Población desplazada es un testimonio vivo de la violación al DIH
Por: Evelyn Claros
Periodista
En un conflicto armado, las y los desplazados internos están protegidos por el Derecho Internacional Humanitario (DIH). La guerra civil que se vivió en El Salvador fue el escudo para encubrir muchos atropellos a la población civil, hoy las víctimas relatan su historia para que no se repita.
Francisca Ramírez, de 56 años, reside sobre el Boulevard Venezuela, en el centro de San Salvador. Su familia se dedicaba a la agricultura. En 1980, los Escuadrones de la Muerte visitaron la vivienda de la campesina: “Nos llegaron a poner una mano blanca en la puerta de la casa, y eso significaba que si no salíamos de la casa, nos mataban.”
En junio de 1982, la aviación apoyó los ataques que realizaba el Ejército a la guerrilla y a la población en Chalatenango, cuando esta última debía ser protegida de acuerdo al DIH ya que no combatía y estaba desarmada. “Tuvimos que pasar por los cercos para tratar de salvarnos. En uno de esos cercos, mataron como a 75 personas. En mi caso, le dispararon al papá de mi niña. A ella se la llevaron en un helicóptero. Después de todo lo que pasó, me fui al refugio de Mesa Grande, en Honduras”, contó Francisca.
Una institución que brindó ayuda a la gente fue el Alto Comisionado de Las Naciones Unidas para Desplazados (ACNUR). La salvadoreña recuerda que pidió al organismo internacional buscar a su hija, después llegó a la Cruz Roja, donde puso la denuncia. Le dijeron que iban a investigar, pero no hubo resultados. Optó entonces por la Comisión de la Verdad. “Yo fui a poner la denuncia, nos quedamos esperando,” recuerda Francisca. Luego escuchó un comunicado de la radio YSKL de que unos niños habían sido recogidos por personas de la Universidad Centroamericana “José Simeón Cañas” (UCA).
“Nosotras sabíamos que el Batallón Atlacatl los había capturado. Después de eso se encontraron a los dos primeros niños, entonces les dije a las demás dónde está la mía, tiene que estar la de ustedes y así fue. Encontramos cinco niños más”, recuerda la madre, quien asegura que el momento más duro de su vida fue cuando su hija la reconoció. “Es un dolor perder a un hijo, y de alguna manera es un dolor encontrarlo. Uno se acuerda del momento en que perdió a su hijo, y todo lo que ha sufrido. Yo volví al momento en que la perdí. Se me mezclaban los sentimientos, la alegría de encontrarla y la tristeza del recuerdo cuando la perdí, porque desde ese momento no tuve vida. Perder a un hijo es lo más duro que hay en la vida. Tengo a mi hija, pero perdí a mi esposo.”
Sin familia
En su dolor, la acompaña Carmen Obidia de Paz Valle, originaria de Tenancingo, en San Salvador, donde nació el 4 de noviembre de 1948. Perteneció a una familia de bajos recursos económicos, pero con buenos principios. Al cumplir los 14 años de edad, perdió a su progenitor. “Nos quedamos sólo con mi mamá y con mis hermanos, fuimos creando un odio personal con la Guardia, porque ellos lo mataron”, declara de Paz Valle.
El 24 de marzo de 1980, se dio el asesinato de Monseñor Oscar Arnulfo Romero y Obidia se dio cuenta que había personas orientando y organizando a la población. “Hasta en aquel momento comprendí lo que mi hija andaba haciendo con mis hermanos, después mi hija trataba de orientarme con mis hermanos en algo que iba a suceder más adelante,” precisó Obidia.
La situación se fue agravando. “... mi hija no dormía con nosotros. Ella se iba con los tíos para el monte...”, dice Valle. “Mi madre huyó hacia Chalatenango, porque ahí estaba mi otro hermano Nayo, que trabajaba en caminos. Ese mismo día, por la madrugada, bajaron doce camionadas de militares y quemaron la casa de mi madre, donde se encontraba mi hermano menor, pero logró escapar.”
Obidia mandó una carta para Chalatenango, donde le explicaba a su madre lo sucedido y le pedía que no regresara nunca a Tenancingo. Ya no la volvió a ver. El 6 de mayo de 1983, también supo que sus tres hermanos y su hija habían muerto.
De pérdida de parientes también sabe Exar Aguilar, de 59 años. El vivía en el Nuevo Porvenir, San Miguel, y no olvida los inicios de la guerra, cuando el Ejército sospechaba de todo joven que caminara por las calles. “Un día mi padre y mi hermano se encontraban en el campo,... cuando de repente el Ejército los buscaba, pues les habían informado que tenían armamento, pero la verdad es que teníamos una escopeta para cazar algún animal. La vieron y se retiraron”, explica Aguilar.
El momento de salir
Pero los militares regresaron. Y sin mediar palabra asesinaron a la familia de Exar, quien huyó a San Salvador, en donde comenzó a trabajar con la embajada de España. “Cuando se dieron cuenta de mi caso, decidieron brindarme ayuda y fue cuando me mandaron para a España, viajaba en calidad de oficial del consulado. Estuve también en Perú, Chile, Argentina. Viví así por 22 años”, dijo Aguilar. Además estuvo un tiempo en Estados Unidos, y por fin decidió regresar. Lleva nueve años en El Salvador, administrando un mini depósito.
Otro oriental que tiene mucho que contar es Wilfredo Argueta, de 47 años. Su pobre familia era de Morazán, departamento donde se manifestaban grupos de campesinos, universitarios y realizaban las pintas de mensajes en las paredes.
“Los soldados pasaban hacia los cantones... era una campaña del Ejército que se llamaban tierras arrasadas, que consistía en eliminar todo aquel que le daba sustentamiento al movimiento guerrillero”, explica Argueta. “Llegaban los soldados, incendiaban los ranchos, capturaban a la gente, porque pensaban que eran guerrilleros o los vinculaban con ellos. Debido a esto, emigramos con mi familia para San Salvador, al igual que otras familias.”
Los Argueta perdieron la casa que tenían en Morazán, pero estaban todos juntos. En ningún momento les respetaron sus bienes, como estipula el DIH. Un derecho que buscar humanizar la guerra, donde la población desplazada que busca refugio es una de sus protagonista. Esto lo saben los combatientes, sin embargo en la guerra de El Salvador se olvidaron de respetar sus vidas y enseres. |
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Violación que no se debe olvidar |
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La práctica violatoria del Derecho Internacional Humanitario (DIH) produjo miles de desplazados y refugiados.
Para el año 1984, se reportaban unos 500.000 desplazados internos y 245.500 refugiados salvadoreños en el exterior.
En el Cantón El Pepeto, a 2 kilómetros de Tenancingo, San Salvador, masacraron a dos familias enteras.
Algunos cantones que fueron afectados: El Perico, San Nicolás, El Sitio, San Antonio, Tenango, cantón Guadalupe, Azacualpa.
La Comisión de la Verdad le correspondió investigar y analizar los graves hechos de violencia ocurridos en El Salvador, entre enero de 1980 y julio de 1991. |
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