Las corrientes de pobreza mandan en El Salvador
Loyda Salazar
Periodista
En la orilla del río Acelhuate, en San Salvador, cientos de familias viven sin los servicios básicos. Esto no impide que la vida continúe bajo la estela de la contaminación y la vulnerabilidad.
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Foto: Wendy Peña |
Halar agua del Acelhuate es normal sí no hay servicios básicos en las casas. La salud es la primera que sale perdiendo. |
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En la época seca en nuestro país, el clima se vuelve fresco la mayor parte del tiempo y las lluvias escasean. Todos los fines de semana, Eduardo López, de 8 años de edad, junto a sus hermanos, Julio y Mario, de 9 y 4 años respectivamente, se atrincheran en el sillón de la casa a ver los partidos de su equipo favorito: El Barcelona. El televisor, colocado sobre una vieja silla de madera sin asiento, recoge la mirada de los tres pequeños que con atención y sumo cuidado esperan la llegada de los goles.
La casa, de madera y lámina, es un sólo cuarto dividido por cortinas que hacen las veces de paredes y divisiones: una parte para comer, cocinar y ver televisión, y la otra para dormir. De repente, la casa se inunda de un extraño olor, ¿a lodo podrido, aguas negras, basura? Son las posibilidades a partir de lo que se percibe. “Viene del río”, afirma tajante Eduardo, tras dirigirse hacia la ventana de la casa. Su mirada observa el cauce del Acelhuate y las violentas aguas que recorren los 706 kilómetros cuadrados que lo conforman.
La vivienda de la familia López, al igual que muchas más, está en la colonia “El Granjero”, en San Salvador, a la orilla del río, uno de los más contaminados de nuestro país. El Acelhuate se forma a partir de la confluencia de los afluentes Hiloapa, Matalapa y El Garrobo en el sector sureste de la ciudad de San Salvador, a la altura del Parque Saburo Hirao. Es conocido por las autoridades que en las riberas existen muchos asentamientos de comunidades que no cuentan con servicios básicos, como agua potable y alcantarillado sanitario. En consecuencia, se da una deterioro de las condiciones de vida y aumenta la vulnerabilidad por el uso que dan al agua.
La subcuenca del río recibe desde su nacimiento desechos sólidos, industriales y domésticos, aguas grises y negras, y en su recorrido arrastra animales muertos y grandes cantidades de basura proveniente de botaderos a cielo abierto.
Desde afuera de la vivienda de los López se puede ver una de las más impresionantes escenas de la realidad de El Salvador. Familias completas que realizan varias de sus actividades cotidianas a la orilla del río: las muchachas acarrean agua hacia el interior de las casas, agua que será utilizada para cocinar o beber; los niños se bañan o del otro lado de la ribera hacen sus necesidades fisiológicas; las madres de familia lavan la ropa, y algunos hombres cuidan ganado. Todos y todas se encuentran revueltos con los cerdos y envueltos en aquella peste que domina el ambiente.
Zona de juego
Los niños y niñas, entre juegos y algarabía, cruzan el río a través de las piedras que unen las orillas. Llegar al otro lado no es tarea fácil. Las piedras están lisas y resbaladizas, cubiertas de moho y lama, y algunas, más pequeñas, casi no se miran pues el agua las cubre. Más de algún competidor ha resbalado y caído en las negras aguas. Las mujeres platican amenamente, ríen y regañan a los pequeños. “Estamos acostumbrados a vivir así. Después de tantos años uno aprende a aceptar la posición que le tocó en la vida”, comenta Marina Torres, habitante de “El Granjero”, mientras recoge la ropa lavada e indica a sus hijos que es momento de regresar a casa.
Además de la difícil situación diaria, las familias deben padecer otras consecuencias como enfermedades gastrointestinales -cólera, diarrea-, y dengue, ya que el control sanitario en la zona es pobre. Más allá, en las casas del otro lado, se mira una fila de personas que caminan en orden y despacio. Cuatro hombres cargan una caja de madera, rústica, pequeña, pintada de color café, sin brillo, y en el frente tiene una cruz que reza: “QDDG” (Que de Dios Goce). Atrás, las mujeres lloran.
La gente para la actividad. Muchos han cruzado al otro lado para enterarse de lo sucedido. “Es Miguelito”, dice alguien.
“Pobre Miguelito, lo venció el dengue”, afirma momentos después la misma persona.
Miguel Parada, de 7 años, yacía en la caja, tras diez días de luchar contra el dengue hemorrágico, una enfermedad que superó las defensas de su débil cuerpo. El cortejo fúnebre se aleja. La gente regresa poco a poco a retomar su labor sin dejar de comentar lo sucedido. De súbito, el cielo se ha puesto gris y una suave brisa cala en los rostros de todos, de los que aún observan, conmovidos, la caja que a la distancia va perdiendo su forma, su color y su contenido.
De la casa de los López se escucha un bullicio y un griterío. Parece que el partido ha terminado. Este sábado 4 de noviembre, muchos han perdido. Los equipos de fútbol español Deportivo la Coruña y Barcelona terminaron empatados a uno en un encuentro táctico en la primera media hora y muy vivo en la segunda parte, en el que los catalanes se adelantaron con un penal transformado por Ronaldinho y que los gallegos igualaron con otra pena máxima.
Los hermanos López salen de casa con su balón de futbol a poner en práctica lo que han aprendido de sus ídolos, mientras su vida transcurre en el mismo lugar y con los mismos peligros que ya han arrebatado muchas vidas. |
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