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Los Centros de Bienestar Infantil necesitan cuidado

Por Álvaro Salgado
Periodista

Todos los días,un promedio 4 mil niños y niñas en todo El Salvador dejan sus hogares de la mano de sus padres y madres para ingresar a los Centros de Bienestar Infantil. Las encargadas de las guarderías en el campo hacen verdaderos milagros, pero sin la debida capacitación.

Foto: Álvaro Salgado

La atención a la infancia rural se ve afectada por la falta de recursos económicos.

Daina Flores, de cuatro años, dibuja un paisaje marino con un crayón gastado mientras espera la hora del almuerzo. Alrededor de ella, 25 niños y niñas cantan, gritan y corren por el salón en donde apenas caben las cuatro mesas deterioradas y la alacena con los alimentos y medicinas del mes. Las amplias ventanas enrejadas son propicias para que los infantes más atrevidos escalen, y un colchón roto extendido en el piso sirve de cama para aquellos que buscan el descanso, exhaustos de los juegos. En medio de la algarabía, las tres cuidadoras hacen lo posible por mantener el orden en los 64 metros cuadrados de terreno.

Es un lunes normal en el Centro de Bienestar Infantil (CBI) de Barra Ciega, Sonsonate, una comunidad costera que vive de la pesca y del cultivo de la caña. El mar resuena en las paredes manchadas del pequeño edificio que también posee una pila, una cocina rústica y un baño, que parece estar a su máxima capacidad. “Y eso que muchos cipotes no han venido. Como no es temporada de cosecha (de caña), se quedan en las casas con sus mamás”, admite, con una sonrisa, Marta Juárez, una de las “madres educadoras” (como se denominan ellas) del Centro.

Los CBI son espacios en los que se ofrece atención a los niños y niñas menores de siete años en el área rural del país, bajo la modalidad no escolarizada (sin vínculos a los programas del Ministerio de Educación). El proyecto forma parte de un programa que realiza el Instituto Salvadoreño para el Desarrollo Integral de la Niñez y la Adolescencia (ISNA), a través de la División de Atención Preventiva, con ayuda de otras organizaciones y que comprende a los Centros de Desarrollo Integral (CDI). Los CBI funcionan a nivel rural, mientras los CDI en los centros urbanos.

“Maestras” por la sangre

Desde su creación en 1995 y en las 212 sucursales en todo el país poseen una formade trabajo que los diferencia de las guarderías convencionales. Necesitan la ayuda activa de la comunidad y las cuidadoras son, en casi todos los casos, madres que velan por el cuidado tanto de sus propios hijos e hijas como por el de las decenas de niños y niñas que están ahí. “Yo cuidé a mis dos hijitos acá en el Centro hasta que cumplieron los siete años, y empezaron la escuela”, recuerda Yolanda Rodríguez.

Según el documento “Propuesta técnica de un modelo pedagógico para los CBI”, proporcionado por el ISNA, el programa pretende estimular en los infantes sus áreas de desarrollo cognoscitiva, socioafectiva, salud, nutrición y lenguaje. Pero, a pesar de los esfuerzos de las madres educadoras, la realidad está muy lejos de la teoría. Muchos Centros se encuentran en condiciones deplorables.

Las mamás tienen que hacer las veces de cocineras, enfermeras, niñeras y hasta realizar las tareas de limpieza y administrativas, según las circunstancias. ¿Con qué experiencia? La que la vida les ha dado: dos de las tres educadoras del Centro de Bienestar Infantil reconocieron haber recibido muy poca capacitación técnica.

Y lo que es peor, en muchos casos, al no recibirla ayuda del ISNA las trabajadoras de los Centros de Bienestar Infantil se ven obligadas a pedir ayuda de las familias de los niños y niñas que cuidan, especialmente en comida y medicamentos. “Lo que más necesitamos son medicinas. La gente de Salud Pública viene una vez al mes, pero a veces eso no es suficiente para tanto niño que tenemos”, observa Juárez. Muchas madres educadoras no reciben pago alguno y solamente obtienen como beneficio el alimento diario y la salud para ellas y sus hijos. Esto obliga a algunos CBI a valerse por sí mismos y existir en una relativa autonomía.

