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El secreto origen de las cosas

Manuel Cubías
Editor de Cultura

La lluvia caía incesantemente desde hacía dos días en El Chupadero, un cantón del departamento de Chalatenango. Los ojos de agua lagrimeaban rebosantes. Las hortalizas y el frijol danzaban al ritmo de las gotas.

De pronto, un ruido, un temblor. Pablo corría en ese momento tras un sapo. Le tiró unas cuantas piedras, pero con tan poca suerte que ninguna dio en el blanco. El suelo se movía suavemente. Pablo volvió a tirar otras piedras. Se quedó mirando hacia la casa y vio algo nuevo ante sus ojos. Una pequeña zanja dividía su terreno de juego. El pasto dejaba un claro color rojizo. Después de observar un momento, regresó a su casa que estaba en la parte alta del cerro.

Al verlo entrar a casa, Morena, su madre, notó algo extraño en Pablo. Le preguntó si se había caído o si los sapos le habían aventado leche en los ojos. El niño dijo que no. Su rostro estaba pálido, debido quizás a las gotas frías de la lluvia. Morena le sirvió café y algo de comer. Un fuerte ruido como de un trueno se oyó reverberar en la montaña. La taza de café se agitó un poco, mientras el sol caía lentamente en el horizonte.

La noche no tardó en llegar. La lluvia anegaba todo alrededor de la casa, incluso el sonido de los grillos y de los sapos. Pablo se fue a dormir, mientras Morena pensaba en Toño, su marido. Había tardado más de lo habitual en llegar a la casa. Casi una hora más tarde, se oyó una voz que decía: “Ya llegué. Hay un gran lodazal abajo de los ojos de agua”. Morena, con cara de alivio le dijo:

- Andá cambiate. Hay mañana vemos qué ha pasado.

La lluvia cesó al amanecer. Pablo y Toño se dirigieron hacia el potrero para ordeñar las vacas. De pronto, el niño se deslizó. Un viento fuerte movió el pasto que la lluvia había dejado amontonado sobre la tierra. Toño pensó que el pasto se perdería, pues estaba revuelto con mucho lodo. El terreno no estaba como todos los días. Lo notaba más aplastado, como hueco. Toño le dijo a su hijo que fuera a ordeñar y que él regresaría a la casa.

Morena lo vio regresar y le preguntó qué había ocurrido. Toño le dijo que el potrero de abajo no estaba igual; que algo había pasado la noche anterior y que él no sabía de qué se trataba. Como que la tierra se había devanado. Todo parecía haberse movido. El temor invadió a la pareja. Callaron un momento y después Morena le comentó que algo así había ocurrido en La Montañona el año anterior, en octubre.

- La gente lo que hizo fue ir a buscar al padre Ramiro, de La Laguna, para pedirle que fuera a rezar al lugar. El padre llegó y desde entonces ya no había vuelto a pasar.

Toño decidió ir al pueblo a buscar al padre. Buscó a dos amigos para que fueran con él. Dejaron El Chupadero hacia el mediodía. Al pasar por El Pepetón, la lluvia volvió a acompañarlos hasta que llegaron a su destino.

Silvia, la cocinera del convento los recibió. Ellos preguntaron:

- Está el padre Ramiro.

- El se fue a España, para continuar estudiando teología. Pero ahora está otro que se llama Manuel. El vendrá por la noche.

Los visitantes decidieron esperar.

Hacia las siete de la noche llegó Manuel. Silvia les presentó a los visitantes. Toño le explicó el motivo de su llegada:

- Desde ayer algo raro está ocurriendo en nuestro cantón. En el cerro donde vivimos los potreros amanecieron revueltos. El pasto y la tierra son un solo chapandongo. Como que algo hubiera movido todo. No sabemos qué hacer y por eso venimos.

Después de un momento de silencio prosiguió:

- Queríamos pedirle que fuera con nosotros al caserío para que bendiga el cerro, y así ya no sigan pasando estas cosas.

El padre pensativo, esperó unos segundos y preguntó:

- ¿Esta noche?

