Bien común y elecciones

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Imagen de referencia tomada de Internet. 5.1 millones de salvadoreños irán a las urnas el 4 de marzo.

Editorial número 3

Los seres humanos tenemos mucho en común. Esto significa que hay realidades, que aún cuando son parte de nuestra intimidad, compartimos con otros y nos hacen semejantes, a tal grado que podemos sentirnos parte de la gran familia humana.

También hay realidades, que no nos pertenecen individualmente, sino que son parte de eso que podemos llamar patrimonio común, y por ello debe estar a disposición de todos. Tenemos otras realidades que pueden, y de hecho, son comunicadas de unos a otros y que generan vínculos, puentes capaces de hacernos compartir.

Este planteamiento nos lleva a bucear en lo fundamental de la vida social. Los humanos no somos sociales sólo por decisión personal, sino porque estamos constituidos biológicamente para serlo. Este hecho no niega nuestra individualidad, sino que la potencia, pues al estar frente a otro de mi especie, se construye una unidad en la diferencia y así constituimos la comunidad. Estamos biológicamente diseñados de esta manera y eso constituye el camino para reconocer a los otros de nuestra especie como semejantes.

El individualismo, no lo individual, es la forma en que se niega nuestra capacidad de reconocer al otro como semejante. Para apoyar la incapacidad de reconocernos como semejantes hemos inventado muchos mecanismos, por ejemplo, la afirmación “cada uno está donde quiere estar”. Quizá sea válida en algún caso, pero esto no es válido para los excluidos, los más vulnerables, los más pobres.

Creer que vivir en la pobreza o la miseria es una decisión libre y personal, es un engaño. Esto es enmascarar la realidad. Vivir en la pobreza no es una decisión deseada ni es una culpa individual. Es una injusticia social que sufre buena parte de la humanidad. Y ésta es objetiva, real. El indiferente acepta este hecho como natural.

La corrupción tiene a su base la indiferencia. Lo único que importa es el bienestar personal o corporativo. Las personas a las que se deja sin los recursos del Estado no importan. Ejemplos hay muchos: puentes que pudieron ser construidos para evitar poner en peligro a poblaciones enteras ante las crecidas de los ríos; escuelas no construidas, centros de salud sin medicamentos ni equipos necesarios.

Estamos a menos de un mes de las elecciones para diputados y alcaldes. Es momento para volver sobre el rol fundamental de estos funcionarios. Su papel es velar por las mayorías. No por sí mismos y sus intereses particulares. Ni por el partido que los postuló. Diputados y alcaldes se deben al pueblo que los ha elegido. Es la voluntad del pueblo quien los ubica en un cargo y les paga un salario para que velen por el bienestar de las mayorías.

El bien común, el bien de todos los más pobres, de los más marginados debe ser el motor de su acción. Ser indiferente a las necesidades de los pobres es mostrar su incapacidad de reconocerlos como semejantes y como miembros de la misma especie.

Devolverle al pobre su dignidad debe ser uno de los ejes fundamentales de la acción política. Trabajo digno, escuela digna, casa digna, sociedad sin violencia. Este es el reto para todos los que deseen ser electos como funcionarios públicos.

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