La UCA vive con la herida del asesinato luego de 17 años
Sandra Moreno
Editora
El 16 de noviembre significa para la comunidad universitaria no sólo recordar la pérdida de seis jesuitas y dos mujeres a manos de la Fuerza Armada, en 1989, también implica el examen de cómo se honra el legado dejado por los compañeros asesinados.
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Foto: Claudia Torres |
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Un rosal se encuentra en el patio donde quedaron los cuerpos de los sacerdotes, asesinados por la Fuerza Armada. |
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De saco y pantalón negro, zapatos a juego, el actual rector de la Universidad Centroamericana “José Simeón Cañas” (UCA), el sacerdote José María Tojeira, camina entre los y las graduadas que se funden en abrazos y sonrisas mientras se toman las fotografías con la familia, después del acto de graduación. Es el último sábado de octubre y de alguna forma el centro de estudios superior continúa la misión de formar las nuevas generaciones de profesionales, pero supuestamente con una visión más humana.
“Ustedes son la sal de la tierra, ustedes son la luz para el mundo”. Es el único mensaje puesto en el sobrio escenario del auditorio “Ignacio Ellacuría”, el nombre del rector asesinado aquel fatídico 16 de noviembre de 1989, en plena ofensiva guerrillera sobre la capital salvadoreña. Junto a él además fueron acribillados por las balas Segundo Montes, Joaquín López y López, Amando López, Juan Ramón Moreno, Ignacio Martín-Baró, y dos mujeres, Elba Ramos y Celina Ramos.
Tojeira deja atrás al grupo que celebra el termino de la faceta en la universidad y se mezcla con el que todavía carga en sus manos los libros y cuadernos de sus materias por cursar en la UCA, el cual se encuentra por la cafetería principal. Tal vez en pocos años esos rostros pasarán frente a él recibiendo el título que los acreditará como licenciados, abogadas, administradores, ...¿Serán diferentes al resto de profesionales que se gradúan de otras universidades salvadoreñas ? ¿O estarán de verdad impregnados por aquel pensamiento y forma de ver la realidad de El Salvador y que les costó la vida a los hoy llamados mártires de la UCA?
El mensaje de los que ya no están se observa en los diferentes rincones del campus universitario. Por supuesto, a finales de octubre y noviembre es cuando más arrecia la campaña institucional de hacer ver que el trabajo iniciado por los asesinados continúa. A la entrada de la Biblioteca se anuncia un nuevo seminario de lectura dirigida para “pensar” y “analizar”; adentro, una cartelera informativa cuyo contenido gira alrededor de un título: “No los olvidamos”.
Una cruz ha sido formada con distintas fotos del pueblo salvadoreño, entre ellas unas niñas, interpretando un baile folclórico. Junto a la imagen, las obras de los jesuitas. “Evangelio y misión”, de Juan Ramón Moreno; Salvadoreños refugiados en los Estados Unidos, Segundo Montes; El compromiso político de la filosofía en América Latina, Ignacio Ellacuría; Writings for a liberation psychology, Ignacio Martín-Baró. El búho, la cruz católica y una vela iluminan las portadas de los libros y los rostros de sus creadores, quienes seguramente tenían la esperanza de que sus ideas fueran leídas en el siglo XXI. Tal vez por eso la razón de la frase “no busquen entre los muertos a los que viven”.
Desde Taiwán
Y ese espíritu se respira hasta en una clase de inglés, en el edifico C de la UCA. Un estudiante expone el problema que existe en El Salvador para encontrar trabajo, y por tanto la migración hacia los Estados Unidos. Otra alumna habla de la belleza del país más pequeño de Centro América, gracias a sus playas, montañas, etc. El mismo paisaje que enamoró un día a los jesuitas venidos de España, la patria que los vio partir jóvenes y desde lejos presenció su desarrollo hasta su muerte. Sus cuerpos debían reposar en la tierra “adoptada”, en el hogar donde eligieron enfrentar las diferentes aristas de la guerra, en la UCA.
Un estudiante taiwanes eligió para su tarea de inglés comentar sobre su isla. Mostró a las compañeras y compañeros un folleto que traía el himno de la República de China, el cual traducido tiene un párrafo que conecta con la visión de los hijos de la Compañía de Jesús:
“Nuestra meta será fundar una nación libre,
la paz mundial es nuestra enseña.
Adelante compañeros, sois vanguardia;
Mantened firme vuestra meta,...”
Al parecer, las utopías traspasan las fronteras y las ideologías. Y lo bueno que hicieron los hombres y mujeres con visión perdura en el tiempo. La sombra de un enorme árbol protege el rótulo del Centro de Formación de Derechos Humanos “Segundo Montes” (IDHUCA), más adelante la Radio YSUCA que trabaja con el lema “la voz de los sin voz”. El camino que lleva a la emisora pasa a un lado de la capilla, donde están los restos de los seis sacerdotes asesinados y el de Jon de Cortina, quien murió el 12 de diciembre de 2005 por causas naturales.
El área de las tumbas está oculta detrás de una barrera de láminas. Hay todo un trabajo de remodelación, previo al 16 de noviembre de este año. Desde ahí se vislumbra el patio donde quedaron los cuerpos destrozados por las balas explosivas de los militares que llevaban la orden de matarlos hace 17 años. El lugar, testigo mudo del crimen, ofrece al que llega la hermosa escena de un rosal. El brote nuevo se funde con el viejo que todavía produce hermosas rosas, las cuales dejan caer suavemente los pétalos en la tierra impregnada con la sangre de los jesuitas y las dos mujeres.
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Foto: Claudia Torres |
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El público puede observar los restos de la hierba y la tierra que recibió la sangre de los mártires. |
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Las ropas, otras testigas mudas del asesinato, están en la Sala de los Mártires. En el libro de registro de visitantes, con fecha 26 de octubre de 2006, se lee el nombre de Iván Manzano, de Telemundo. Antes de él, cientos de firmas de personas, provenientes de todos los rincones del mundo, como: México, Dinamarca, España, los Estados Unidos, Guatemala, Inglaterra, África, Canadá, Italia, Iraq, ...
Ellas son recibidas por el retrato de Monseñor Óscar Arnulfo Romero, asesinado el 24 de marzo de 1980 y la frase que dijo en la Homilía del 16 de marzo de ese mismo año: “Que mi sangre sea semilla de libertad y la señal de que la esperanza será pronto una realidad”. Los jesuitas entendieron el mensaje del jerarca católico y lo encarnaron en su diario vivir. Esto les costó la vida también.
Ellacu, como llamaban a Ignacio Ellacuría, tenía programada en su agenda de 1989 una actividad en la universidad a las 15 horas del 17 de noviembre. Nunca pensó que estaría muerto ese día. Una de las dos plumas que utilizó seguramente para escribir el recordatorio descansa hoy sobre las fechas 15 y 16, la noche madrugada que dejó sin rector y dirección a la UCA. Lo asesinaron tres días antes de su cumpleaños número 59, cuando estaba en plena madurez intelectual y personal. En su pasaporte, podemos leer su profesión: profesor universitario. Y en su tarjeta de presentación: rector. Quién mejor para saber el significado de esa palabra que Tojeira, el jesuita que tiene en sus hombros la difícil tarea de sacar adelante a la UCA. La energía de las nuevas generaciones que, ese 28 de octubre, recibieron su título tal vez le indique que el legado de sus compañeros sigue vivo. |
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