Tenis sobre ruedas
Por:
Telena Ibarra
Periodista
A pesar de la tan anunciada cola puse mi mejor cara. Es decir, ya sabía a lo que iba: a una oficina de gobierno y que en consecuencia tendría que pagar el precio (adicional a los nueve dólares) de perder la mañana.
Para empezar un superamabilísimo vigilante me dejó pasar sin hacer la fila de entrada y me señaló otra línea que debía enfrentar. “Ahí le van a revisar si trae bien los papeles”, me sonrió. La cola no era larga y rápidamente llegué a una señorita estilo profesora de escuela, quien después de ver mis papeles sacó un papelito y me dijo: “Le queda la cita para mañana a las nueve. Si quiere venga antes, pero nosotros abrimos hasta las nueve”.
Ese fue mi primer encuentro con la oficina de Migración del centro comercial Las Cascadas, Antiguo Cuscatlán, departamento de La Libertad. Yo pensé: “¡Guau! Al fin se modernizaron. Me dieron cita”. Por supuesto, fui una ingenua.
A la mañana siguiente, nueve en punto, llegué a Migración y otra vez me topé con una cola. Esta vez, ni el vigilante estaba tan amable ni pasé tan rápidamente. Entre la gente reinaba la confusión. “Mire, si yo sólo vengo a recoger el pasaporte”, “Pero si yo tenía cita”, “Yo vengo con mi esposa”, eran los argumentos. Me recordó aquello de ábrete sésamo, todos queríamos entrar pero ninguno tenía la palabra mágica. Después de un momento, mi panorama se aclaró: tenía que ponerme en la cola de los que iban a atender ese día (son 100 lo máximo). No me dieron muchas esperanzas porque a esas horas no había sistema y no sabían a qué hora iban a comenzar a atender.
Entonces recordé mi primera consigna. “Estoy en una oficina de Gobierno y vengo a perder el tiempo”. Decidí sumergirme en mi lectura. Como a las diez de la mañana empezaron a atender a los primeros, los que estaban desde las siete de la mañana (hay fanáticos por todas partes). Así, íbamos avanzando un asiento a la vez. Como dicen hasta que no estás allí, en el lugar de los hechos te das cuenta de lo que sos capaz dehacer, digo, a esa clase de elucubraciones llegas cuando te obligan a esperar.
El caso es que había en aquella sala aire acondicionada de todo un poco: una señora con bastante sentido del humor que se reía sin parar, pero que a la vez criticaba cada detalle y se lo hacía saber a todos; luego, otra señora que le daba la razón, otra que le dolía el pie. Era como una de esas películas que de repente de quedas atrapado en un banco y resulta que milagrosamente en cada persona está representada una parte de la población. Bueno, pues eso no pasó en Migración.
A mediodía, como todavía estábamos en la dichosa cola y hacía hambre, la queja generalizada empezó a girar en torno a la comida, que por que no dejaban entrar nada. “Fíjese que yo venía con un sandwich y me lo tuve que comer afuera”, que deberían de vender siquiera un churro y una coca. Lo peor no era el hambre sino que a partir de esa hora los empleados gubernamentales empezaron a turnarse para ir a comer. Resultado: sólo uno siguió despachando los pasaportes. Hasta el vigilante se olvidó que los celulares tenían que estar apagados y se fue a comer.
Si ya veníamos en cámara lenta, a 40 minutos en promedio por “paciente”, ahora la lentitud se acentuó, porque encima parecía que el sistema no funcionaba o que ellos no sabían manejarlo, a cada rato cambiaban de computadora. |
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