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El Salvador carece del recurso humano y dinero para lograr el despegue del teatro

Ana Posada
Periodista

A pesar de que existen dos centros educativos dedicados a enseñanza teatral, los problemas económicos, la falta de tiempo para estudiar en el alumnado y la escasez de docentes hacen que la formación artística teatral esté en dificultades.

Foto: Ana Posada

Las escuelas de teatro no cuentan con suficiente personal docente para cada área, por el momento solo reciben clases de actuación.

Para cultivar su identidad, los pueblos han tenido la necesidad de manifestarse escénicamente. Realizaban danzas y representaciones artísticas con un carácter religioso. Poco a poco esto evolucionó. Surgió una nueva necesidad: formar una escuela en la que los y las aspirantes a hacer teatro fueran educados en este arte, para enseñarles las herramientas necesarias para ejercer como actor o actriz, y dar al espectador un buen trabajo.

En El Salvador, la formación artística teatral inició en la década de los setentas, cuando Walter Béneque entró a dirigir el Ministerio de Educación, MINED, y estableció el bachillerato diversificado en el que se encontraba la especialidad en Teatro. Este dio la oportunidad de que algunos de los actores, actrices, maestros y directores actuales como Filánder Funes, Homero López, Dinora Cañénguez, Fernando Umaña, no solo estudiaran en El Salvador sino también se especializaran fuera del país. Pero en 1978 el bachillerato en Teatro se cerró por la guerra civil.

Es hasta el 20 de abril de 1998 que una escuela pública es creada: la Escuela Arte del Actor. Luego, en el 2003, el Centro Nacional de Artes (CENAR) abre nuevamente el Bachillerato en Artes, pero ahora a nivel superior. Es decir, es un técnico en teatro. Los dos centros de formación se encuentran bajo la dirección del director escénico Filánder Funes, que ocupa el sistema Stanislavskiano, llamado así en honor del creador del único método de actuación que hay en el mundo, Constantin Sergevich Stanislavski.

El método consiste en que los actores y actrices exploren mediante ejercicios físicos, vocales y emocionales; como danza, canto y laboratorio de psicología. También identifica qué habilidades tienen y qué problemas de sobreactuación o de confianza en sí mismos poseen para luego trabajarlos y mejorarlos para llegar al fin último de un actor: recrear un personaje y transmitir al público lo que se vive en escena.

En busca de la excelencia

Foto: Ana Posada

El alumnado de teatro carece de los más mínimo para recibir sus clases.

“¿Estamos satisfechos con la calidad estética que goza el teatro contemporáneo salvadoreño?”, pregunta Funes, quien asegura que la propuesta de las dos escuelas es realizar cambios en la praxis del teatro de El Salvador para ya no ver a la misma persona actuando como ella misma en cada obra que realiza y que no tiene una creación de personaje, trabajo corporal, vocal y no trasmite sensaciones. “Necesitamos un teatro vivo”, afirma Funes.

Sin embrago, entre las dos escuelas hay ocho estudiantes, tres mujeres y cinco hombres. Ellas y ellos son pocos con relación a los actores y actrices empíricos que vemos en nuestro país. “Tal vez la formación sea importante para los que no tiene mucho talento, pero si ya tenés talento no veo por qué ir a una escuela si ya vos podés ir aprendiendo con la experiencia que tenés de montaje en montaje”, dice un integrante de un grupo empírico de El Salvador, quien se negó a la publicación de su nombre.

A esto, Funes opina que la gente empírica, como no ha tenido una escuela, cree que así tiene que ser siempre y no pone la “cuota” de compromiso con el trabajo teatral.

La escuela de teatro del CENAR brinda tres años de enseñanza actoral, los cuales el maestro de actuación Homero López cataloga como insuficientes para formar un actor. Los indispensables deberían de ser cinco años. Pero, según López, para varios de los jóvenes que desean estudiar teatro tres años es demasiado tiempo. “Muchos piensan que para formarse actoralmente necesitan unos pocos meses, pero cuando se van dando cuenta que es más tiempo, pues lo ven como muy largo”, sañala el maestro.

“Yo ya estoy actuando. Entrar a una escuela y pasar tantos años ahí ahora que ya ejerzo sería como volver a empezar todo”, dice Egly Larreinaga, ex integrante de Teatro Estudio de San Salvador y que actualmente reside en España y trabaja como actriz del grupo Micomicón del mismo país.

