Citalá: Río de Estrellas

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Juan Díaz es un joven que estudia en este proyecto educativo llamado Citalá.

Por Nelly Ortega y Luis Ernesto Alvarado

Juan camina por una calle polvosa en un lugar de la finca “El Espino”, cerca del ecoparque. La gran mayoría de las casas del lugar son de láminas, todas menos la suya, la cual fue construida por su padre, quien es albañil y que ahora se encuentra en Estados Unidos, formando parte de la cifra de salvadoreños indocumentados que viven en ese país. Él se fue hace más de 6 años, dejando así a su hijo junto a su madre, una de sus dos hermanas mayores y el esposo de ella; su otra hermana también se acompañó y, actualmente, vive aparte junto a su compañero de vida.

Su familia no siempre ha vivido en esta zona. Hace siete años vivía en otra parte, siempre de la finca el Espino, de la cual lo desalojaron a él y a su familia; la razón: esa parte había sido usada para la construcción de un edificio. Sin embargo, Juan matiza que el desalojo no fue a la fuerza y que su familia tenía la opción de elegir entre el dinero para conseguirse otra casa o un terreno para construir una nueva. Su familia optó por la segunda.

La vida en esta nueva vecindad es llevadera. Aunque existe presencia de maras, su familia no ha tenido problema con ellas. Según Juan, es porque ellos no se relacionan mucho con sus vecinos. Él pasa fuera todo el día, estudiando, mientras que su madre y su hermana trabajan. Su mamá, niña Ana, trabaja junto a los religiosos de la Orden de la Merced, en un comedor social donde es la cocinera. Según la niña Ana, es gracias a este trabajo, y al de su esposo en EE. UU, que pueden pagar los 30 dólares de la mensualidad del colegio.

Son las seis de la mañana. Hora en la que el sol apenas se ha levantado, pero Juan le ganó, él lleva despierto desde las cuatro y cincuenta. Se dirige a tomar el bus que lo llevará a una institución donde recibe clases extra. De ahí, Juan saldrá al mediodía, y saldrá corriendo a tomar el bus que lo llevará al Colegio Citalá, institución en la que estudia desde hace cinco años y a la cual, según me cuenta el padre Arturo Estrada, se le nota el cariño que le tiene.

Cancha de fútbol de la institución.
Cancha de fútbol de la institución.

Juan llega al Colegio a la una. Durante la mañana, en las mismas instalaciones, estudian los niños del Colegio Lamatepec, una de las instituciones educativas más caras del país. En la mañana, los niños, algunos de familias bastante conocidas, juegan por todo el patio de recreo. También juegan futbol en la cancha de pasto artificial que se encuentra abajo, o simplemente, algunos, se quedan sentados platicando. En la tarde, todo es igual, con la diferencia que son niños de escasos recursos los que hacen estas actividades.

Cuando Juan llegó por primera vez al colegio, una de las primeras cosas que le impresionaron fueron las instalaciones. Bastantes edificios, todos bien cuidados. No hizo falta que me contara cómo era su antigua escuela porque, aunque me abstendré de nombrarla, ya la conozco. Se encuentra en Santa Tecla, cerca de la calle Chiltiupan, sus patios son de tierra, tiene dos canchas, ambas de cemento, los salones tienen rejas por ventana y, algunos niños, acostumbran a tirar la basura en cualquier parte. Aunque no es tan mala como otras escuelas públicas, esta no se compara con las instalaciones de Cítala.

Según la licenciada, María Carmen, del MINED, se invierte una considerable suma de dinero en las infraestructuras de las escuelas públicas, pero siempre hay aulas con descuidos, ya que el ministerio no cuenta con el suficiente recurso para que “estas gocen con todas las comodidades”. Por otro lado, el director de Citalá, el ingeniero Antonio Manzano, opina que “la infraestructura también educa”. Miro alrededor de Citalá y entiendo sus palabras: no hay ninguna basura en el suelo. Me dice que es porque los alumnos ven lo bonito del lugar y por eso les da pena ensuciarlo, vuelvo a ver al rededor y cuánta razón tiene.

La limpieza enseña. Eso es lo que creen los religiosos del centro educativo Citalá.
La limpieza enseña. Eso es lo que creen los formadores del centro educativo Citalá.

