Anorexia: producto de la cultura occidental
Por: Plauto
Periodista
La italiana Sofia Loren fue por décadas una de las actrices más famosas del mundo y fue también modelo. Su profesionalidad y su talento fueron acompañados de una belleza que pobló los sueños de millones de hombres.
Corrían los años donde nadie dejaba de pensar en Marilyn Monroe, Anita Ekberg o Brigitte Bardot; los centímetros de busto, cintura y cadera eran curvas que ostentar y no monstruos que reducir a las mínimas proporciones.
Pero con la llegada de los años ’70, cine, moda y televisión empiezan a plasmar nuevos patrones de belleza femenina; transformando la misma en una verdadera industria dentro de la cual, el peso terminó para ocupar un lugar central.
La cultura occidental dibujó entonces nuevas normas estéticas para una mujer que no existía, pero que se podía lograr: las pasarelas del mundo dorado de la moda pedían ahora una figura cada vez más delgada y esquelética. La industria del adelgazamiento irrumpe en el escenario con su miles de productos, dietas, programas, maquinarias y drogas. El sueño, a cambio de ríos de dólares, estaba al alcance de todas. Una mujer ya no necesitaba haber nacido “perfecta”; ya no era elogiada por los atributos que la madre naturaleza le había dado. Con esta tendencia, la mujer se convierte en una fabricación de un sin fin de expertos y profesionales de la estética que pueden moldearla y encaminarla al éxito. Y como las puertas que introducen a los palcos escénicos de la fama y de la notoriedad eran estrechas, la carne estorbaba.
El mercado creó la anorexia, así de simple. No fue algo premeditado (porque si no habría sido criminal) sino que este grave trastorno de la conducta alimenticia se ha producido, al igual que la bulimia, como un efecto colateral de una serie de estrategias de negocios.
Treinta y tres millardos de dólares aportan anualmente las mujeres a la galaxia de productos y servicios finalizados a reducir su peso. Revistas, periódicos, televisión, cine y publicidad presentan modelos, conductoras y actrices que respetan al pie de letra los mandamientos estéticos que nuestro tiempo y nuestra cultura exigen. Una modelo que desfila en una pasarela de Milán gana, pero sobre todo, hace ganar un sin fin de empresas. Ella, su cuerpo y su nombre, compran ciertos cosméticos, siguen cierta dieta, van al gimnasio, corren por la mañana con ciertos zapatos deportivos, van al sauna, usan una marca específica de maquinaria deportiva y comen los productos de determinadas cadenas. Todo esto con un único fin: mantener su figura dentro de los cánones y medidas que el mundo del espectáculo pide. Las jóvenes que aspiran a igualar la belleza y el éxito de tales modelos son los verdaderos clientes finales de esta estrategia.
Los medios de comunicación, a lo largo de la década de los años 80 y 90, han difundido, producido y reproducido esta nueva visión de mujer “perfecta”. Millones de adolescentes, por lógica y comprensible inmadurez o por un desmesurado deseo de alcanzar la celebridad, caminan hoy en una zona gris donde la obsesión por disminuir de pesopuede acabar en la bulimia o en la anorexia.
Si los Estados Unidos son los más destacados y auto celebrados abanderados de aquella cultura occidental que propone y enfatiza la deseabilidad social de la delgadez, también Europa suma sus culpas. Finalmente, la globalización, como evolución del colonialismo camuflado detrás de vallas publicitarias y programas televisivos, ha llevado a países subdesarrollados a abrir simultáneamente centros para la cura de la anorexia y para el seguimiento de una niñez atávicamente desnutrida. Nuestro país puede ser un ejemplo, en un mismo hospital pueden estar ingresados una adolescente que rechaza la comida para parecerse a Kate Moss y dos o tres recién nacidos que comparten una misma incubadora, porque las jóvenes madres no pudieron alimentarse como habría sido recomendable. |
|