Sin dólares

El dinero es uno de los problemas principales por los que algunos aspirantes ven frustrada su educación. La cuota mensual en el CENAR es desde 12 dólares hasta 15. Según sea la edad, así aumenta la cantidad. Pero no todos la pueden pagar dado que aparte de eso necesitan sostenerse para cubrir los gastos de comida, transporte y material de estudio. Por esta razón, a veces prefieren trabajar en teatro en vez de estudiarlo. En otras ocasiones, se inscriben, pero con los días se van porque no tienen el dinero suficiente.

“La escuela estaba pidiendo una mensualidad; de repente, pidieron el semestre, y por cuestiones económicas yo no pude”, dice Eulises Montes, uno de los jóvenes que estuvo tres semanas en el año 2005, en la escuela del CENAR.

El CENAR depende del Concejo Nacional para la Cultura y el Arte, (CONCULTURA). Hasta el momento, al año, solo se les puede eximir de pagar una mensualidad a un alumno. Esto es insuficiente, de acuerdo al alumnado. Motivo por el que luego de obtenida la beca se retiran de la escuela. Tal es el caso de Evelyn Holguín, quien viajaba todos los días desde el departamento de Cabañas hacia San Salvador.

“Por mi trabajo en Cabañas me tocaba viajar todos los días a San Salvador, y pagar casi cinco dólares de pasaje diarios. El dinero no me alcanzaba, así que me tuve que salir”, dijo la joven.

En otras ocasiones, los alumnos y alumnas, para lograr una educación completa, necesitan recibir otras materias que el CENAAR por no tener todo el equipo docente no imparte y entonces deben buscarlas fuera, como en la Escuela Nacional de Danza “Morena Celarié” o el Coro Nacional, donde se necesita a veces dar una mensualidad también. Y como no tienen el dinero no pueden recibirlas. Eso le sucedió a Beatriz Osorio, una de las tres estudiantes de la Escuela Arte del Actor. Ella asegura que aunque ninguno paga una mensualidad todo lo que tienen es por su propio esfuerzo. Ni a Funes se le pagan honorarios por sus servicios de maestro y director. Él vive de lo que le pagan en el CENAR.

Profesorado escaso

A pesar de que la escuela lleva tres años de reabierta hasta el momento solo hay tres maestros: Funes, Homero López y Alicia Meyer. En la Escuela Arte del Actor solo está Funes. La trayectoria de estos maestros empieza desde la fundación de festivales de teatro universitario, infantil, hasta la puesta en escena de la obra “En el jardín de las angustias”, del escritor español Federico García Lorca.

Ellos y ella son insuficientes para impartir todas las materias: danza, esgrima, voz o cuerpo. Por lo que los alumnos y alumnas han tenido que buscar fuera de la institución. En algunos casos han logrado recibirlas, en otros ha sido imposible debido a que no se adaptan al horario de las escuelas: 1:30 p.m. a 6:00 p.m., todos los días en el CENAR, y de 4:00 p.m. a 8:00 p.m. en la Escuela Arte del Actor.

“Realmente tengo un maestro que es muy bueno (Funes), sabe muchas cosas del arte del actor, pero existe la necesidad de docentes en cuanto al trabajo del cuerpo, el trabajo de la voz y otras cosas que complementarían a un actor. Aunque mi maestro tiene las herramientas, él no es maestro de danza”, dice Gustavo Solís, un alumno de segundo año de la escuela del CENAR.

Para Eulises Montes esta escuela es experimental. Es decir, hay una línea descrita de formación, pero la escuela no está formada. “El tiempo que estuve ahí fue bastante difícil recibir clases, porque no había maestros, porque todavía estábamos calendarizando para ver qué materias íbamos a tomar. Para mí eso fue fundamental para tener que salir del lugar, aparte del aspecto económico”, asegura. Este problema aún no se ha superado. Hasta el momento solo reciben clases de actuación.

La apuesta de las dos escuelas es formar personas con otro pensamiento, otra forma de abordar su profesión y sus realidades; es decir, verdaderos artistas. Se puede aprender a recitar un texto de teatro, a cantar, a bailar, pero para ser artista son otros esfuerzos que tiene que ver con los valores de cooperación, amor y conciencia de la realidad que nos rodea, los cuales conforman la identidad del ser humano.

Aunque para muchos jóvenes la formación en una escuela queda en un segundo plano, para otros, como Gustavo Solís es lo principal: “lo mío es una necesidad de conocimiento, aunque nunca me presente”.

“La formación artística es cara. Un país que quiere educar a su gente tiene que invertir fuerte porque es una inversión a futuro, pero cuando se habla de profesiones que tiene perfiles humanísticos es más caro, porque son como artículos de lujo para el ocio de la sociedad, y no producen bienes materiales tangibles”, concluye Funes.