Los tesoros culturales de las bibliotecas
José Rosa
Periodista
Dos de las más reconocidas en El Salvador, la llamada “P. Florentino Idoate, S.J.”, de la Universidad José Simeón Cañas (UCA), y la Biblioteca Nacional de El Salvador tienen en su haber libros considerados joyas invaluables del siglo pasado y que hoy salen a luz.
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Foto: José Rosa |
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Las piezas valiosas están en áreas especiales donde las personas no puedan tocarlas. |
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Los libros de texto representan una gama intensa de conocimientos, que han servido para comunicar, enseñar y transmitir todo tipo de mensajes de generación en generación. Hasta ahora, ellos siguen encarnando el medio más económico, flexible y fácil de usar para el transporte de información a bajo costo.
La comunicación que provee la computadora corre delante de nosotros; los libros van a la par de nosotros, a nuestra misma velocidad. Es decir, siguen siendo los mejores compañeros de naufragio. El escritor Gabriel García Márquez en una entrevista dijo: “Los libros son de esa clase de instrumentos que, una vez inventados, no pudieron ser mejorados, simplemente porque son buenos”.
Esta visión es compartida por Juan José Anaya, del personal técnico de la Biblioteca “P. Florentino Idoate, S.J.”, de la UCA, en Antiguo Cuscatlán, La Libertad. “La biblioteca es la unidad encargada de obtener y poner a disposición de toda la comunidad universitaria todo tipo de libros y publicaciones que son necesarias para el estudio, la docencia y la investigación”, dijo Anaya.
Según Silvia Alarcón, trabajadora y encargada del departamento de multas, la biblioteca de la UCA en el pasado no tenía un presupuesto especial, entonces las adquisiciones de los libros, las revistas, las colecciones y demás material se realizaban más por donación que por compra.
Pero en 1970, con el préstamo del BID (Banco Interamericano de Desarrollo), la biblioteca contó con un amplio edificio de tres plantas, el cual se ubica en el corazón del campus universitario. Luego, para 1980, poseía más de 42.500 volúmenes y una amplia hemeroteca. Fue el momento de recibir una gran demanda de lectores, estudiantes, docentes y particulares. Ya en 1981 se calcularon alrededor de 291.548 lectores y lectoras, y un año después 370.969.
El tesoro
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Foto: José Rosa |
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Los libros guardan el saber de cientos de años a las nuevas generaciones que se forman. |
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La biblioteca de la UCA es conocida como “P. Florentino Idoate, S.J.”, nombre del primer rector jesuita de la Universidad. Dicho lugar posee entre sus textos una inmensa diversidad de títulos y temas que son de interés para los usuarios y usuarias, pero además entre sus paredes guardan libros considerados, por los historiadores, como de gran valor simbólico.
Estos textos datan de comienzos del siglo XX hasta llegar a nuestros días. En mucho de los casos, los libros fueron donados por personalidades de la época e incluso hay escritos que fueron entregados por los mismísimos escritores o personalidades. Entre los donantes mayoritarios se encontraba el rector de la UCA, asesinado el 16 de noviembre de 1989, doctor Ignacio Ellacuría, quien también fue cómplice del buen funcionamiento de la biblioteca.
Los escritos se encuentran a disposición del público en la planta baja de la biblioteca, específicamente en la “Colección especial”. Dicho lugar tiene un ambiente muy distinto al de otras áreas, allí el aire acondicionado es mas frío y pesado. El olor a “libro viejo” es ineludible. Ellos están en los estantes largos y altos.
Los donados por Ellacuría son expuestos en una vitrina de madera. Las pocas sillas y mesas de la sección están muy limpias y dan la impresión de poco uso. Los libros o tesoros, como los llaman algunos, son delicados y tiene pastas muy gruesas, hasta hay algunos que no pueden ser tocados por la gente debido a su fragilidad, blandura y debilidad en sus páginas. Cuando un lector o lectora quiere leer un libro de esta colección, la encargada se coloca un par de guantes blancos en las manos, toma con gran suavidad el ejemplar indicado y se lo muestra. Ella está pendiente de las indicaciones de pasar a la siguiente página.
Para conocer más de la colección especial, se intentó hablar con la persona encargada de la misma o con la directora de la biblioteca, doctora Catherine Miller, pero no concedieron la entrevista.
Las ideas son peligrosas
Para el poeta Ray Bradbury, durante los conflictos entre humanos, las bibliotecas suelen ser un objetivo militar, “los libros adquieren enemigos gratuitos en todos los bandos en disputa, ni déspotas ni revolucionarios suelen estimar los sitios en donde reposan los libros, saben que allí siempre reposan ideas contrarias en nacimiento, incubando las justificaciones de su futura destrucción”.
Según el reconocido novelista salvadoreño y director de la Biblioteca Nacional de El Salvador, Manglio Argueta, las palabras de Bradbury son acertadas y agrega que los libros, desde sus inicios, fueron hechos para contar y siempre hay alguien que prefiere callar el grito desesperado de un texto.
Argueta considera que la biblioteca de la UCA es una de las mejores a nivel universitario de Centro América. También dijo que los libros de ella son de gran prestigio internacional y que forman parte de generaciones pasadas y que, por lo tanto, hay que mantenerlos bajo estricto cuidado.
Hace unas semanas, el mismo Argueta anunció que la Biblioteca Nacional sacaría a la luz una de sus más grandes joyas: una colección adquirida por el Gobierno en 1870, y que contiene textos del año 1500 en adelante.
Dicha colección necesita una restauración urgente, dice Argueta, quien confirma que los textos son alrededor de 12 mil volúmenes, pero que por contratiempos de la época (el terremoto de 1986, traslados de local, etc.), se habla de una cifra menor: de 6 mil volúmenes. Estos libros, al igual, que los textos de la biblioteca “P. Florentino Idoate, S.J.” están escritos en italiano, francés, español y latín, y sus conocimientos son de cultura universal: ciencia, bellas artes, entre otros.
Las obras no solo son viejas, son tesoros culturales y la biblioteca de la UCA los conserva con gran cuidado y bien restaurados. No tienen precio histórico calculado y de nuestra generación depende el mantener viva la llama del conocimiento. |
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