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Ecos de crisis en el cafetal

Carlos Najarro
Periodista

Es la segunda semana de noviembre y el café uva, como se le conoce en el lenguaje caficultor, está en su etapa de madurez. Una angosta calle de tierra me lleva al cantón Flora María Rivas, en busca de cortadores de café para observar una jornada de recolección selectiva del fruto.

Foto: Carlos Najarro

La niñez participa en la recolección del café, actividad que permite que todo el grupo familiar obtenga ingresos económicos en el campo.

Si de ubicación geográfica se trata, me encuentro al sureste del departamento de Santa Ana, en la cordillera Apaneca-Ilamatepec. He dejado atrás una decena de fincas, pero mi objetivo es llegar a la hacienda central de uno de los productores más grandes de la zona, hablo de Roberto Mathies Hill. Su empresa, J. Hill y Cía S.A. de C.V., exporta un promedio de 80 mil quintales de café al año; una cifra importante para el sector agricultor de El Salvador.

Antes de arribar a la finca, soy testigo de las secuelas de la última crisis cafetera que se inició en el 2000: a mi derecha puedo ver casi tres manzanas que solían ser de cafetales, y ahora se han convertido en cultivo de pimienta y canela. Estas parecen tener problemas, porque algunas plantas se están secando, sobre todo las que se han sembrado a la orilla de la calle. Unos 400 metros más adelante, me saludan cientos de ramas de cafetos con sus frutos quemados por el sol. Me pregunto por qué los cortadores olvidaron estas plantaciones. Bajo mi mirada hasta el suelo y me sorprendo aún más, yacen como abono miles de café uvas. El abandono de los cultivos en las faldas de la cordillera dibuja un paisaje oscuro para la producción cafetera.

Presiento unas ráfagas de misterio en aquella solitaria calle, los árboles me han apresado y me he olvidado de la civilización. Por estos caminos es muy fácil perderse, uno cree que son los lugares perfectos para cometer un crimen sin que nadie se dé cuenta. La inseguridad me tiene nervioso, no aguanto las ansias de pedir orientación a algún lugareño.

Según mi reloj, pasaron más de 25 minutos antes de que divisara a una mujer de unos 65 años que salía de una vereda. Con una voz suave me saludó, “faltan menos de un kilómetro para llegar a la finca El Paraíso”, informó. Su nombre es Luz de Jesús Méndez y, por simples coincidencias de la vida, me comentó que su hija y sus nietos cortan café en esa misma propiedad. Sin pensarlo mucho, ofreció su compañía para poderme guiar por aquellos cafetales.

Las 12 fincas de Mathies

Un gran portón azul y un pequeño letrero al costado que dice: “Finca El Paraíso”, da la bienvenida al territorio del latifundista que domina la mayor parte de la producción de café en el cantón. Mathies Hill posee otras 12 fincas en la cordillera Apaneca-Ilamatepec, según Raúl Albanez Perdomo, un “capolar” de 35 años, encargado de dirigir a una cuadrilla de cortadores.

Don Raúl, como le dicen los demás trabajadores, me presenta al escribiente, Felipe Linares. A sus 46 años, es el que lleva la contabilidad de los salarios de 180 cortadores que conforman las cinco cuadrillas de la finca. Con un tono amable informa que todo el personal está repartido por las más de 120 manzanas que le pertenecen al patrón. Este último no se encuentra, así que Linares es quien autoriza la entrada a los cafetales para observar el trabajo.

Luz de Jesús asume el papel de guía. Ella quiere presentarme a toda su familia para que pueda convivir unos minutos con ella y les tome fotografías. La mujer toma la delantera, mientras yo voy observando cada rama cargada de café maduro de gran tamaño y color rojo intenso.

Desde lejos los cafetos se ven pequeños, pero cuando camino por aquellos surcos algunos sobrepasan los dos metros. La diferencia es muy notoria si los comparo con las plantaciones que vi al inicio, antes de llegar a la finca. En estos momentos, estoy entre los cultivos de media altura, a unos mil metros sobre el nivel del mar. Esto lo confirma Jimy Mancía, un joven de 20 años, quien corta las “uvas” con destreza. “Este grano de media altura junto con el de altura son los que se compran mejor, es el que le dicen café Bourbón”, explicó Mancía.

