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La segunda mano de los bolsillos salvadoreños

Jessica Ávalos
Redacción

¿Alguna vez le pasó por la mente entrar a un establecimiento con cinco dólares y salir con un traje completo en sus manos? ¿O comprar un pantalón Tommy Hilffiger a sólo diez dólares? Para quienes pensaron que esto era imposible, conocer un poco más los negocios de ropa de segunda mano puede renovar su visión.

Foto: Jessica Ávalos

Los edificios que albergan las ventas de ropa usada, son grandes y pueden llegar hasta tener cuatro niveles con diversidad de artículos.

“El Imperio”,”Importaciones Santa Lucía”,” Variedades Génesis”, “La Mega Boutique”, son los nombres de algunos de los establecimientos de ropa usada más grandes en el centro de la capital. Debido a la demanda que ha tenido este rubro comercial, estas tiendas se han expandido en los últimos años.

Ahora ya no sólo son almacenes de ropa usada, mejor conocida como “ropa americana”; sino que son distribuidores de una gama de productos importados, tales como: juguetes, electrodomésticos, muebles, vajillas, etc.

Un breve vistazo por los alrededores de Catedral Metropolitana hará testigo a cualquiera de la especialización que hay en este sector del comercio.

El recorrido inicia una cuadra antes de Llegar a La Plaza Libertad, es decir en la cuarta calle poniente.

Al compás de la canción “De sol a sol”, del desaparecido grupo Salserín, “El Imperio” le da la bienvenida a todo aquel que pase por el lugar y desee hacerse de más de alguna prenda cómoda.

“A ver, a ver. No lo piense más. Véngase, véngase y aproveche la súper oferta que le tenemos este día: sólo hoy… dos piezas por un dólar. Sí, oyó bien: dos piezas por un dólar”: es la voz del “disc jockey” que día a día le da vida a los parlantes ubicados en la acera.

La oscura marmota de Winnnie Pooh y dos grandes parlantes invitan al transeúnte a explorar los espacios recónditos del edificio de antaño. Una señora no puede resistirse al llamado. Mucho menos al “jaloneo” de la mascota del lugar.

Aquí si hay donde “regatear”

Marta Chávez deja atrás el ruido de los buses. Sus manos se pierden al sumergirse en aquel mar de prendas que le rodea. Vestidos de noche por un lado, trajes de baño por otro, blusas por acá y pantalones por allá. Está en la primera planta. Ahí encuentra toda la ropa clasificada.

“Mire, ando buscando una blusa, pero que sea de marca”, dice discretamente a uno de los veinte jóvenes encargados de atender a la gente.

El muchacho de gabacha verde le sugiere irse al final del pasillo, porque ahí está “lo mejorcito”. No ha pasado mucho tiempo, cuando ella ya se ha medido tres piezas. Pero se decide por una blusa rosada, marca Nautica. Claro, la blusa no está dentro de la oferta anunciada por el disc jockey. Así que, para no desaprovechar la oportunidad sube al tercer piso, donde está lo que ahí se conoce como la “ropa de góndola” o “cachada”.

Chávez asegura que, aunque a veces le da pena que sus amigas la vean entrar a comprar al “Imperio”, lo hace porque este lugar le da la oportunidad de ponerse un tipo de ropa que sólo los “afortunados” pueden tener. “Con que apenas alcanzo para la comida de mis hijos, ya me va a alcanzar para comprarme algo nuevo en Simán”, comenta.

“Revuelva, revuelva”, dice otro empleado del establecimiento a la decena de clientes que buscan en unas cajas de madera las prendas de su preferencia.

En esas montañas de ropa hay de todo. Por eso el visitante debe ser ágil a la hora de llegar a hacer sus compras.

La rebusca por sobrevivir

Otra muchacha ya terminó de escoger su mercadería. En la caja le contabilizan 50 prendas. Con 25 dólares logra completar cuatro “bolsadas” de ropa. Parecería que tiene un arsenal por familia, pero no es así. Lo que sucede es que ella, como muchas otras compradoras, llega al lugar cada tres días para comprar ropa que luego revende en el interior del país.

Para estas personas la ropa usada se convierte en una fuente de trabajo y no sólo en un producto de consumo propio. Si una blusa la compran a cincuenta centavos de dólar, luego la dan a un dólar. Esto les permite tener una pequeña fuente de ingresos diarios, para poder subsistir aunque sea por un tiempo.

Por otro lado, están los clientes que llegan una vez por mes para comprar ropa para toda su familia. Incluso, llevan toallas, almohadas y cacerolas. Entre ellos está Neftalí Zelaya, un joven universitario que prefiere comprar “ropa americana”, para ahorrarse unos centavos y poder costearse sus estudios universitarios.

“La verdad es que aquí uno encuentra ropa no tan tirada al perro. Si me voy a meter a metro con diez dólares no hago nada, mientras que aquí hasta puedo llevarle juguetes Lego a mi hermanita”, afirma.

Nuestra realidad al desnudo

Se estima que solo en el centro Histórico, hay al menos treinta negocios de este tipo, pero la compra y venta de ropa de segunda mano no es exclusiva de la capital salvadoreña, es un fenómeno a nivel nacional. Así como en el centro de San Salvador la gente opta por la “ropa americana”, también lo hace otro gran sector de la población en todo el país.

En la actualidad los precios de la canasta básica andan por el cielo. Mientras que el salario mínimo de los trabajadores salvadoreños anda por el suelo.

Con $144 dólares apenas y se alcanzan a cubrir las necesidades básicas de alimentación y vivienda. La vestimenta queda relevada a un último lugar. Es por esto que varias personas ven en la ropa usada no un motivo de vergüenza, sino una práctica que le da una mano a su bolsillo.

Las políticas económicas imperantes en el país no son un auxilio para toda la gente, por el contrario son medidas que están ahogando a muchos. La ropa usada se ha convertido en una ayuda que viene a aliviar el bolsillo de los menos favorecidos.

“Más vale andar unos trapitos usados, que chirajos despedazados”, dice “Don Beto”, mientras espera que le embolsen el vestido rosado que con tanta ilusión le llevará a su hija, por ser el día de su cumpleaños.