Una luz brilló en los rostros de los visitantes y a una sola voz:

- Sí, padre, sí.

- Miren amigos, hoy ya es tarde y llueve mucho. Les propongo ir mañana temprano. Si uno de ustedes me espera en el desvío para Cuevitas. Además, de noche no se ve nada y es posible que haya derrumbes o mucho lodo.

Toño y sus amigos se miraron entre ellos. La tristeza con que habían llegado los volvió a abrazar. Salieron del convento rumbo a El Chupadero. Antes de dejar el pueblo miraron hacia la iglesia. Lucía sombría. Sólo un rayito de luz acompañaba al sagrario. La lluvia caminó junto a ellos. Era la única voz que escuchaban. Ni el hambre se dejaba oír.

A las seis y media de la mañana llegó el sacerdote al lugar convenido. El dudó si el carro bajaría hasta El Chupadero. Morena, que había subido a esperarlo dijo que era posible, pero si dudaba lo mejor era que caminaran. Manuel vio que la cuesta era muy empinada y pensó en el regreso. Decidió bajar con el carro hasta la mitad del camino. Dejaron el vehículo en un potrero y siguieron a pie. Pronto fue visible ante los ojos de todos lo que había sucedido. Los potreros mostraban la acción de una fuerza devastadora: los cercos estaban caídos y los alambres retorcidos; el pasto revuelto con el lodo y en el aire se percibía una tensión que aún no tenía nombre. Del cerro se había separado una parte, la parte que era rodeada por el río que en ese momento no estaba crecido. Un fuerte viento irrumpió en el silencio. El pasto de los potreros adyacentes se movía de manera caótica.

Alguien gritó:

- La serpiente, por hay pasó la serpiente. Debajo del pasto. Miren cómo dejó su huella en el surco de arriba.

La preocupación y el temor se apoderaron de todos. El padre Manuel se acercó al sitio del derrumbe. Observó detenidamente la zanja que se había abierto en el terreno y que era profunda. Un poco de lodo blancuzco se desplazó de la base de la montaña hacia el río.

El padre Manuel, con un poco de determinación y temor, decidió caminar cerro arriba. Toño caminó detrás de él. Cuando estaba en la parte alta del cerro le dijo:

- Traeme una vara, que sea larga.

Toño trajo una vara de bambú de unos diez metros de largo. Juntos empujaron hacia lo profundo de la zanja y la vara no tocó fondo. Todo era puro lodo. Ante este hecho, ninguno de los dos pronunció palabra.

Bajaron del cerro a la altura del río. La gente se reunió en torno a los dos hombres. Como esperando la resolución del enigma. El padre tomó la palabra para responder a la petición que le habían hecho, dejando otras explicaciones para más tarde:

- Acérquense, vamos a orar y a bendecir este lugar.

Morena mandó a Pablo buscar agua limpia para que la bendijeran. El niño fue y volvió rápidamente. Todos comenzaron a orar. Al momento de rociar el agua bendita sobre los potreros unos le decían al padre:

- Por aquí, padre, por aquí es donde más se mueve.

- No, aquí está más aguanoso, por aquí es donde sale a respirar la serpiente.

Después de un rato, todos se quedaron en silencio. El padre quiso darles una explicación de lo que estaba sucediendo.

- Ustedes saben cuántos ojos de agua hay arriba en el cerro. Lo que sucede es que hay filtraciones y el agua sale por la parte baja del cerro, donde la tierra es menos compacta. Por eso ha salido por donde hay jaboncillo. Esa es la razón de por qué los potreros se ven así. La tierra se ha movido, es verdad, pero la causa es el desplazamiento del terreno, no por otras razones.

La gente no acabó de reconocer la verdad en las palabras del sacerdote. Con tono suave se oían los rumores de aquellos que afirmaban haber visto la serpiente y que era la causante de los movimientos de tierra, pues ella habitaba debajo de la montaña.

El sacerdote se quedó un rato más y después partió para visitar otros cantones. Cuando subió al carro, una débil voz lo despidió:

- El padre no nos cre yó, pero por lo menos lo hicimos venir.

16 de octubre 2006.