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"Payaso de corazón… restando tristezas e incrementando las alegrias en el circo urbano”

Sandra Quintanilla
Redacción

En su identificación figuran dos nombres, José Daniel Masin de 30 años de edad, quien ha dedicado 17 años de su vida a existir ente los diseños de un rostro pintoresco cargado de alegría, dando vida, al embajador de la risa: Sr. Sin Sin.

Foto: Sandra Quintanilla

Pintura de óleo blanco, rojo bermellón, talco y lápiz delineador, transforman un rostro simple en una obra de arte.

Sin Sin, un payaso de cuerpo menudo, tez morena; a causa del sol que recibe mientras labora como “payaso de bus”, de mirada penetrante, manos obscuras y carrasposas a causa del vainven de las unidades de trasporte, goza de la naturalidad de su oficio; risible a simple vista.

Todo empieza a las siete de la mañana, hora en que José Daniel deja a sus hijos en la escuela y se transforma, con la ayuda de un espejo, talco, bermellón y óleo en un pregonero de la alegría.

Un viejo chalet de lámina enmohecida ubicado en el Parque San José del centro de la capital, se convierte en su camerino y un carrito; el que después de las nueve de la mañana vende hot dog en las calles abarrotadas por el tráfico, es su tocador.

Uno a uno saca los implementos para su transformación y los coloca con agilidad sobre el tocador. Rápidamente visualiza los botes de pintura; no hay gran variedad, con el blanco sólido del óleo, el rojo de bermellón, más el lápiz delineador; se debate entre cuál tomar primero para convertir su rostro simple, en una obra de arte.

Su rostro maquillado, un traje colorido; ya medio desgastado, sus zapatos grandes y puntiagudos; acostumbrados al asfalto caliente y a subirse diariamente a más de una decena de buses, son el indicativo que el show ésta por iniciar

Su escenario está ubicado sobre las ruedas de algún autobús y su espectáculo incluye, desde los típicos malabares a causa de un motorista impaciente, hasta chistes bien pensados o productos de la inspiración que brinde algún pasajero.

Con un silbido escandaloso y agitando la mano, hace parada al primer bus del día. Con su comicidad para atraer pasajeros a la unidad, se gana el permiso del motorista de la ruta siete; quien no pone objeción en dejarlo subir.

Su instantáneo “Gur mornin”, da muestra de su particular inglés, haciendo brotar las primeras sonrisas del día; un poco tímidas, pero sonrisas. “Bienvenidos todas y todos a la flota terrestre más moderna del centro de San Salvador”, tal cual frase sacada de algún comercial, que con tono serio y postura erguida, da la entrada a algunos pasajeros.

El sonar de los pitos de las unidades de trasporte colectivo, a causa de algún congestionamiento, típico en los rededores de la Catedral Metropolitana, hacen que el espectáculo se vea interrumpido varias veces, lo que indica debe brindar un mayor esfuerzo para seguir cautivando la atención de su cambiante público.

Con cuatro o cinco chistes, historias o quien sabe que ocurrencias, el Sr. Sin Sin logra recoger por unidad abordada, una veintena de monedas.

Cerca del medio día y ya con 3 horas de trabajo, toma el bus que lo lleva de nuevo al punto de salida, el Parque San José. Mete la mano en la gran bolsa del traje multi-color, sacándola llena de monedas de uno, cinco o con suerte, de “cora”; alcanzando con ellas a reunir lo suficiente para un palto de almuerzo.

El descanso termina después de deleitar aquellas dos tortillas con arroz y un menudo de pollo, y tras una hora de siesta, inicia la misma historia.

Deteniéndose por unos minutos, aun medio adormitado, retoca el maquillaje, y con mochila al hombro vuelve a silbar para detener alguna ruta que suponga, brinde el incentivo monetario de la ocurrencia de tantos chistes.

Mientras recorre los tirantes de su pantalón con sus manos requemadas y curtidas por el polvo o grasa del bus, se vislumbra en sus ojos que: no todo es diversión y alegría para un rostro pintado. Asaltos y desencantos en cada unidad abordada es el pan que cada día le espera, a cambio de brindar un par de chistes, con el fin de dibujar en aquellos rostros mal humorados por el tráfico o incluso por los comentarios del payaso, un instante de sonrisas y unas cuantas monedas para su bolsillo.

Al caer la tarde, él al igual que varios compañeros de humor, se reúnen en el mismo parque y tras su camerino, “el chalet viejo”, cuentan las monedas que a costa de chistes lograron reunir a lo largo del día.

La historia del Sr. Sin Sin, es muy parecida a la de cerca de 4,000 payasos afiliados al Sindicato Gremial de Artistas Circenses de El Salvador (SGACES), donde un alto porcentaje trabaja de forma independiente en los buses, con el propósito de hacer olvidar las penas que a diario invaden a los pasajeros, llenando de alegría el camino y mitigando el insoportable tráfico o quizá con el único propósito de seguir subsistiendo.