De fiesta en fiesta
Sandra Carolina Arévalo
Redacción
Es sábado, y el sol ha salido. El día ha empezado y la voz de doña Asunción González, mejor conocida como doña ‘Chon' se escucha en cualquier pueblo que celebra sus fiestas patronales. “El elote loco, las tostadas de plátanos. ¿Cuántas va a querer mi amor?, venga corazón, están recién hechas”.
Son las 10 de la mañana, y la música de los ya desaparecidos ‘Bukis' suena a todo volumen en los parlantes instalados en la caseta que venden los tiquetes para los juegos mecánicos, mientras, que del puesto de doña ‘Chon' el olor a frituras ya empieza a aromatizar las calles, el ambiente, de los alrededores de San Marcos, que casi siempre está contaminado por el humo de los autos.
Muchos transeúntes, sobretodo los niños, no se pueden resistir a la tentación de comer unas deliciosas papitas fritas, enrollados de yuca o un exótico elote loco. “Ya vamos a ir a comer a la casa, que no ves que ya son las doce y media. Dejá de llorar pues, te voy a comprar las papás, pero ojalá no te las comás, que duro te voy a dar”, advierte un visitante de las fiesta a su hijo de seis años.
“Los que más compran son los niños. Estos muchachitos de ahora, si no les compran las cosas hacen ‘berrinches'. Yo me acuerdo que antes éramos más obedientes”, comenta doña Chon', bajo el sol, entre apuros por preparar el almuerzo de sus hijos y atender el negocio.
Negocio de familia
“Mis abuelos fueron los primeros que trabajaron en esto de las ventas de ferias, después mis papás y ahora soy yo”, comenta la mercadera. Desde hace más de 40 años doña ‘Chon' se dedica a este negocio heredado de generación en generación; mientras su hija de 14 años asegura que ella no quiere seguir la vida de sus antecesores. “No mami, yo quisiera casarme, y ya no andar de pueblo en pueblo”. “Vos no tenés edad para pensar en esas cosas, mejor anda a pelar, que ya casi son las tres de la tarde”, sentencia la madre. Y es entre lamentos y dificultades, freír y pelar yuca cuando el ambiente va tomando otro color, más oscuro; otro clima, más agradable. Y así se pasan las horas en el puesto de enredos de yuca de la feria.
El reloj dicta las cuatro y media de la tarde. Las nubes ocultan el sol, y éste simplemente se va. Muy cerca se escucha, “acaso eres tú o tú o tú, tal vez eres tú o tú o tú, no tiene que ser de sangre azul...” y es al compás de esta cuando la señora ‘Chon' reflexiona: “Este puesto es todo lo que tengo, yo aquí me crié y he criado a mis hijos también, lo único que lamento es no haberles dado estudio a los cipotes. Por eso de andar de un lado para otro ganándome la vida, como soy sola. Pero si les enseñé a leer y a escribir”.
Entre las historias, anécdotas, y lamentos que no han dejado de contarse durante toda la jornada, pero siempre con un tono de alegría, y una pronunciación un tanto bulliciosa, son atendidos con gran celeridad hasta por lo menos, unos seis clientes cada 10 minutos. Mientras despacha, entrega y da vuelto su frondoso delantal lleno de revuelos y encajes de colores, no la deja pasar desapercibida entre los lugareños y visitantes.
Bajo una champa de lámina
La vida de doña ‘Chon' y de sus seis hijos, gira entorno a una champa de lámina que construye cada vez que llega a un nuevo pueblo. Son ‘casas' que no cumplen los estatutos de vivienda digna y además, repercute directamente en la calidad de vida de la familia.
“Todas las mañanas nos toca quitar las láminas de enfrente de la champa para poder vender, y en la noche las volvemos a poner, para dormir más tranquilos, eso no cuesta, solo es cuestión de práctica, lo feo es el invierno”, explica doña ‘Chon'. Y en un tono desesperado ve hacia el horizonte como rogándole a las nubes que se oculten, y así que la lluvia también.
Los pueblos según doña ‘Chon' siempre tienen sus particularidades, pero en general todos poseen algo mágico, que los hace únicos y especiales. “Lo que a mi me preocupa cuando llego a un nuevo pueblo es la gente, porque muchas veces nos rechazan solo por ser vendedoras”.
De los juegos mecánicos, aunque popularmente conocidos como “ruedas”, se escuchan unos gritos y hasta alaridos. Sobre todo, de la “Chicago”. La gente saborea todo tipo de golosinas, los productos de la señora ‘Chon', se venden “como pan caliente”.
Es de noche. Y el cielo está totalmente oscuro, han dado las siete en punto. Sin embargo, es en este momento en que los ánimos y el entusiasmo de los residentes y visitantes aumentan.
Son las fiestas patronales, pero no las de doña ‘Chon', para ella es otro día normal de trabajo. “Los días principales son buenos, porque uno gana un poquito más, pero a mí las fiestas ya no me alegran, lo que si me gustan son los pueblos, casi siempre voy a los mismos. Vengo todos los años a San Marcos”, afirma doña ‘Chon'. |
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