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La última función

Carlos Chávez
Periodista

Muchas salas de cines de San Salvador están dando su “última función”; cinemas devaluados o que de cerca ya no lo son tanto, disfrazados como iglesias, tiendas, casinos o simplemente dejados en el abandono absoluto.

Foto: Carlos Chávez

Cine Iberia. Ubicado en el barrio Santa Anita, se construyó en 1956. Ahora sin techo,“su función” es la de servir de depósito de materiales de construcción.

Cines que tuvieron que cerrar por el auge de la televisión, el video, y últimamente por los modernos multicinemas y el comercio informal de DVDs. La última función de estos salones adquiere forma de descuido, abandono, comercio y plegarias. Metafóricos largometrajes que muchas veces carecen de un final feliz.

Apolo, Libertad, Darío, Central, Presidente, Iberia, América, Roxy, Folliest, Ancla, Tropicana, Avenida, Deluxe, Regis, Fausto y muchos otos cinemas están en la larga lista de inmuebles que cada día se alejan más del objeto de su existencia. Los abandonados: Central, Darío, Avenida, Libertad, Apolo y Modelo cuentan con 40 años de existencia en promedio.

Algunos de estos inmuebles son propiedad estatal (Libertad, Apolo, Avenida) y no dilucidan aún su futuro “Por la trascendencia histórica y también su céntrica ubicación –y trámites burocráticos- se aplaza la decisión de venta o demolición” señala el director de Espectáculos Públicos, Hugo Solano. Mientras tanto el paso de los años deteriora y corroe a cines como el Avenida, convirtiéndolos en refugios de pandilleros e indigentes.

Para muchos capitalinos, el cine Apolo, por ejemplo, representa tiempos de nostalgia y magia. El esbelto edificio Art-decó, recibió desde 1948 a la clase media-alta citadina para disfrutar de los estrenos a colores de Sansón y Dalila, Todo sobre Eva, Casablanca, y cientos de películas más, distribuidas por los estudios mexicanos y estadounidenses Panamerican, Fox, Warner Brothers, Metro Goldwyn Meyer y Paramount, quienes iniciaron años antes este negocio en el país.

Doña María de Escobar, aficionada al séptimo arte de 86 años hace memoria de cómo eran los cines Apolo, Avenida y Tropicana en los años cincuenta y sesenta: “Los precios eran de 15, 10 ó 5 centavos –precio aparentemente risible- , no había palomitas de maíz, aunque a veces el boleto incluía una paleta; llegaba gente de todas las edades, pero los jóvenes silbaban cuando la función no empezaba, o cuando finalizaba una película que no les gustaba daban patadas a los asientos delanteros exigiendo la devolución de sus quince centavos” recuerda con risa la señora de Escobar.

Anécdotas similares se repiten acerca de otrora cinemas familiares como los excines Fausto, Deluxe, Maya, Roxy, Iberia, Caribe, Colonial y Paseo, cuyas infraestructuras cúbicas se transformaron más recientemente en bodegas, comercio o iglesias protestantes. Tal y como ocurre con el Maya, México, Fausto y Deluxe, convertidos en templos de iglesia.; el Caribe pasó a ser oficinas; y el Paseo y Colonial se transformaron en casinos; El Iberia ha perdido su techo para convertirse en bodega de materiales de construcción; todos sin perder aún su morfología exterior inconfundible de exsalas de cine.

“Me da tristeza ver el cine Iberia…recuerdo que las películas eran de cinta y el operador hacia girar una manivela durante todo el tiempo que duraba la película, a veces cuando se descuidaba o se cansaba la película se trababa y la gente reclamaba a gritos y los de platea tiraban cosas y hasta escupían a los de abajo” recuerda Óscar López, residente del barrio Santa Anita.

Foto: Carlos Chávez

Cine Colón. Imagen de 1928, época en la que funcionó el primer cinema formal del país.
Se ubicaba frente al Palacio Nacional y proyectaba en un principio cine mudo.

Otros cines desaparecieron por completo, pero no en la memoria popular, para muchos capitalinos los cines Principal, Popular, Colón y Olimpia continúan allí, incólumes, pero sólo en los recuerdos, debajo del viejo edificio de la Lotería Nacional en el caso del cine Olimpia. De la misma manera el cine Colón continuaría -en la imaginación- al frente del Palacio Nacional- . Teatro que –según Ricardo Orellana, licenciado en periodismo - un día fue la primera sala formal de cine del país, cuando la cinematografía era aún color sepia y muda; fue regentada por la Paramount y la Fox en los años de 1920, y contaba con banda sonora propia compuesta por un grupo de música de marimba, aún así el cine estaba envuelto en un aura de magia.

Este cine fue destruido por un incendio y nació la leyenda: “El cine Colón estaba ahí –señala un edificio de 4 pisos- era viejísimo” puntualiza Don Fernando Aguirre, transeúnte de la plaza Barrios. El cine Popular corrió la misma suerte y se construyó sobre sus cenizas el actual cine Libertad; la ubicación de estos cines habla también de la importancia que jugó este entretenimiento en la vida de la ciudad: frente a la plaza principal, cerca del poder religioso y gubernamental.

Hacia la década de los setentas se construyeron muchos cines tales como el Presidente, Terraza, Fausto, Izalco, Caribe, Universal, Uraya, Paseo, Cinelandia, cine Viéytez, Universal, Metro y Majestic. De este generación de salas sobreviven Izalco, Universal, Metro y Majestic que ahora se sustentan con la proyección de filmes triple X, de la permanencia voluntaria; a excepción del Majestic que junto al cine España aún tienen funciones con películas relativamente nuevas y de temáticas ortodoxas.

Ana Rabanales y sus dos hijos han arribado al España dispuestos a ver la comedia “Una noche en el museo”, función vespertina (3:00PM) y aseguran que “los cines en el centro son mucho más baratos, no importa que la película no sea tan reciente, pero nos divertimos igual”. No obstante, la competencia actual de cines, uní-salas versus multicinemas, se perfila como principal razón de la extinción de los cines del centro, entre otras causas, como el desplazamiento residencial hacia suburbios, y el comercio informal de DVDs que comercia con copias de películas que se anticipan a estrenos formales.

En la memoria histórica quedarán cines como el Capitol, Cinelandia o Folliest; butacas donde las parejas se tomaban de la mano, los espectadores silbaban o abucheaban, donde personajes conservadores censuraban a gritos escenas “eróticas”. El cine sirvió de vínculo entre diferentes generaciones que lloraron, rieron y aplaudieron simultáneamente. La función del cine es ésa, la de reflejar con emociones la vida misma. Pero la última función de un cine viejo es más que el recuerdo de infancias pasadas, y la importancia de éste en nuestras vidas, es el recuerdo de nosotros mismos.