En el mercado actual, el café salvadoreño se compra a 106 dólares el quintal. Cuatro arrobas hacen un quintal, pero lo más que está ganando un cortador es un dólar con diez centavos por arroba recolectada. En la finca El Paraíso, se está pagando esa cantidad a todos los trabajadores, pero no incluye almuerzo; a pesar de esto, la mayoría de habitantes del cantón Flora María Rivas prefieren trabajar con Roberto Mathies, porque es el que mejor paga en la zona.

La vereda por la que caminamos con Luz se vuelve más inclinada. Según sus corazonadas, faltan pocos metros para llegar dónde está su familia. En el trayecto he visto un buen número de niños que acompañan a sus padres, casi todos juegan y se divierten, son muy pocos los que cortan. Memo y Wilbert, de 8 y 10 años respectivamente, juegan a ser vaqueros con unas ramas secas. Su mamá, Reina López, de 32 años, les pide ayuda para cortar más café; los pequeños se niegan y corren con gran libertad entre los arbustos.

Justo a las once de la mañana llegamos a los surcos donde le ha tocado cortar a la familia Méndez. Saludo primero a Marta, de 40 años de edad, hija de Luz; en seguida a Salvador Retana, de 41 años, esposo de Marta y, por último, a Iris, de 16, y Glenda, de 17 años, hijas de Marta. Todos y todas son muy risueñas, no muestran cansancio, reflejan unión y solidaridad. Puedo sentir lo áspero y lo pegajoso de sus manos cuando me dan la bienvenida, la suciedad es parte del trabajo. A un costado de donde se encuentra Salvador, descansa un saco de café que está a punto de llenarse; es el segundo que completa la familia Méndez en lo que va de la mañana, aunque se quejan de lo tarde que empezaron el día.

La ganancia del grano verde

La finca se abre a las cinco y media de la mañana, y el cierre se hace a las tres de la tarde para proceder a pesar los sacos. Los Méndez le sacan provecho al tiempo, porque, según afirman, el día de ayer lograron cortar 28 arrobas. Todos tienen una gran experiencia en el oficio. Los pulgares de Marta se mueven de forma ágil en las ramas, con sólo deslizarlos sobre las uvas de café hacen que éstas se desprendan y caigan en el canasto. La marimba, cincho de tela que se coloca alrededor de la cintura y que sostiene la canasta de mimbre, luce tensa por la gran cantidad de fruto que Glenda ha recolectado. De repente ella deja de cortar y se dispone a limpiar su café. Bota las ramitas, las hojas y cualquier basura que se ha mezclado con los granos; el café verde lo guarda en su delantal, porque lo llevará a su casa para ponerlo a secar, puesto que en la finca no lo necesitan por el momento.

El sobreesfuerzo viene a la hora de cargar el saco lleno, para llevarlo a la hacienda en donde los dejan listos para pesar. Esta labor está reservada sobre todo a los hombres, quienes soportan la carga en su espalda bajo el sol de la tarde. No obstante, hay mujeres que no necesitan de varones para trasladar los sacos.

El proceso de recolección selectiva del café es dinámico, pero a la vez forzoso. Este necesita de la participación de muchas personas, por eso el sector cafetalero reclama bastante mano de obra para esta época del año. En el cantón Flora María Rivas existen pequeños productores que pierden cantidades importantes de café, porque ya no hay suficiente personal que se dedique a las cortas. “Cuando yo estaba cipote venía gente de Chalatenango y de oriente a estas fincas; ahora sólo gente de este cantón trabaja. Los muchachos de hoy ni sembrar un palo pueden”, dice Rafael Santos, agricultor de 68 años.

Los fenómenos de la industrialización y las remesas han opacado este cultivo tradicional. Una buena parte de los jóvenes prefiere trabajar en las maquilas o marcharse a la ciudad y abandonar el campo.