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El tren de las ilusiones

Jessica Ávalos
Redacción

¡Dilin dilon, dilin dilon! Las campanas están anunciando que una nueva jornada ha llegado. El reloj marca la 1 de la tarde. “Don Rafa” está a punto de iniciar su ritual. Después de hacerse un buen nudo en las cintas, se dirige al chorro del plantel para llenar su “pichinga”.Este es el comienzo de una nueva historia.

Foto: Jessica Ávalos
Hora de “lonear”. Una lona sintética facilita el proceso de recolección de la basura regada en las calles del gran San Salvador.

“El burrito”, “el pupú de gato”, “el dundo” y el “gato”, son los nombres de los compañeros que conforman la tripulación de la unidad No. 40 del tren de aseo. Con una enorme sonrisa en los labios, cada día se aventuran a la recolección de toneladas de basura en toda el área metropolitana de San Salvador.

“Don Rafa” revisa que el despachador le entregue todas las herramientas. Un trinche, dos palas y una lona serán los amigos fieles que acompañarán a los cinco recolectores en la jornada diaria.

La ruta

Las primeras calles del recorrido les dan la bienvenida. Entre silbidos y uno que otro tarareo de la “gasolina” de Daddy Yankee recogen entusiasmados las primeras bolsas de la colonia Layco.

Unas gotas de sangre le empañan la tarde al “burrito”. “A algún ingrato se le olvidó separar los vidrios de los demás desechos. Pero ellos ya están acostumbrados a este tipo de incidentes. Lo único que lamentan es que le gente les exige tanta responsabilidad en la recolección, mientras que nadie les colabora dejando por lo menos las bolsas en su lugar.

El departamento de recolección de desechos sólidos, que es la unidad que está a cargo de los recolectores, les provee guantes para manipular los desechos, pero ellos prefieren no usarlos porque son de baja calidad y en vez de facilitarles la recolección les hace más incomodo el trabajo.

Cuadra tras cuadra corren sin cesar. Estos hombres reúnen una condición física envidiable. Pero lo envidiable no es la velocidad, sino el entusiasmo con que lo hacen.

Cada cuadra que pasa hacen accionar la palanca que se encarga de comprimir toda la basura y mientras avanzan no pierden la oportunidad para decirle adiós a la gente que de vez en cuando les da una “cora”, para las aguas.

Trabajo de suerte y desprecio

A don “Rafa “hoy le ha ido bien. Entre los paquetes recogidos encontró una cartera medio buena para su hija. Esto es lo que ellos conocen como “la cacha”. “La cacha” les permite reunir uno o dos dólares diarios adicionales, porque recogen plástico, periódicos, botellas que luego venden cerca del relleno sanitario.

“Este trabajo es salvaje, pero me reconforta llegar a mi casa en la noche y ver la alegría de mi niña de diez años cuando le llevo aunque sea una muñeca de la cacha”, dice don Rafa mientras aparta el regalo de su hija.

“La gente nos mira mal porque hedemos, o porque nuestros uniformes andan sucios. En realidad esto no nos afecta. Más nos afecta cuando nuestros hijos nos tienen que negar en la escuela porque les da pena decir dónde trabajamos. Pero la culpa no se la echamos a ellos, la culpa es de la gente por no valorar nuestro trabajo”, agrega don Rafa.

Una hora después el cansancio empieza a ser latente. Las gotas de sudor empapan la camisa grisácea de los muchachos. La emoción ha disminuido, pero es imposible resistirse al movimiento de la falda de unas muchachas que caminan por la acera de la colonia Palomo. “¡Uyyyyyy...Tanta curva y yo sin freno!”, dice “el dundo” a las señoritas. “Este de dundo sólo el apodo”, comparten los demás.

“Los únicos que nos quieren son los niños …”

“Este trabajo es el trabajo más bonito del mundo. Uno puede ir a lugares donde nunca se imagino llegar a conocer”, dice “don Rafa”, mientras le da un gran sorbo a la “pichinga” de agua que lleva colgada en el camión.

Él lleva trece años trabajando en el tren de aseo. Dice estar satisfecho con su labor, lo que nunca podrá entender es cómo la gente olvida que son seres tan humanos como los demás.

“Culturalmente estamos marginados por esta sociedad. Los únicos que nos quieren son los niños porque les gusta como sonamos la campanita”, dice “el chele” aprovechando el comentario para hacer sonar más fuerte la campana. “Vos ya aburrís con esa mierda, dejá de sonarla ya”, alega “el gato”.

La campana avisa, pero…

La vibración de la campana les va abriendo camino por las calles de la Universidad Nacional. “Pérame chele”, dice el “pupú de gato”, porque las bolsas eran demasiado grandes y se rompieron con el peso. Ahora viene lo bueno. Llegó la hora de “lonear”, es decir, de recoger con mano y pala la basura regada en la calle. El olor a comida descompuesta no quita las ganas de sentarse en “el chalet de la niña Martita” Y tomarse un buen jugo de naranja con huevo, para reponer las energías perdidas.

“Por lo menos lávense las manos dice “la niña Martita”, al ver la naturalidad con que los muchachos llevan sus manos sucias a la boca. “¡Ay Dios!…Por gusto usted, si nosotros ya estamos inmunizados, añaden.

Los trescientos trabajadores del tren de aseo de la capital cuentan con un seguro de accidentes, si se cortan el dedo gordo pueden ganar hasta mil dólares. “Imagínese usted cuánto ganaríamos si se nos va la mano entera”, bromea “el burrito”.

El Instituto Salvadoreño del Seguro Social (ISSS) se encarga de ponerles las vacunas contra el tétano y la hepatitis. Así como de realizarles anualmente un examen de pulmón, pero para los muchachos esto es “puro cuento”, porque su único antídoto contra cualquier enfermedad son los mismos desechos.

Son las tres de la tarde y aun no han recogido ni la mitad de la basura del día. Ahora sí las calles les parecen eternas. El timbrar de la campana es menos latente. El mismo trabajo les hace olvidar el hambre y la sed, porque el camión ya se saturó y es el momento de ir al relleno sanitario de Nejapa a depositar la primer descarga, es lo que conocen como “la destara”.

Con maldiciones y fatiga la misión concluye

En el camino una señora les dice: “haraganes, ayer no pasaron por mi basura”. Mientras que un carro les pita “la vieja” por obstruir el paso de los automovilistas, pero ellos no se dejan sorprender. Con el tiempo las ofensas ya ni huelen ni hieden, aunque aun duelen.

Presos del cansancio y del mal olor que se ha apoderado de su cuerpo solo ansían que alguna vez la gente dirija la mirada hacia ellos, pero no para verlos mal.

“Esta gente se confunde. El hecho que seamos basureros, no quiere decir que seamos basura”, dice con su rostro cabizbajo don “Rafa”, mientras se “guinda” nuevamente del tren que transporta sentimientos desechos y corazones golpeados. Un tren que no solo recoge basura, un tren que transporta hombres que también tienen ilusiones.