Somos lo que comemos
Por Álvaro Salgado
Entre las numerosas tradiciones que contempla la celebración de la Semana Santa en El Salvador, una de las más ilustres, aunque no por eso menos amenazada, es la tradición culinaria.
Basta con sostener algunos minutos de conversación con los miembros más antiguos de nuestra familia para darnos cuenta del gran repertorio culinario que caracteriza a esta época: coyoles, mangos y jocotes en miel; torrejas de azúcar o de panela; muchos tipos de tamales y pescado seco, cada una de estas recetas con sus variantes locales y aún familiares
Del mismo modo, basta con otros minutos de conversación, especialmente con jóvenes de entornos urbanos, para darnos cuenta de que muchas de estas recetas parecen actualmente condenadas al olvido, desplazadas por las facilidades que ofrece la comida rápida internacional. ¿Por qué nos empeñamos en desdeñar una de las riquezas que ofrece El Salvador? Semana Santa es, sin lugar a dudas, el momento del año en el que la degustación de los sabores regionales de El Salvador es más accesible y defender la preservación de su tradición culinaria es el objetivo que me propongo en este escrito.
Las recetas de los pueblos, señalan los antropólogos, contienen la manera en que los diferentes pueblos han domesticado a la naturaleza, son elementos de identidad y parte importante de la cultura material de los países.
En el caso de El Salvador, muchas de las recetas de Semana Santa son también evidencia viva del sincretismo cultural que resultó de la Conquista, y por tanto, son evidencia de nuestra historia. De los ingredientes y recetas que resultaron de esta unión podemos decir que son productos originales de nuestros pueblos, como la pupusa, nacida del queso europeo y la tortilla de maíz americana.
Las recetas tradicionales tienen también una dimensión tanto social como espiritual, pues la preparación de esos platillos suele ser tan onerosa que adquiere un carácter casi ritual, involucrando a muchas personas de la misma familia.
De igual manera, la comida, como elemento decisivo de nuestra cultura salvadoreña, es también y uno de los instrumentos más eficaces para comunicarla a la gente de otros países. Esto debería llamar la atenciónen un país como El Salvador que pretende buscar un mayor reconocimiento en el extranjero.
En conclusión, considero, por las razones anteriores, que la tradición culinaria de Semana Santa es culturalmente importante y digna de conservarse, incluso para aquellos que no compartimos la religión católica, especialmente en esta época, cuando nuestro apetito por sabores extranjeros nunca ha sido mayor, y parece que volver la cara hacia lo local es cada vez más difícil.
Así, sugiero al lector el interesante ejercicio de hacer de lado los enlatados e instantáneos en la próxima Semana Santa y dar el visto bueno a las viejas recetas de la abuela, por difícil que esto parezca. Quizá entienda por qué dicen que la felicidad (y, como vimos, la cultura) entra por el estómago. |
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