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El precio de un sueño

Sandra Quintanilla
Redacción

El Ministerio de Asuntos Exteriores señaló que 2.3 millones de salvadoreños y salvadoreñas han emigrado en los últimos años hacia diversas naciones. ¿A dónde van? De acuerdo al informe “Las migraciones internacionales y sus efectos económicos en El Salvador”, los países que reciben a la mayoría de compatriotas son Estados Unidos, Australia, Canadá y la Comunidad Europea.

Foto: Sandra Quintanilla
Jóvenes participantes afinan sus instrumentos mientras esperan la inauguración de la semana del comunicador.

El 75% de los emigrantes optó por la conquista del sueño americano Manuel Rivera, de 65 años de edad, originario del cantón San José Abajo, en Santiago Nonualco, departamento de La Paz, es uno de los que cruzó la frontera estadounidense de manera ilegal. En 1980, a causa de las múltiples dificultades económicas de su familia y por el estallido de la guerra civil en El Salvador, Manuel decidió irse.

Todo cuesta

La meta de Manuel, en aquel entonces de 34 años, era poseer una casa y un terreno para trabajar, de manera que pudiera disminuir las carencias que aquejaban su hogar. Eso pensaba cuando partió una madrugada de octubre, dejando atrás su querido terruño y su hasta entonces inseparable familia: Diego, de 16 años; Virginia, de 14, y Alejandro, quien aún estaba en el vientre de Carita, su compañera de vida.

El punto de encuentro con los que serían sus tres compañeros de viaje fue el desvío que de Olocuilta, en La Paz, conduce a San Salvador. Eran las 3:30 de una fría madrugada. Se dirigieron a Las Chinamas, frontera de Guatemala, donde estaría el “coyote” de sobrenombre “La lechuza”. ¿El pago por el viaje? 700 colones, cada uno.

Manuel lleva 1,250 colones y una estampita de la Virgen María. “Era lo único que ocupaba mi bolsillo”, recuerda Manuel.

“Date con algo”, dijo un patrullero en la frontera de El Salvador con Guatemala. Rivera no recuerda con exactitud cuántas veces escuchó las mismas palabras, pero en el pago de los sobornos se le fue el poco dinero que llevaba. “Subí, con agilidad, al famoso tren en Tamaulipas, México. Luego (durante el viaje) solo comí algunas tortillas en el camino. En mis bolsillos únicamente quedó aquella estampita que mi compañera de vida me dio”, contó el emigrante.

Los penetrantes rayos del sol, el calor y la falta de líquidos no son las únicas causas que hacen pesado el largo camino de los “mojados”, asegura Manuel: “Uno va pensando en la familia y las deudas que deja”, manifestó.

Estuvo quince días en la espera de una oportunidad de “pase” en la frontera, luego de 35 que duró el viaje. Él y sus tres compañeros estaban solos, porque el coyote los abandonó al primer descuido. Finalmente, la suerte los acompañó, y llegaron a Houston —su destino—, en donde los recogerían unos compadres salvadoreños. “(En Estados Unidos) hice de todo: carpintero, pintor y limpia edificios Terminé en construcción”, cuenta Manuel. “En todo lo que hacía me pagaban bien. Imagínese, siete dólares la hora. En aquel entonces eso era pisto”, dice con orgullo.

El nuevo hogar significó perderse por 15 años la compañía de la familia. Rivera extrañó vivir los triunfos escolares de sus hijos mayores, el nacimiento y los primeros pasos de su hijo menor, y las celebraciones familiares. También, en ese tiempo murió su padre. Pero desde su regreso en el 2001, el compatriota disfruta de la casa que siempre soñó, y de los terrenos que imaginaba tener algún día en su añorado Santiago Nonualco.

Sus hijos Diego y Alejandro decidieron seguir los pasos de su padre. Ambos están como ilegales en Estados Unidos, construyendo el sueño americano de sus familias. Esta realidad queda plasmada en el informe del 2005 del Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo (PNUD): “El país no fue, ni es, ni probablemente será un país de oportunidades, por lo menos no para la mayoría”.