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“Pasando el agua en el lago de Ilopango”

Johnny Benítez
Periodista

A pocos días para las vacaciones de Semana Santa, la mente puesta en salir y con la frecuente consigna que “turismo somos todos”, lo menos que se puede esperar al visitar el lago más grande de El Salvador es encontrarse con uno de los mejores escenarios que funcionen como gancho para la atracción de turistas. La realidad dice otra cosa.

Foto: Johnny Benítez

Existen cuadros como este que abonan muy poco a una apuesta turística de la zona.

La llegada a este monumento hídrico es sumamente accesible. Al tomar el desvío al turicentro “Apulo”, después de pasar por Ilopango, no hay más que curvas y descenso que permiten en mínimos momentos fijar la mirada en aquel enorme espejo azul.

Al final de la calle, después de pasar por pequeñas champas que orgullosas se presentan como restaurantes, obligadamente se llega al turicentro Apulo, que funciona como la apuesta más fuerte en materia de concentración turística. Sin embargo, el lago es más que un turicentro y como parte del medio ambiente, también es víctima de los cambios y comportamientos de la naturaleza. Eso se siente desde los primeros minutos.

Llámese “Stan”, contaminación humana o polución, el lago de Ilopango parece brillar más por el recuerdo que por su actualidad. Existe una mezcla de añoranza y tristeza ante aquellos terrenos que un día brillaron como complacientes anfitriones para los huéspedes más exigentes y hoy luce dolido por la inclemencia del agua que durante días se apropió de un verde que no estaba preparado para pertenecerle.

Un rótulo que difícilmente identifica que se está por llegar al turicentro, más olvidado que dañado, es señal de que no se está del todo preparado para recibir visitantes. Los detalles cuentan. El abundante polvo y las calles en mal estado hablan por si solos de lo difícil que se debe tornar la situación en el invierno copioso de los últimos años.

Con todo esto, el daño más evidente lo registra el aumento en los niveles de agua del lago producto de la obstrucción del desagüe a raíz de los terremotos del 2001. Si bien el Gobierno ya finalizó los trabajos de drenaje del lago, las cicatrices de sus riveras aún están frescas y la humedad de sus orillas se mezcla con desperdicios y olvidos de quienes en algún momento hicieron de este lugar su opción paradisíaca para el esparcimiento. Aquí se huele a soledad.

Con un sol pleno, como intentando ayudar a una mejor apreciación, recorrer las orillas del lago conlleva escenas añejas de artículos en desuso, propiedades en venta y muy poca afluencia para un sábado por la tarde. Según los lugareños, existen muchos ranchos que tienen meses de estar a la venta sin que hayan observado cambios. Seguramente este sol pudo iluminar más sonrisas en otras épocas.

Para la gente de la zona, han tenido que vivir meses con el agua literalmente en la puerta de sus viviendas y aunque se llegaron a acostumbrar, también son conscientes de que no sólo el agua ha bajado hoy en día, también mucha de la belleza que acompañaba al lugar.

Los paseos en lancha son fuente de ingresos para algunos; sin embargo, no se observa a nadie navegando por estas aguas que alcanzan los 230 metros de profundidad y donde más de alguno entro y jamás salió.

Muchos de los embarcaderos de las propiedades adyacentes están destruidos por el tiempo y por el agua, así como muchos de los elementos que daban brillo al lugar y que tendrán que pasar por la venia del tiempo para poderse recuperar.

Hay mucha basura que también huele a vieja, un desorden que no es provocado por la intervención humana sino como consecuencia de días difíciles que parecen continuar.

No se trata de dibujar panoramas desalentadores. La estadía no duró más de una hora, pero fue suficiente para percatarse que las heridas en el lago están abiertas y el proceso de curación no es tan rápido.

Lo cierto es que al visitar el lago no hay mucho de que alardear, y aunque diferentes instituciones proclaman su mejor esfuerzo y apuestan por una rápida recuperación; hoy por hoy, lo que se observa es el reciente paso de una ola difícil de controlar, pero que en realidad apenas se “está pasando el agua”.

 

 

 

 

 

 

Lago de Ilopango
 

 Extensión 72 kms2

• Está rodeado por los departamentos de San Salvador, La Paz y Cuscatlan

• La profundidad máxima ha sido medida en más o menos 230 metros

• También es conocido como lago de “Apulo”

• Los terremotos del 2001 taparon el desagüe del lago y sus niveles aumentaron considerablemente

• Las obras de mitigación para drenar el lago costaron más de 14 millones de dólares

• Los fondos provienen del Programa de Descontaminación de Áreas Críticas ejecutado por el MARN

   
 
Vínculos relacionados
 

Ministerio de Turismo

 

Ministerio de Obras Públicas