Las viudas de la extorsión
Johanna Lissette Díaz
Periodista
Las esposas de dos motoritas del transporte público que fueron asesinados afrontan hoy una nueva realidad con sus hijos e hija. Un cambio de vida que incluye el miedo a las pandillas
Para Tania de Martínez, de 25 años que vive en la colonia San José II, en Soyapango, San Salvador, ha sido muy difícil superar la muerte de su esposo Raúl Martínez, de 28 años, quien fue asesinado en el microbús donde trabajó durante tres años. Al igual que ella, son muchas las mujeres que en la actualidad pasan por el mismo problema: los delincuentes, sobre todo las maras, amenazan a los transportistas para que entreguen cierta cantidad de dinero y si no lo cumplen, sus empleados (motoristas y cobradores) son asesinados.
Martínez era motorista de la ruta 41-A, cuyo recorrido va de Soyapango al centro de San Salvador. Estuvo un año trabajando como cobrador, y dos de motorista. Se casó con Tania en el 2004, y en el 2005 fue padre de Fátima Abigail Martínez.
El 12 de marzo de 2006, Martínez fue asesinado por pandilleros en la Colonia San José II, Soyapango. El se encontraba en la parada que se conoce como "Antel", a la una y media de la tarde, cuando se acercaron al microbús tres sujetos. Dos se introdujeron a la unidad de transporte a dispararle directamente, mientras el otro estaba en la calle. Esto lo contó el cobrador, llamado Toni, quien fue herido de bala en una de sus piernas.
“Yo ya le había dicho a mi esposo que no trabajara en esa ruta, porque desde el año pasado se venía dando el problema que los mareros le pedían dinero a ellos. Pero él me decía que teníamos que enfrentar esta situación, porque no encontraba otro trabajo para poder salirse de ahí”, recuerda la compañera de vida de Martínez, sin poder evitar tomarse con sus manos la cabeza. Está desconsolada.
De acuerdo a Salvador Eliseo Rosales, miembro de la cooperativa de la misma ruta de microbuses, las extorsiones se han venido dando con mayor periodicidad a partir de febrero de 2005, ya que los pandilleros empezaron a cobrar a los transportistas $1.00 por cada viaje que realizaban. Luego exigieron $5.00, y actualmente cancelan $20.00, a la semana por cada unidad. El inicial “impuesto de guerra” que no era obligatorio, donde el marero pedía de uno a cinco dólares, se convirtió en la cuota fija de $20 semanales.
Tania supo que con la muerte de su esposo, su vida y la de su hija cambiaría de inmediato. “Yo estaba en la casa con mi niña, cuando de repente me llamó por teléfono el cobrador diciéndome que habían matado a Raúl (…). Dejé a la niña con mi vecina, y me fui al lugar para ver si eso era cierto”, contó. Era verdad, ahí estaba el cuerpo. Ella, pese a los riesgos que corría su pareja, nunca se imaginó que iba a morir de esa manera.
El dolor también tocó a Claudia González, de 30 años, el 15 de mayo de 2005. Ese día asesinaron a su esposo Carlos Torres, de 35 años. Él apenas llevaba cinco meses de estar en la ruta de buses de la 41-B, que hace su recorrido desde la Colonia Monte Blanco, en Soyapango, hasta el centro de San Salvador, cuando lo mataron en los alrededores del mercado de Soyapango.
Claudia presenció su asesinato. “Eran las nueve de la mañana, cuando de repente se subieron dos hombres a pedirle dinero a mi esposo, y como no había recogido bastante dinero para dárselos, uno de los hombres sacó una pistola y le dio dos balazos en la cabeza”, recuerda con la voz quebrada por el llanto. Hay lágrimas en sus ojos. Qué sucedió después no lo sabe, porque se desmayó.
Un trauma
Claudia enfrenta hoy traumas psicológicos por la muerte de su esposo. “Llevo más de un año que a mi marido me lo mataron, y yo siento que hubiese sido ayer. Cuando salgo a la calle todavía tengo miedo de que vayan hacerme algo a mí y a mis dos hijos, Carlos Roberto y José Ricardo”, confesó. Durante cinco meses, estuvo asistiendo a una clínica psicológica para rehabilitarse y superar el impacto de ver como terminaban con la vida de Carlos.
En el caso de Tania, lo más duro será en el momento que su hija le pregunte por su papá, “no sé qué palabras le voy a decir cuando le diga que está muerto”, expresó.
Ambas mujeres se han visto obligadas a conseguir el dinero para sacar adelante a sus hijos e hija. Claudia tiene un negocio propio, hace pupusas en su casa, todos los días. En la mañana, las elabora y por las tardes compra y prepara la venta del día siguiente. Con lo que gana, está logrando sobrevivir con Carlos Roberto y José Ricardo.
En cambio, Tania se dedica a lavar ropa a una mujer tres veces por semana. Con los siete dólares que le pagan por cada lavada que realiza, adquiere lo necesario para su hija. Vive con su mamá y papá, quienes la están apoyando en todo.
Las dos mujeres quieren salir adelante en este país que vive todos los días el problema de las extorsiones, al gremio del transporte público. Sus parejas son parte ya de la lista de asesinados y ellas, de las víctimas que sufren las consecuencias. |