Según Manzano, las instalaciones juegan un papel importante. Año tras año, cuando se encargan de convocar a los mejores alumnos de distintas instituciones públicas, invita a los directores al colegio, para ver si, viendo el lugar, se animan de enviar a los alumnos a examinarse para entrar. Fue por una de estas convocatorias que Juan llegó a Citalá en séptimo grado. Según dice, tres alumnos de su antigua escuela fueron a hacer el examen y de ellos solo dos quedaron.

Fue en el 2015 que Juan llegó por primera vez. Al principio él no quería cambiarse, pues sentía que sus amigos le harían falta. Sin embargo, su madre le dijo que no reprochara esta oportunidad, al igual que su padre, con quien, según la niña Ana, hablan todos los días por teléfono. Su papá le animó desde el norte a aventurarse para hacer el examen e ingresar. Así, Juan hizo el examen. En un principio estaba decidido a fallarlo a propósito, pero una vez, con la papeleta en frente, las palabras de sus padres le resonaban en su cabeza, por lo que decidió hacerlo en serio.

Hacer el examen, fue la mejor decisión que tomó en su vida. Aunque el primer año le costó adaptarse, en especial porque no conocía a nadie. En este sentido, el padre Arturo dice que ha cambiado, que al principio solo se relacionaba con su grupito de amigos, pero ahora Juan es más abierto y se relaciona con todos los de su clase. Incluso, socializa con los de otros grados menores, a quienes ayuda en sus tareas y les anima a ser mejores estudiantes.

El cambio de horario también fue difícil, en especial el hecho de tener que ir los sábados en la mañana. Pero según Juan, esto a la larga le ha gustado y tiene la ventaja que les permite terminar las clases antes que las demás instituciones educativas, por lo que tiene más vacaciones.

Pronto, Juan empezaría a notar otros cambios positivos. Lo primero fue que sus profesores no eran lejanos a los alumnos, al contrario, ellos se interesan no solo en que el alumno entienda los contenidos en la materia, sino también en sus vidas. Por ello, todas las semanas Juan habla con un preceptor. Estas pláticas son amenas y largas. Juan no habla con un psicólogo que le pregunta cosas raras, más bien, con un amigo que se interesa por su vida, que bromea con él y que, inclusive, después de su plática semanal, sigue siendo cercano con él.

Es por ello que Juan ha podido desarrollar una gran base de liderazgo, pero también de humildad. Un día sábado, cuando el padre Arturo le daba “ride” a la parada de buses a él y a otro compañero, Juan animaba a su amigo a ser mejor estudiante, a estudiar más y a aprovechar todas sus capacidades y oportunidades que el colegio les da. El padre fue testigo silencioso de este hecho, el cual luego me lo contó con bastante satisfacción.

También su familia ha cambiado. A la entrada del colegio, una zona cubierta de pinos y con olor a cipreses, me encontré a la niña Ana quien me contó que las “escuelas para padres” le han ayudado a mejorar la relación con su hijo, a conocerlo mejor y a hablar más con él, no solo de la escuela, sino también de su vida.

Juan es católico; y aunque Citalá acepta alumnos de todos los credos, ofrece formación católica a todos sus alumnos. Es por eso que, todos los sábados, cuando todos los alumnos esperan a la entrada el transporte que el colegio les ofrece a sus casas, él se queda unas dos horas más para participar en las actividades del “Club Risco”, una iniciativa del Opus Dei, en la que se les da formación cristiana. Además, organiza actividades de visitas a hospitales y de complemento académico en las áreas que más les cuestan a los alumnos.

En su último año de colegio, Juan está decidido a estudiar comunicaciones. Sin embargo, si no fuera por Citalá, dice que la situación de su familia le hubiera hecho desistir de estudiar el bachillerato. Quiere lograr que su promoción salga con promedio alto en la PAES, por lo que ayuda a sus compañeros a estudiar, en especial en matemáticas, materia que a él se le da muy bien. Finalmente, antes de despedirme de él, le pregunto por el significado de Citalá, él me responde que significa “río de estrellas”, porque acá en verdad abundan.

2 Comentarios

  1. Es un artículo muy fluido. Este tipo de iniciativas las pudieran hacer otras instituciones. Es muy importante formar a nuestros jóvenes, no sólo instruirlos, sino formarlos. Ellos son el presente y futuro de nuestro país.

  2. Estoy preparando la charla para unos profesionales y les voy a hablar del Colegio Citalá el dia de mañana este articulo me ha parecido muy bien y toca muchos aspectos, gracias.

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