Migración hacia los cuatro puntos cardinales
Por: Allan Martell
Periodista
El Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo (PNUD) estima que 700 salvadoreños y salvadoreñas cruzan todos los días las fronteras del país en busca de mejores oportunidades. Estados Unidos no es el único destino. Hay gente que ve su futuro en naciones del Sur de América o en Asia, y otros que optan por un norte diferente: Canadá y la vieja Europa.
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Foto: Allan Martell |
Jessica Argueta, 13 años, lava la ropa en una pila pública del Caserío la Guacamaya, en el municipio de Meanguera, del departamento de Morazán. La falta de acceso a servicios básicos es una de las causas de la migración en El Salvador. |
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Una mañana de enero de 2006, Iris Monge, de 25 años, decidió dejar atrás el asedio de los ladrones del centro de San Salvador, las ruidosas fiestas de sus vecinos narcos y un trabajo como diseñadora en La Prensa Gráfica con el que ganaba $650 mensuales. Sus padres apenas se demorarían un par de días más en salir del país también. Hasta aquí, la historia de Monge coincide con la de tantos salvadoreños que buscan mejores oportunidades en otras fronteras. No obstante, había una diferencia: sus padres tomaron un vuelo hacia la Unión Americana, mientras que ella se fue a Santiago de Chile.
El gobierno estima que el 87.62% de los migrantes viajan hacia Norteamérica. Nadie habla del restante 12.38%, que equivale a 365,359 personas.
El número de salvadoreños en el mundo varía mucho de una región a otra. El Viceministario de Relaciones Exteriores para los Salvadoreños en el Exterior reporta que en Chile, el territorio con menos compatriotas, solo residen 171 personas. En cambio, en Canadá, el destino más importante después de Estados Unidos, se contabilizan 135,500.
Dificultades migratorias
Los migrantes que se van a Canadá, Sudamérica o Europa tienen claro que Norteamérica no representa para ellos una opción. Durante una conversación telefónica, se le preguntó a Monge por qué decidió irse específicamente a Chile. La sola idea de mudarse a aquel país la asusta. Su hermana mayor se casó con un ciudadano estadounidense y sus padres fueron con ella por ese motivo.
Monge prefiere vivir en Santiago porque puede trabajar como diseñadora gráfica — la carrera que estudió —, mientras que en Estados Unidos tendría que migrar como turista — si logra llegar por vías legales — y conseguir un permiso de residencia le tomaría años. Ella no desea vivir bajo el mote de “ilegal”.
Alejandra Gallardo visitó la Unión Americana antes de mudarse a Canadá, pero no encontró ninguna ciudad que le pareciera tan interesante como para estudiar ahí. Y aún de haberla hallado, “conseguir una visa de allá requiere, por lo general, un proceso más estricto que con Canadá”, declaró por medio del correo electrónico.
De momento, cuenta con una visa de Estudiante de Inglés como Segundo Idioma — ESL por sus siglas en inglés —; pero en cuanto concluya sus estudios, piensa renovar su visado para estudiar francés y probablemente pida el permiso de residencia.
Retos
Uno de los principales dificultades que enfrentan los emigrantes es el rechazo de las sociedades que los reciben. Este problema también es válido para quienes van a Sudamérica o Europa.
Monge cuenta que esta reticencia de los chilenos se tradujo para ella en condiciones laborales parecidas a las de los obreros de inicios de la Revolución Industrial. Ella estudió Diseño Gráfico en la Universidad Don Bosco, y durante cuatro años trabajó en La Prensa Gráfica, elaborando una sección semanal para niños. En ese entonces su jornada laboral era de ocho horas.
Al llegar a Santiago, su primera dificultad fue encontrar trabajo. El gobierno del país sudamericano le daba tres meses para hallar una plaza. De lo contrario, tendría que salir. Justo antes de vencerse el plazo logró un contrato temporal en el periódico La Tercera. Ahora diseña para ese medio las ilustraciones de las revistas Mujer, Open — un catálogo de ofertas para sus suscriptores — y Viajes.
