Editorial
Lecciones de Tintín y Hemingway
Llegados a este punto me gustaría precisar un par de detalles que a veces se nos escapan a nosotros, los periodistas.
Tintín me lo enseñó y Hemingway me lo confirmó años más tarde. El primer deber de un periodista es presentarse al lugar de los hechos. Por mucha internet y comunicación inalámbrica que tengas no te vale si no sabes a que huele la Capilla Sixtina (eso me lo recordó la película Good Will Hunting). En fin, que Tintín siendo más caricatura que periodista, qué le va a hacer, se iba a reportear al Congo lo mismo que a Chicago (acompañado siempre de su perrito Milú).
Este peculiar reportero de origen belga acaba de cumplir 100 años y no he podido evitar echarle una ojeada a los libros, descubrir con nostalgia la fascinación que me causó un chico de tan curioso peinado quien en nombre del periodismo viaja de un lugar a otro. Tintín me enseñó a ver el oficio como una aventura, cada entrevista como una oportunidad de entrar en otro mundo.
Claro que la capacidad profesional de Tintín luego deja mucho que desear. Parece que solamente en El país de los soviets escribe un reportaje, porque en el resto de sus aventuras el trabajo más reporteril que hace es tomar unas cuantas fotos.
Es entonces cuando Hemingway entra en escena. Al igual que Tintín le encanta ir al lugar de los hechos, viajar a países distantes como Africa (ambos aprovechan para ir de caza) y al Lejano Oriente.
Pero Hemingway, a diferencia de Tintín, es la vida real. Sin ir más lejos, su crónica sobre Tanganica la titula “Disenteria amiboidea en Africa”. Ya te puedes hacer una idea de lo bien que la pasó. Sin embargo, como lleva el oficio en la sangre no vacila en hacer de su enfermedad parte de la historia y comenta con humor: “Para narrar, describir y hacer comentarios chistosos se necesita una máquina de escribir. Para falsear, rellenar, escribir amenas superficialidades, redactar un buen artículo son imprescindibles mucha suerte, unos cuantos tragos y una máquina de escribir. Señores, aquí no hay ninguna”.
Pues sí, que el mejor consejo es no andarse por las ramas. Ir al lugar, observar con ojos nuevos la realidad y escribir sin mayores adornos. A Hemingway sólo le dieron cuatro reglas en el Star que le valieron para la vida: Usar oraciones cortas, párrafos cortos, un inglés vigoroso sin perder de vista la fluidez y ser positivo. Quien ponga en duda la efectividad de tales reglas puede ir a leer El viejo y el mar.
Me resta una lección más de Hemingway: Lo llamó el principio del iceberg y sostiene que en un texto, como en un iceberg, sólo una octava parte de él aparece sobre el agua. Así, investigas, te documentas, manejas el tema y sin escribir absolutamente todo dejas en el lector la impresión que se lo has transmitido todo (incluidos los olores). “Un escritor que omite cosas porque no las conoce sólo deja huecos en su escritura”. Ya lo sabes, cubre lo básico que no vamos a inventar la limonada. |