Un abrazo pospuesto durante 13 años
Ronald González
Periodista
“Mirá, ya son las 9. Apurate, no estés de necio, andá a apurarle el fuego a las gallinas, si no no van a estar al mediodía, cuando vengan”, le pide doña Menche a su nieto Juan Carlos, de nueve años. Para la familia Hernández es un día de alegría y emoción, un día esperado desde hace 13 años.
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Foto: Ronald González |
Reencuentro. Ernesto abraza a su madre. Desde hace 13 años, doña Menche no había podido tener en sus brazos a su hijo. |
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Unos limpian la casa, otros cocinan el arroz y la ensalada, y otros se preparan para salir en un pick up. “Váyanse ya para el aeropuerto pues, como a las 12 viene mi hijo, no me lo vayan a hacer esperar”, suplica doña Menche.
Ernesto, el hijo que en una madrugada de 1993 partió junto a su esposa y sus dos hijas menores hacia Estados Unidos para tratar de buscar un mejor futuro para ellos y para el resto de la familia, regresa por primera vez a nuestro país, ahora que ya no es uno de los miles de inmigrantes indocumentados en esa nación del norte.
Mientras espera impaciente en la casa, doña Menche se rinde ante la necesidad de expresar su alegría, y las lágrimas comienzan a recorrer su rostro de 86 años. El olor cálido a gallina recién cocinada ya inunda la casa. Todos, cada hermano, cada sobrino, cada primo..., aguardan sentados el gran momento.
Por fin llega el pick up. Doña Menche es la primera que sale a la puerta. Todos la siguen. Afuera, un Ernesto más robusto a sus 39 años, su esposa y sus ahora cuatro hijos se apresuran a bajarse del automotor. Los vecinos dejan que su curiosidad se asome por puertas y ventanas.
Y doña Menche apenas se contiene: “Hijito lindo querido, cuánta falta me has hecho, papito”. Un fuerte abrazo, un momento entre madre e hijo, entre lágrimas y felicidad.
“Estás bien gordo, Neto”, “¡Qué chivos tus lentes!”, “¿Y esta es la Yaneth? Qué grande está ya”, “Cuántas maletas traés, vos”... Toda la familia saluda cariñosamente a Ernesto, quien sin poder contener las lágrimas recuerda perfectamente cada cara: la Estela, el Mario, el Josué, la Gabriela, la Carmen...
Y Carmen, precisamente, es la que se encarga de que todo instante quede grabado en fotos, como aquellas que durante 13 años Ernesto envió a doña Menche para que pudiera ver cómo se encontraba él y su nueva familia en Augusta, Maine, noreste de Estados Unidos.
Una vez dentro de la casa, Ernesto mira a todos lados, a cada rincón. El mismo espejo con marco rojo sigue colgado en la pared, la mesa del comedor también es la misma que él recuerda antes de su partida. “¡Oh! La casa no ha cambiado nada, mamá”, exclama, mientras todos están atentos a lo que dice, a lo que ve, a lo que hace.
Sin mucha demora, el suculento almuerzo es servido. Los ojos de Ernesto, y también los de su esposa, miran directamente los enormes platos con humeantes porciones jugosas de gallina, arroz frito, ensalada de lechuga, tomate y pepino, y sin faltar las tortillas y las gaseosas. Perecía que en 13 años los dos no habían siquiera visto comida alguna. “Allá solo ‘fast food' comes, ‘burguers' y pizza. Nada de esto se ve, ¿verdad Elena?”, y su esposa asiente con la cabeza.
Luego, hubo historias que compartieron en familia durante toda la tarde, durante casi toda la noche. Historias del norte, historias de acá. Y Doña Menche no se alejó ni un solo instante de su amado retoño, como queriendo recuperar todo el tiempo, todos los años en los que no estuvo cerca de su hijo. Privilegio que no todas las madres logran tener cuando la situación ilegal de sus hijos en Estados Unidos les priva de un abrazo, de un beso, de un reencuentro. |
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205,240 salvadoreños naturalizados en Estados Unidos desde 1987 a 2005, según USCIS.
200,000 salvadoreños aproximadamente intentan viajar ilegalmente a Estados Unidos cada año.
193,000 salvadoreños en Estados Unidos solicitaron TPS en 2006.
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