avionetas, escuelas de aviación y paracaidistas. A kilómetros de distancia, en San Salvador, para la psicóloga Margarita Weil, la adrenalina de saltar a cinco mil pies de altura es equivalente a una droga completamente natural. Esa sensación de euforia y poder, los hace sentir muy bien. De acuerdo a ella, se considera a los deportes extremos casi como un principio de adicción.

‘‘Un disparo de adrenalina de ese tamaño te da una sensación de euforia y placer difícilmente repetible, vas buscando nuevos retos’’, agrega. Hugo Alfaro, Joel Grijalva y Mario Teresón están de acuerdo, no lo niegan.

Como los clavadistas olímpicos, que buscan saltar más alto y a mayor dificultad desde el trampolín. Como también los alpinistas, que intentan llegar al pico más alto de la montaña y seguir escalando otras más. Como los levantadores de pesas, que cada vez intentan levantar más peso o los surfistas que esperan las mejores olas. Acá, en el paracaidismo saltás una vez y después no querés ni podés detenerte, querés llegar cada vez más alto, flotar en el aire, mantenerte en el cielo y aterrizar sin tener alas o sin ser un avión.

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