En tres ocasiones, se gestionó una entrevista con la Licda. Sonia de Molina, la directora ejecutiva del ISNA, para tener su postura sobre las limitaciones que se viven en los CBI y cuáles son los programas para mejorar la calidad de la atención. La secretaria de la funcionaria siempre puso de excusa que estaba en un reunión y no podía atender.

Con la muerte en el patio

En el CBI de Villa Esperanza, localizado en San Juan Opico, departamento de La Libertad, el paisaje no es distinto. Las paredes, aparte de los recortes, consejos, nombres y dibujos de los niños y niñas, muestran señales evidentes de deterioro, desde el terremoto de 2001. También posee un baño y una cocina que es a la vez almacén y centro de archivos.

Foto: Álvaro Salgado

Los alimentos son preparados por las madres de los menores, y no es raro que falten algunos productos esenciales en la cocina.

Ahí, la amenaza de las pandillas forma parte de la vida diaria, razón por la que la asistencia de los infantes es mucho más escasa. Los hechos deviolencia no son raros: en enero pasado, uno de los dirigentes del Instituto Pequeña Inglaterra de Villa Esperanza, en cuyo terreno está el Centro de Bienestar Infantil, fue asesinado por las maras durante las horas de clase. “El Centro estuvo cerrado los meses de enero y febrero”, recuerda Doris Ibarra, una de las trabajadoras del CBI de Villa Esperanza. “Yo, del miedo, dejé de trabajar acá todo este tiempo. Hasta hace poco que estoy trabajando.”Esto dificulta la labor. Las madres educadoras dijeron que hasta los trabajadores del ISNA y de Ministerio de Salud tienen miedo de hacer sus visitas mensuales.

Según Irma López, licenciada en Psicología y especialista en educación temprana (la que reciben los infantes desde su nacimiento hasta los 7 años), los esfuerzos del Gobierno de El Salvador, en materia de educación temprana, son aún muy reducidos. “No le ha prestado la atención que merece. Los CBI, desde su creación, han tenido muchos problemas.”

Pero, a pesar de las adversidades, las madres educadoras, concientes de la importancia de su trabajo, se esmeran por salir adelante, y su trabajo parece recibir recompensa. Los niños y niñas sonrientes las abrazan en cada oportunidad. Las comunidades asimismo reconocen el papel de los CBI. “Yo prefiero que mi niña esté en el Centro a que esté trabajando o haciendo otras cosas”, opinó Zoida Interino, beneficiada con el CBI de Villa Esperanza.

l finalizar el día, la madre de Daina, trabajadora gubernamental en la cuidad de Sonsonate, viene a recogerla. “¿Cómo se me portó hoy?, pregunta. La niña muestra su pequeña obra de arte. La madre agradece a las educadoras y, agarrando a Daina de su mano, se dirige a pie hacia su casa, pensando, quizás, en el día de mañana.

Antecedentes de los CBI*

Año

Programa

Descripción

(1983-1984)

Programa de Atención Integral al Niño (PAIN)

Comenzó a utilizar la estrategia de participación comunal de líderes, padres de familia y agentes educativos en el área rural.

1991

Programa de Educación Preescolar No Formal Dirigido a Población Rural y/o Marginal

Contó con la colaboración de estudiantes de Bachillerato Pedagógico de cuatro instituciones del sector público.

 

Se impartieron jornadas sabatinas de educación a los niños y niñas en las comunidades seleccionadas.

 

Luego de tres años, el programa finalizó pero sus resultados nunca fueron sistematizados.

1992

Hogares Materno Comunitarios (HMC)

Comenzó a utilizar la estrategia de las “madres educadoras”, mujeres que cuidan tanto de sus hijos como de los demás infantes del Hogar.

 

Inició con el enfoque de Orientación Dirigida, en el que las madres recibían Guías de Programación Diarias, pero luego se cambió a un enfoque de Orientación Libre, donde las madres tenían más libertad de acción.

1995

Centros de Bienestar Infantil

Parte del Programa HMC, enfocándose en el área rural y marginal.

 

Se han creado 212 CBI hasta la fecha.