Logró tramitar su permiso de residencia gracias a ese empleo, pero su horario no le permitía disfrutar mucho la estadía. Sus jornadas se extienden hasta 16 horas diarias y le pagan $665.45 al mes. Su voz no oculta la insatisfacción cuando se queja porque “me exigen calidad por lo que otros con la misma paga no dan ni un tercio de lo que yo doy”. Y aún así, sus compañeros de trabajo la miran como si hubiera llegado a robar las pocas plazas disponibles.
Para quienes emigran más allá de Iberoamerica, el idioma es el primer desafío. Margarita Rodríguez, de 34 años, — quien prefirió que se cambiara su apellido para no ser identificada — estudió sueco por año y medio antes de aplicar a un trabajo. Después de este tiempo, encontró una plaza como profesora de español en una escuela cercana a Lünd, en la provincia de Escania, al sur de Suecia. Actualmente reside en esa ciudad con su familia.
Consultada por correo electrónico sobre las oportunidades laborales de los hispanohablantes, aseguró que “sabiendo poco sueco algo se puede encontrar, pero nada que se pueda calificar como 'buen empleo'”. Actualmente continúa trabajando como profesora de español para jóvenes de sexto a noveno grado en una institución de la misma localidad donde reside.
Gallardo ya tenía cierto conocimiento del inglés cuando decidió tomar clases intensivas en Canadá. Aún así, le tomó cinco meses perder el miedo a relacionarse con sus compañeros y hacer amigos. Fuera de la Escuela de Idiomas L'Estrie de Ottawa, muy pocas veces ha encontrado a otros latinoamericanos con quienes conversar.
Se trató de conocer cuál es el trabajo que realiza el Ministerio de Relaciones Exteriores para ayudar a los compatriotas en otros países. Para ello se intentó concertar una entrevista con el ingeniero Carlos Pastrana, Coordinador del Área de Asuntos Comunitarios para los Salvadoreños en el Exterior.
Se llamó a la oficina del funcionario tres veces durante la tarde del miércoles 25 de abril, pero no se encontraba. Ese mismo día, a las cuatro de la tarde, se realizó una visita a la sede de Cancillería, pero su secretaria informó que él se encontraba fuera de la capital. Ella proporcionó a este medio un número de celular de Pastrana, al cual se le llamó repetidas veces entre las cuatro y media del miércoles y las once de la mañana del día siguiente sin obtener respuesta. Se localizó al funcionario hasta las cuatro de la tarde del jueves al llamar a su oficina. Facilitó información documental para este reportaje y pidió que se le mandaran las preguntas de la entrevista por correo. No se ha obtenido respuesta de esa misiva hasta el momento del cierre de esta nota.
Oportunidades
Cuando Rodríguez se fue a Suecia en agosto de 2002, aún abrigaba dudas de si regresaría a El Salvador. Se marchó hacia el país escandinavo para reunirse con su esposo, con quien se había casado nueve meses antes.
Consideró la posibilidad de volver durante su primer año de estancia en Suecia. Ahora que tiene a dos bebés — una hija de tres años y un hijo de uno — sabe que no regresará. “Aquí, de entrada, [mis hijos] tienen muchas ventajas: la escuela y la salud son gratuitos, hablarán por lo menos tres idiomas, y no hay problemas serios de violencia e inseguridad”, explicó Rodríguez.
Monge comparte la opinión de Rodríguez en el último punto. En su trabajo actual gana casi lo mismo que cuando estaba en La Prensa Gráfica. Pese a ello, prefiere quedarse donde está porque “yo aquí camino a las once de la noche en el centro de la ciudad. Me atrevería a decir que el 70% de Santiago es bastante seguro”. Sostiene que pensaría en volver al país solamente si disminuyera la criminalidad.
Gallardo ha vivido una experiencia similar cuando compara las calles de Ottawa con las de su país . No hay ladrones, los motoristas del transporte colectivo no maltratan a los usuarios y la gente no permanece en alarma constante por las personas que tiene próximas. A diferencia de Monge, la joven estudiante ha adquirido la certeza de que no volverá al terruño. “El Salvador es el país donde nací y siempre lo recordaré, pero yo simplemente ya no imagino mi vida allá”, concluyó. |