Editorial
La imagen de la decepción
Puedo entender que no es fácil gobernar un país. Puedo entender que se espera demasiado de un mandatario que sólo tiene cinco años para maniobrar entre los problemas sociales y económicos internos y las crisis que vienen del exterior.
Lo que no entiendo es cómo se despilfarran los pocos recursos con que cuenta el gobierno, cómo se permiten perder tiempo en discusiones meramente políticas y cómo acceden a negociar con sectores corruptos que jamás sacarán adelante a El Salvador.
Falta un año, apenas, para que el Presidente Elías Antonio Saca termine su gestióm y todavía no se ve el inicio de un cambio profundo y duradero, como se pudo pensar cuando se firmaron los Acuerdos de Paz. La guerra acabó, pero no para todos; el lenguaje de combate e impunidad continúa y el cambio social tan esperado ha pasado a ser un cambio cosmético.
Cualquiera puede ver la proliferación de centros comerciales, el auge de la moda en todos los sectores de la sociedad gracias a un consumismo que plantea un estilo de vida sin compromisos serios, que garantiza el placer y fomenta el egocentrismo más que la solidaridad.
La importancia que se le ha dado al culto de la imagen es tal que ni el Gobierno se ha escapado. Se cuida la presentación, las palabras que se dicen, los gestos que se hacen como si eso fuera suficiente. Y ese es precisamente el problema: no es suficiente, lo que claramente demuestra que en realidad no se quiere cambiar, que no se quiere eliminar la pobreza, la injusticia o bien arreglar los problemas económicos. Se quiere salir bien librado pero sin exponerse y decir que hubo un cambio cuando en realidad no fue así.
Lo peor es que caemos en la trampa. Queremos creer que hubo un cambio, no porque estemos convencidos sino porque nos negamos a creer lo contrario.
Pero el tiempo no miente. Poco a poco, con la campaña electoral que ha iniciado saltan las demandas no satisfechas, a veces de la manera menos agradable: una manifestación violenta, aumento de homicidios, cierre de negocios, una huelga, una queja constante en la población. Es entonces cuando la imagen más cuidada se convierte en caricatura de lo que pudo ser y cuando se cae en la cuenta que la mejor imagen que puede dar un Presidente es la acción, la voluntad para solucionar los problemas y la actitud para aceptar ayuda de los demás. |
|