Lisístrata o el poder de cruzar las piernas
Ana Joyce Alvarez
Redacción
7:50 P.M. las luces exteriores del Teatro Luis Poma parpadean ligeramente, mientras los asistentes entran a la sala. Después de la obligada revisión de tiquetes la acogedora galería va llenándose poco a poco. Esta noche la presencia femenina está dentro y fuera del escenario, pues por antesala se exponen las fotografías de Carlos López: “Mujeres en devenir”. Los retratos presentan niñas salvadoreñas con sus coqueterías, sus ojitos soñadores y la sinceridad en el fondo de sus miradas.
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Foto: Joyce Alvarez |
Lisístrata busca que griegos y espartanos consigan la paz mediante un proyecto muy arriesgado: una huelga de sexo. |
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Una vez dentro, el escenario cuenta sólo con unas cuantas columnas como asientos y una división traslúcida que a primera vista no se distingue. 20 minutos después se realiza la tercera llamada y con cupo lleno, más de 227 boletos vendidos, se apagan las luces. Se escucha el ritmo de unos palitos de madera que se chocan entre sí y luego del grito desahogado de una mujer, aparece Lisístrata detrás de una columna reclamando por la impuntualidad de sus compañeras.
Corre el año 411 A.C. griegos y espartanos continúan enfrascados en la guerra del Peloponeso. Las mujeres se han quedado solas en la ciudad y echan de menos a maridos y amantes; y precisan de una solución inmediata para lograr que los hombres firmen la paz y vuelvan a sus hogares. Lisístrata convoca a las jóvenes griegas y espartanas, mientras las mayores se toman la Acrópolis; pero su afán de conseguir la paz deberá superar una seria dificultad: el deseo natural e inagotable de las mujeres. Deseo que no escoden y que expresan con libertad.
Los hombres, al percatarse de la acción intentan doblegarlas con fuego y humo, pero nada las detendrá. Es entonces cuando Aquelao y Estratilis-corifeos de los hombres y las ancianas respectivamente-comienzan un dialogo mordaz que se mantendrá durante el resto de la obra, explicando los pensamientos de la víctima en turno de las mujeres.
Peor para el que lo tome a la ligera, las mujeres, ataviadas con sandalias de tacón alto, mantos, vestidos transparentes y depilaciones perfectas seducirán y utilizaran todo su encanto para doblegar la razón de los desesperados hombres, lo cual conlleva siempre cómicas situaciones, como cuando, avanzado el sitio y la huelga, el recién casado Kinesias llega hasta la Acrópolis para rogar a su esposa Mirrina que salga a atender a su bebé. Pero antes de salir Lisístrata le advierte: “Deberás amarlo y no amarlo”.
El pobre Kinesias, cuyo estado y el de todos los hombres es revelado por una pequeña lámpara roja que lleva bajo la cintura de la túnica, pide en principio por su hijo, pero tras una breve conversación Mirrina finge aceptar las peticiones de su marido, pero va demorando una y otra vez el momento: primero busca un colchón…una manta-el pobre Kinesias ya le ha gritado ¡Apurate! No me traigas nada, ¡Malvada! -luego el perfume, y finalmente la almohada…cuando parece que las ansias de Kinesias van a solventarse Mirrina le confiesa que sólo estará con él cuando se firme la paz.
El público lleva ya 45 minutos de carcajadas y comienza a perfilarse el final de la obra. El comisario ateniense Pritanis, vencido por la necesidad y avergonzado por su situación, accede a convocar emisarios plenipotenciarios para negociar con los espartanos. Lisístrata es elegida como intermediara y la diosa Concordia-cuyo vestido alborota más el sentido de los agotados hombres-se hace presente para llevar a feliz término la reunión.
Y así lo logran, unas veces recurriendo a la razón y otras al deseo, basta decir que hasta la misma diosa los seduce, para que al final tanto atenienses como espartanos yazcan con sus esposas y se celebre una gran fiesta reconciliadora.
Aún entre risas el elenco hace las reverencias tradicionales y el público aplaude satisfecho con la presentación, que también ha llegado a feliz término. Siempre y cuando a ninguna esposa se le ocurra, para conseguir un mejor trato, seguir la sugerencia de Lisístrata: “Deberás amarlo y no amarlo”. |