Por Ramiro Guevara

Desde el comienzo de la historia, el ser humano ha necesitado crear figuras a las cuales adorar. Muestra de ellos son los ídolos, los dioses y los mitos que han acompañado a los hombres desde hace mucho tiempo, y que siguen presentes en la sociedad moderna.

De hecho, podríamos decir que existe una serie de elementos compartidos entre el ámbito de la religión y el de la economía, dominante en las sociedades modernas: en ambas estructuras existe una naturaleza de devoción.

Esto nos remite a una religiosidad que debe ser comprendida a partir de signos y prácticas. La cultura de masas, como decía Umberto Eco:

“Saber reaccionar ante estas propuestas, al formar parte de tales dinámicas”

En la investigación La religión como una dimensión de la cultura, de María Elena Camarena y Gerardo Tunal Santiago, de la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM), se explica que dentro de las características de lo religioso debe existir una justificación material que ayude a interpretar el carácter sagrado. Esto nos invita a tener un cierto respeto y solemnidad por estas manifestaciones.

Pero es preciso tener en cuenta que esto no implica la sola adoración de objetos por ser lo que son en sus formas físicas; el culto se da para la veneración de las “características sobrenaturales” que se les deposita.

El otorgar atributos simbólicos no es exclusivo de las religiones. La sociedad de consumo también lo hace. Sociólogos como Marx han hablado del atributo idealista que se le otorga a las cosas. Se comprende como un fetichismo que otorga valor y carácter a lo inanimado.

Los centro comerciales son el nuevo paradigma de desarrollo y consumo
Los centros comerciales son el nuevo paradigma de desarrollo y el consumo.

Estos objetos son expuestos en lugares específicos. En lo radicalmente religioso, suelen formar parte de estructuras arquitectónicas como los templos. En el ámbito sociocultural, aparecen los “malls” o centros comerciales.

Un templo se caracteriza por preservar los vestigios de una fe consolidada en torno a una creencia, los cuales se justifican mediante rituales de veneración que los feligreses realizan cada cierto tiempo.

En los centros comerciales también se siguen ritos, que abastecen las necesidades “espirituales” de las personas, reconfortando sus almas ante las vitrinas donde se exponen todos esos artículos que esperan ser comprados.

Las modas impuestas por la sociedad, el status social que connota una marca específica, los deseos colectivos de una sociedad utópica que busca parecerse más y más a los países desarrollados. Estas son construcciones míticas que se le otorgan a estos lugares y su contenido.

Arquitectónicamente, incluso existe una distribución de centralización, es decir que existe una zona central de donde parten los recorridos al resto del lugar, como una plaza pública, pero más reducido.

En las iglesias hay un altar; en los centros comerciales, una enorme fuente. Estos usualmente son parte del ombligo del lugar, donde las personas hacen la iniciación de los ritos. En los altares, las personas se hincan, reciben la hostia, se bautizan, entre otras actividades; en una fuente se encuentran las parejas románticas, los amigos y los familiares; se toman los cafés y se aprecian las cosas compradas (si es que se ha comprado algo).

Estos recintos le dan la sensación al ciudadano común y corriente de tranquilidad y seguridad, y, por eso, este traslada toda su vida social al interior de estos centros, celebrando en ellos eventos como cumpleaños, días festivos, entre otros.

Según el artículo “Los centros comerciales: el nuevo paradigma de desarrollo y consumo de la sociedad moderna”, de Ignacio, Jennifer y Rubén Hernández, hoy en día casi no existen planes de ocio que no involucren encuentros en lugares netamente comerciales, donde las personas se encierran creyendo que salen a disfrutar un entorno urbano.

Esto se asemeja a la realidad presentada en la famosa novela de José Saramago La caverna, la cual nos muestra una fiel analogía con los centros comerciales como centros de recreación y finanzas, donde las personas suplen prácticamente todas sus necesidades. En ellos invierten su tiempo libre, atraídos por el concepto de seguridad que estos lugares brindan.

Entonces el centro comercial se convierten en una especie de castillo medieval en donde la gente es protegida de la inseguridad externa y del clima, entre otros factores, con sus guardias de seguridad, sus cámaras de vigilancia, sus detectores electrónicos, desplazando el espacio público a otro nivel de uso en las ciudades.

Más allá de la arquitectura, los templos y centros comerciales son construcciones utilizadas para la veneración: uno de dioses y otro de mercancías. Ambos están sostenidos bajo dos vías en la vida social de la gente: por un lado, la parte espiritual de la ciudad y, por el otro, el ocio y la necesidad material.

La gente incluso selecciona la vestimenta que utilizará para ir a los dos lugares, como si se tratase de un uniforme con el que adecua su presentación. Los grupos humanos saben reunirse bajo una compenetración significativa, devota y plenamente segura en estos lugares; es más, usualmente se escoge un día. El sábado para el mall y el domingo para la iglesia.

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