La Visa de los Sueños negados
Kriscia Valiente
Redacción
¡Ring! ¡Ring! Doña Rosa Colocho, corre al teléfono, presiente que son sus sobrinos que cada mes le llaman para saber cómo esta y para verificarle que le han depositado dinero en su cuenta.
Doña Rosa, es una adulta mayor de 83 años, que vive en Santa Tecla. Durante su juventud vivió con su hermana menor Leonor y le ayudo a criar a sus 3 primeros hijos. Justamente estos tres muchachos, casi 20 años después, partieron “mojados” para Estados Unidos, para ayudarle económicamente a su familia, simplemente porque en este país “ya no se podía”.
Sin embargo la llamada de ese día no era igual que las anteriores, después de hacer el saludo tradicional, Santos, el mayor de los tres sobrinos, le propuso lo siguiente: “Tía, hemos ahorrado y le hemos mandado dinero para que pueda ir a solicitar la Visa americana y podamos vernos al fin”.
Doña Rosa no acepto en el momento, nunca ha viajado y peor en avión, le daba mucho miedo solo de imaginárselo. No obstante, finalmente los muchachos lograron convencerla. “Entre más pronto, mejor”, pensó Doña Rosa. Platicó con su nieta para que le ayudara hacer todos los trámites. Nunca se imaginó que era casi una odisea seguir los pasos correspondientes.
Antes que cualquier cosa, tenía que ir a sacar el pasaporte. Una semana después de aquella llamada, un lunes, se levantó temprano y levanto a su nieta diciéndole: “Levántate hija, que hoy quiero ir a sacar el pasaporte”. Y así fue. Este proceso no le fue tan difícil, ya que lo hizo en una sucursal pequeña de Migración que se encuentra en un centro Comercial de Santa Tecla; además, tenía todos los papeles en orden.
Al ver que sacar el pasaporte había sido tan fácil, se entusiasmo. Y ese mismo día por la tarde se dirigió al Banco a pagar la solicitud para poder sacar la Visa; sin embargo, el susto se lo llevo cuando supo que “esa hojita” tenía el módico costo de $100 dólares. Los pagó y le rogó a Dios que ese dinero fuera una inversión y no una perdida.
En el mismo Banco le explicaron que para hacer la cita en la embajada, debía comprar una tarjeta, cuyo costo es de $15 dólares, y que con esa tarjeta podía hacer su cita cuando quisiera. Se dirigió a comprarla inmediatamente, estaba ansiosa. La vendedora le explico que esa tarjeta tenía la duración de 5 minutos, por lo cual le aconsejaba que pusiera a hablar a alguien joven y “listo”.
Esa noche Doña Rosa no pudo dormir de la emoción. Al amanecer hizo sus quehaceres cotidianos y espero que llegara su nieta de estudiar. Por la tarde esta llamo: primero aparece la operadora y da todas las instrucciones en inglés, un minuto después las da en español, 2 minutos perdidos, ya que solo dice las opciones dependiendo que tramite desea efectuar.
Luego, de éstos casi tres minutos, contesta el operador y le pidió los datos de las persona que quiere sacar la Visa, luego le dio el día y la hora en la que Doña Rosa se debía de presentar, recordándole por supuesto, para completar los 5 minutos, los papeles que debía llevar.
En solo dos semanas Doña Rosa tendría la cita tan anhelada por ella y por sus sobrinos. Con su nieta prepararon todos los papeles necesarios, llenaron la solicitud juntas. A Doña Rosa le parecía raro todo aquel papeleo y habían preguntas que para ella no tenían sentido, por ejemplo, le preguntaban si tenía relaciones con terroristas ¿terroristas? Se dijo, ni sé que es eso. No le dio importancia a esas preguntas y prosiguió a complementar la solicitud.
Las dos semanas fueron una especie de entrenamiento para Doña Rosa: “Hable claro”, “escuche lo que le preguntan y si no entiende que no le de pena preguntar”, “no diga que sus sobrinos están ilegales”, “vístase lo más formal que pueda”, “lleve los comprobantes del banco y su libreta de ahorros”,”no se preocupe a los ancianos siempre se la dan”,etc. Le decían tantas cosa que su emoción se mezclo con la angustia.
El día tan esperado estaba por llegar. Una noche antes de la cita le hablaron sus sobrinos para animarla y dedicarle sus oraciones. Sin embargo, esto no pudo quitarle la ansiedad y esa noche casi no pudo dormir.
El día para ella comenzó temprano, se levanto a las 5 a.m. y se tomó una ducha para desperezarse, se cambió: a las 6 ya estaba lista. Levanto a su nieta para que se alistara y la llevara lo antes posible, “Dicen que hay que estar por lo menos una hora antes” , afirmó Doña Rosa.
A las 7:30 a.m. estaban listas en la Embajada de Estados Unidos y la cita era a las 9:30. Paso a la primera sala, ahí les revisaban que la solicitud estuviera llena correctamente, de lo contrario le “ayudaban” a cambiarla por el costo de $5 dólares. “Yo la tengo bien”, les afirmó molesta Doña Rosa y así era.
El paso por esa sala no fue muy largo, luego se dirigió a otra sola donde mostró su fotografía y el pasaporte. Después de esperar por unos minutos el proceso de entrega de papeles, se movilizó a una sala llena de gente y todas esperando lo mismo: la entrevista con el Cónsul.
En ese momento doña Rosa, se persigno y le pidió a Dios que, si era su voluntad, todo saliera bien. Espero casi una hora, sentada por ser mayor de edad y paso con el Cónsul. Este le recibió la solicitud, la leyó y le preguntó: “¿Para que quiere viajar?” “Para divertirme y conocer nuevos países, ya no me queda mucho tiempo y quiero viajar”, respondió Doña Rosa. “¿A dónde se dirige?”, pregunto el Cónsul, “ a los Angeles donde una sobrina que me invitó a pasar una temporada con ella”.
El cónsul guardó silenció y le dijo: “Lo siento, no va a poder viajar”. Doña Rosa, que posee un carácter fuerte le preguntó indignada el porqué y él repitió la misma frase. Decepcionada y enojada, se dirigió donde estaba su nieta esperándola y le comunico la desición. Agrego doña Rosa: “No me duele el dinero, aunque esto es puro negocio y no le dan a una ni una razón por la que te niegan la Visa, lo que me duele es que se me acaba el tiempo y quizás nunca vuelva a ver a mis sobrinos, que es mi mayor sueño”. |