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Inocencia responsable

Vanesa Nóchez
Periodista

Es un lunes. El reloj marca las cinco de la mañana, y en una champa de lámina y cuartones de madera, a las orillas de la línea del tren en el Barrio San Esteban, de Ciudad Delgado, San Salvador, Edwin Rodríguez, de 11 años, enciende la luz. Tiene que comenzar su jornada de trabajo como vendedor de periódicos.

Cada mañana, Edwin compra 35 periódicos: 25, de El Diario de Hoy, y diez de “MÁS”. El vendedor es delgado, de tez morena, baja estatura y ojos cabizbajos que dejan ver una gran tristeza. Su vida es difícil. A su corta edad, ya es un adulto por toda la responsabilidad que pesa sobre sus hombros.

A las seis de la mañana, el pequeño está en la esquina de La Salud, un lugar muy conocido en Ciudad Delgado. “Diarios, diarios, el dioy, el Más,” grita, mientras acomoda en el piso el resto de periódicos. “Tengo dos hermanos, David y Ricardo”, cuenta al tiempo que no puede evitar un bostezo. “Hoy todavía quisiera estar dormido en mi camita. Mis hermanos se quedan dormidos, pero si no trabajo no como, y mis hermanos tampoco. Yo, a veces, extraño a mi mamá. Ella era la única que me quería y cuidaba, mi padrastro tomó veneno, porque la gente le decía que mi mami lo engañaba, pero eso era mentira. Aunque él era borracho y me maltrataba, a veces mi mamá lo quería y respetaba; yo creo que era porque le tenía miedo”, comenta y entrega el cambio a una mujer que pasó a comprar un periódico.

Son las ocho de la mañana. El movimiento en el barrio es fuerte. Los vendedores de CD’s piratas tiene el volumen de la música alto. “Al menos aquí no me duermo, y tampoco me aburren las canciones que ponen, son bien chivas,” dice Edwin, sonriendo. El sigue gritando para que la gente sepa lo que vende. Realmente no es necesario, pues las personas lo conoce. Originalmente quien vendía los diarios en esa esquina era su tío Ricardo, conocido como la “Ricarda”, aunque primero fue el padrastro.

A la mamá la mataron los mareros, cuando trabajaba con su tía abuela Yamileth, dueña del comedor que está cerca de la venta de periódicos. “Me acuerdo bien, porque todavía la extraño”, confiesa el niño sin poder evitar llorar, pero él es fuerte, se recupera y rápidamente continúa el relato:

“Era un 5 de febrero, como a eso de las 12 del mediodía. Me estaba terminando de arreglar y a mi hermanito también para ir a la escuela, mi tía Xiomara estaba con su novio y me mandó a pedirle tortillas a mi mamá, antes de irme, porque su novio tenía hambre. Salí de la champa corriendo, en eso vi que mi mami venía con un montón de platos de comida, más atrás venía un pick up con la música a todo volumen. Al otro lado de la línea, cerca de mi mamá, venía “El Comadreja”, un marero muy conocido aquí en el barrio. De repente, del carro empezaron a disparar. Una y otra luz se veía salir de la ventana. Primero cayó al suelo mi mamá, luego “El Comadreja”. Yo pensé que mi mamá estaba en el suelo, porque tenía miedo, pero cuando empecé a correr y llegué donde ella estaba, había un charco de sangre y tenía un hoyo en la cabeza”.

La imagen de la muerte de la madre está fresca en su memoria. Edwin agacha la cabeza y dice con alegría al tiempo que vende otro periódico: “Al menos ella me cuida desde el cielo, porque mí tía Xiomara dice que mi padrastro está en el infierno”.

La protectora

Son las 9:30 a.m.. Una mujer, ya entrada en años, saluda a Edwin y le pide un Más. “Aquí te traigo una fruta, y unos juguitos para que los compartas con tus hermanos”, le dice alegre. La reacción del niño no se hace esperar, los pequeños ojos parecen que se salen de sus órbitas de tanta felicidad. “Gracias niña Margarita, Dios se lo pague”.

“Mire”, me dice. “¡Ya ve que mi mamá me cuida!”. Luego hace una pregunta: “¿Sabe con quién me quedé cuando mi mami se murió?”. Silencio de mi parte.

¿Con quién te quedaste?, le digo.

Con mi tía Ricarda, era hombre, pero le gustaba que le dijéramos tía y la tratáramos como mujer, contesta.

A Ricarda la mataron en un baile del centro de San Salvador, en mayo de 2006. “Él nos quería, nos trataba bien, y compraba lo que mis hermanos y yo necesitábamos”, recuerda el menor.

Ya son las diez de la mañana. El sol está fuerte y la venta de diarios está por terminarse. Edwin se encuentra preocupado, porque a esa hora ya tendría que haber finalizado, “si no vendo, mi tía Xiomara no nos da de comer y Yamileth se enoja, porque dice que ya está cansada de nosotros”.

“Menos mal que no estoy en clase, porque sino me tocaría peor. Cuando hay clases tengo que arreglar a David, él tiene cuatro años y medio. Va al kinder, así que cuando yo me voy a la escuela me lo llevo”, dice el pequeño vendedor.

Edwin y David estudian en la Escuela Juana López, a unos 200 metros del lugar en el que viven. A Ricardito, de año y medio, le da de comer antes de irse al centro de estudios, porque a Xiomara no le gusta atenderlo y menos cuando está con el novio.

Armando Reyes, residente de la zona, dijo que cuando van a la escuela Edwin se vuelve todo un adulto: “toma de la mano a su hermanito, y no lo suelta hasta que entran a la escuela. Este niño si que cuida a sus hermanos, es muy trabajador y responsable, aunque en la escuela no es muy aplicado, apenas va ir a cuarto grado el otro año”.

A las 10:30 el último periódico fue vendido. Edwin cuenta el dinero, y saca un dólar con cinco centavos. “Es la ganancia que le entrego a mi tía, por todo lo que vendo”, me dice y se despide. “Gracias por acompañarme, si puede vuelva pronto para que sigamos platicando”. Y camina directo a las líneas del tren hasta que lo pierdo de vista.

 

 

 

 

 

 
En situación vulnerable
 

Más de 2 mil niñas y niños deambulan sólo en la zona metropolitana de San Salvador, expuestos a muchos peligros.

Los menores crecen drogándose y vendiendo su cuerpo para vivir.

Edwin podría ser un niño como ellos, un niño sin ilusiones de mejorar su vida. En su inocencia aún no alcanza a comprender que la niñez la está perdiendo entre responsabilidades de adulto.

Hoy, a su corta edad, funge de padre de dos niños, sirviendo de ejemplo a todos los padres irresponsables y dando una luz de esperanza a quienes piensa que la vida se termina cuando alguien que amamos nos falta.