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Relato de un teléfono

Mabel Romero
Redacción

El rojo del mercurio sube hasta los 25º en el termómetro amarillo que cuelga en la pared. A las 9: 30 a.m. el calor que caracteriza nuestros días de verano se deja sentir.

Foto: Mabel Solano

Las puertas de la iglesia se han cerrado y cientos esperan con ansias que vuelvan a abrirse para escuchar la voz de aquellos a quienes aman.

“¿Todavía no ha entrado, vea?”, pregunta Blanca Rosa a doña Nuria, refiriéndose a una llamada telefónica que recibiría de San Salvador.

Doña Nuri, como se le conoce, es la esposa del pastor Oscar Paniagua, de la Iglesia Evangélica Príncipe de Paz, en el caserío el Mameyal, del Cantón el Cincuyo, en Tacuba, departamento de Ahuachapán.

Ésta y otra iglesia llamada la Capilla de Jericó son los únicos dos lugares en todo el caserío que cuentan con un teléfono.

Entre niños llorando y otros jugando, alrededor de 30 personas hacen una fila en espera de una llamada. Algunos llevan en sus manos el pase que les permitirá comunicarse con “el mundo exterior”.

Por cada tres minutos deben cancelar $1.15, si son ellos quienes realizarán la llamada; si la llamada será recibida no tienen que pagar más que una larga caminata para muchos y horas de espera para otros.

Blanca Rosa espera la llamada de un abogado en Tacuba, sus dos hermanos fueron capturados por la policía hace cuatro meses, por un asesinato que Blanca asegura que no cometieron.

Su familia logró reunir $500, anticipo que solicitó el abogado para comenzar a investigar el caso. Desde que le dieron el dinero no han sabido nada de él, asegura Blanca.

Es por esto que ella camina durante 35 minutos, desde su casa hasta la iglesia, casi a diario: para intentar hablar con el abogado, para comunicarse con su hermana que trabaja como empleada doméstica, en San Salvador; o para esperar la llamada de sus hermanos que se encuentran recluidos en San Miguel y en Santa Ana.

Poco después de las 11:00 a.m., la llamada más esperada llegó. Blanca llora como una niña, pero su sonrisa no puede ocultar que sus lágrimas no provienen de dolor, sino de alegría. El abogado le ha dicho a que en tres semanas se llevará a cabo una audiencia.

Las llamadas internacionales se reciben los sábados por la mañana. La mayoría de habitantes del caserío tiene un familiar en los Estados Unidos y ellos tienen la oportunidad de saber cómo están los suyos los días sábados.

Según José Moisés Abarca Flores, alcalde municipal de Tacuba, en el Cantón el Cincuyo hay 2, 225 habitantes y en el caserío el Mameyal 1, 125.

El mercurio sigue subiendo en el termómetro, ha alcanzado los 31 º . Es hora de almuerzo y doña Nuri ha cerrado la iglesia. Muchos no han podido realizar o recibir la llamada por la que fueron.

Ezequiel, un pequeño de cuatro años, come sandía de una bolsa que su mamá le ha llevado. También le ha prometido comprarle una paleta de regreso a casa. Sin embargo, la espera continua.

A las 2: 00 p.m. doña Nuri abre nuevamente las puertas de madera, dando paso a los que aún no han utilizado el teléfono. Han entrado 15 personas y muy respetuosas del orden, vuelven a tomar los lugares que dejaron.

“Tener a los hermanos es una gran bendición, imagínese que haríamos sin este teléfono” dice Amilcar, uno de los habitantes del Mameyal que vive cerca de la iglesia. Él, como la mayoría de habitantes, opina que obtener un teléfono propio es un lujo. No cualquiera puede cubrir ese gasto.

Telecom, una de las empresas de telecomunicaciones del país, vende teléfonos con el sistema de prepago por $ 49. Un valor inalcanzable para muchos que viven en condiciones de extrema pobreza.

“Los cipotes están bien”, se escucha decir en la sala de espera que han improvisado, mientras que al fondo se oye una canción que repite “paz, en medio de la tormenta”.

El cielo comienza a pintarse de gris, el mercurio ha bajado otra vez, mientras muchos caminan de regreso a sus casas, talvez pensando qué harán con la noticia que recibieron o recordando las risas al otro lado del teléfono.

Ezequiel no recibió su paleta, pero la alegría de haber escuchado la voz de su papá al teléfono, le ha hecho olvidar la promesa que no se cumplió.

El ocaso llega, decenas de personas se preparan para caminar largas distancias que los conducirán a sus casas. Mientras, doña Nuri se prepara para descansar, sabe que mañana será un día en el que tendrá que ser testigo nuevamente, de las mil emociones que se intercambian a través de su teléfono.