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El vaivén de un trailero

Por: Carlos Chávez
Periodista

Eimer José Montano ha dedicado 39 de sus 57 años a recorrer mundo a través del manejo de furgones desde Panamá, hacia el resto de América Central.  A bordo de tráileres  de al menos 14 metros de longitud y con algunas toneladas de peso, ha conducido más de    2 millones de kilómetros, a contra reloj y con los recuerdos de una familia que ve casi mensualmente. Crónica de un conductor de tráiler en su paso por El Salvador.

Foto: Carlos Chávez

Eimer José Montano desconoce que el kilometraje recorrido durante toda su vida, equivale a ir y venir a la Luna dos y media  veces.

Eimer Miranda se sujeta de las asas laterales de su cabezal color blanco, recién lavado, sube de prisa los tres escalones, entra a la cabina y anuncia: ¡Listo! ¡Ya puedo regresar a Panamá! Viste camisa manga larga azul, vaqueros y  gafas sobre una piel añejada por el sol.

El fuerte zumbido del motor y el movimiento lento del tráiler marcan el arranque de un largo recorrido de 1,500 kilómetros que separan a la zona industrial Plan de La Laguna, -Antiguo Cuscatlán- de la ciudad de Panamá.

El furgón de más de 15 metros de largo recién descargó un flete repleto de ropa y artículos diversos procedentes del Canal panameño; ahora viaja de regreso a medio llenar con sacos de premezclas de harina de trigo, desplazándose con cautela a través del tráfico de San Salvador en dirección oriente. Eimer mastica un chicle, ve el reloj, son las 7:30 A.M. “Alrededor de la media noche tengo que estar en Nicaragua”, anuncia.

En el extrarradio de San Salvador, a la altura de San Martín,  la Carretera Panamericana se amplia a cuatro carriles, es entonces que Eimer gana velocidad, de sexta pasa a séptima. El velocímetro marca 110 kilómetros por hora. “Esta chulada es un Eagle, International 2000, de nueve velocidades, motor Cummins 92,001, de 450 caballos de fuerza…en buena carretera puedo ir más rápido” explica  orgulloso, “aunque en Panamá y acá mismo, un trailero no puede conducir a más de 80 o 90 kilómetros por hora, por norma”, reflexiona.

“Yo no termine ni cuarto grado, porque mi papá necesitaba que le echará la mano en el campo, pero fue hasta que cumplí 18, que empecé a manejar camiones, con el tiempo aprendí a conducir tráileres, aunque hasta hace poco entendí  bien como parquearme en reversa.  Algunas veces hasta tenía que pedir que me estacionaran el furgón porque por el tamaño se dificulta, pero ahora soy un águila al volante ¡Soy puro Carta Vieja!”, afirma Eimer.

“Me apodan Carta Vieja, porque soy originario de la ciudad de David, en donde se destila ese ron, y porque ya estoy ruco” asevera con risas Eimer José Montano.

El compartimiento trasero -la cama- esta decorado por un espejo y la foto de su esposa y dos hijas de 23 y 26 años. Mujeres a las que ve 1 ó 2 veces por mes. “Mi esposa no se acaba de acostumbrar a mi trabajo; esto es muy duro. Cuando regreso a casa encuentro todo novedoso; pero en contraparte este oficio te permite conocer y sentir libertad”.

Al hablar sobre los altos precios del combustible, Eimer comenta que ha perdido un 30% de ganancia sobre el flete. “Antes ganaba más de 1,000 dólares, ahora  creo que rondo los $ 800” . Otro factor que lamenta Carta es trabajar contra reloj, lo que según el, es causa de la mayoría de accidentes de automotor, debido a la fuerte presión por cumplir con la fecha de entrega de mercaderías. El sopor es causa de heridos o muerte.

La alegre música panameña de Ulpiano Vergara resuena en la cabina mezclándose con el calor tropical y los kilómetros acumulados. Justo en ese momento  el furgón se desplaza frente al desvío a San Vicente, dos figuras de féminas aparecen contoneándose en el lado izquierdo de la carretera. Carta Vieja bocina rápidamente dos veces, las chicas levantan la vista, y las sigue por el rabillo del ojo.  “Tenemos fama (los conductores) de andar puteando, pero la mayoría no somos así…sólo tenemos amigas  porque trabajamos para nuestras familias”, dice.

A las 9 de la mañana la carrocería del tráiler  es golpeada por los intensos rayos de sol reflejados en las aguas del río Lempa. Eimer elucubra “Otro de los peligros de conducir furgones es ser asaltado en el camino. La carretera del Litoral es más peligrosa, aunque la mayoría de transportistas centroamericanos viaja por ahí”. Pero a  pesar de esa fatídica posibilidad, sus únicas armas son su sentido común y un machete que permanece enfundado detrás de su asiento.

A unas millas antes de San Miguel, en el carril vecino aparece otro furgón. En el radio se escucha: ¡Carta Vieja! ¿Vas de regreso pa´ Panamá?,  Eimer contesta: “!Ya casi voy llegando, Toño!” y se despiden haciendo un raudo cambio de luces, mientras los cultivos de cereal y los árboles que flanquean la carretera se balancean tímidamente tras el paso de  los automotores.

En el paisaje aparece la imponencia del volcán de San Miguel, recordándole a Carta  Vieja que no conoce a Centro América como quisiera. No obstante ha ido a La Antigua Guatemala con todo y furgón; a las playas de El Salvador y Costa Rica; y a Granada, Nicaragua, en similares condiciones.

Superando problemas en las fronteras

A las 11: 26 A .M.,  antes de arribar al puesto fronterizo del Amatillo, el primer chequeo de policías le  pide detenerse. “En Honduras y Costa Rica  la policía molesta más”, comenta Eimer José Montana.  Se solicitan papeles aduanales y posteriormente  que pase el cargamento por  la báscula. Ya en la frontera, Eimer se estaciona, seguro de que deberá gastar más de una hora en trámites burocráticos, decide apresurarse a almorzar en un comedor salvadoreño y conversar con media docena de transportistas centroamericanos en ruta al sur.

Papeles en regla. Luz verde para partir. “Bueno yo continuo porque si no llego en un par de días mi esposa me va a matar (ríe); pero en un par de semanas estoy de vuelta en El Salvador”. Carta Blanca sube a la cabina y se despide con un bocinazo, perdiéndose entre el caos compuesto por  una muchedumbre amorfa y docenas de tráileres y vehículos livianos esperando turno para entrar o salir de las fronteras.

El largo furgón ocupa buena parte del puente sobre el río Goascorán. Eimer Montano deberá esperar en Honduras los respectivos trámites fronterizos para después dirigirse veloz hacia Nicaragua, donde pernoctará, sintiéndose cada vez más cerca de casa, en un vaivén infinito de kilómetros, soledad y sueños.