Una mujer con alma de poeta
Comunica
Comunica rinde respeto a la obra de Silvia Elena Regalado, nacida un 31 de agosto de 1961 en San Salvador, aunque ella se reconoce como de Santa Tecla, ciudad en el departamento de La Libertad.
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Foto: Silvia Elena Regalado |
El ser poético cruza toda el alma de la escritora que participa en eventos nacionales e internacionales. |
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Los poemas que transcribimos a continuación pertenecen al libro titulado “Desnuda de mí”, excepto los dos primeros que vieron la luz en diciembre de 2006. La escritora es la directora de la Unidad de Cultura “Roberto Armijo” de la Universidad Tecnológica de El Salvador y ostenta cinco premios Nacionales de Poesía: El Wang Interdata de CONCULTURA, en 1991; “Alfonso Hernández”, 1993; “Juegos Florales de Mujeres”, 1993; y “Juegos Florales de Oriente”, 1993 y 1994.
Silvia Elena es energía pura, y su pasión por la vida toma la palabra en su obra.
Este año me dio vida y me dio muertes, y después de las
muertes, también vida. Cierro su ciclo con esperanza y
con la alegría del amor y el trabajo. Me abrazo a
ustedes con el compromiso de quererme y
de quererles.
Un 2007 de caminos, de casas,
de puertas y de ventanas para ver todo
lo que amamos.
Diciembre de 2006.
Regresar al ayer, al origen,
saber quienes somos desde la raíz
de nuestro tiempo.
Saber que somos uno
y somos todo
y que no somos en el desamor,
ni en la indiferencia,
ni en la injusticia.
Saber lo que somos cuando soñamos
y cuando somos capaces
de construir esos sueños
con otras manos y con otros sueños.
En amores de colores
y en blanco y negro...
Ser/Diciembre de 2006.
Reconstrucciones
Papá no estuvo ahí
para ser buenos días.
Partió mamá
cuando mis cinco años
eran sólo muñecas
y colores
que no sabían dibujar
los abandonos.
El tiempo me obligó a crecer
al margen de la niña
que se detuvo un día
a saltar las circunferencias
de aquel parque,
ignorando
que merecía ser amada.
Abuelo
Tu gabacha era blanca,
tu tijera cortaba
para nuestro sustento.
La historia de tu vida la escuché de mi abuela:
Tu madre cocinera murió en la pobreza;
la muerte se burló hasta dejarte solo.
Vos seguiste esperando.
Un día te encontramos
-mi abuela fue la clave-.
Años después lo supe...
Abuela me contaba de vos,
a mí no me importaba,
habría sido igual cualquier historia.
Yo jugaba en tu amor,
Era una estrella
Una niña sentada en tus piernas, dueña del mundo.
No te escuché nunca un “no” que me cercara.
Escribías libertad
en tu escuela nocturna
Y me enseñaste a deletrearla.
Ahora guardo tu historia,
vuelvo a tu amor,
encuentro claves.
No hubo adiós entre nosotros.
Seguís cortando
niebla, distancia
...Salvándome
desde siempre
con tu amor.
Amor humano
Quisiera quererte sin mis defectos,
posarme en tu mano
con la levedad de las mariposas.
Pero esta gracia de vivir
se ha hecho de carne,
se ha armado ósea
para sostener la esperanza y la angustia de cada
paso.
Me ha vuelto imperfección
para encontrar la armonía de lo perfecto.
Ha cargado toda la gravedad
sobre mi espalda
para empujarme al sentido de la lucha,
a la emoción vital de levantarme,
inventarme alas,
volar con mi beso hasta tus manos
y quererte con la desmesura
que emerge de la carne
de la emoción vital
de la risa
del llanto
del todo
de la nada.
Nunca más
Sangra la herida
donde resucita
el rostro de los muertos.
Mi noche se habita de sus nombres
y recorro las ciudades,
el dolor escondido,
la amargura,
la impotencia de no llamarnos dioses,
para nombrar la vida
a quienes duermen debajo de la tierra.
Llueve la humedad de tanta sangre
y alzo tanta voz hasta los cielos
para que nunca más
vuelva a oscurecernos
otra guerra.
La poesía
I
La poesía y su rastro
de humedad y de sombras
su fiero debatirse por la vida
la herida de su luz
su voz
su abismo...
II
Infinita materia
callada piel que envuelve
el grito del amor
el de la angustia.
Código que se intuye.
Todo final es
un principio:
el misterio del mar
en una lágrima
y en la palabra humana,
el universo.
III
La poesía es mi casa
más profunda y más grave,
la sal diluida
en la espuma de un beso.
La poesía es designio
de un destino de mares,
una ruta de vientos
condenada a mi sangre.
IV
Me brotó la palabra,
la intuí
en la expansión de su tiempo.
Me dejó respirarla
y fui
su eco.
La hice mía.
Me habitó,
y después de la lluvia,
del filo de su beso
supe que nunca
esa palabra entrañable
fue un ápice mía,
que era yo
íntegramente suya,
habitada por ella.
V
A veces me abandona
tu desnudez redonda
de vocal florecida.
Tu atardecer felino
sólo humedece
mis labios que te buscan.
Me asusta perder
la infinita ternura de tu fuego,
pero volvés
absuelta del desamparo
a derramar tu viento:
y yo me enciendo,
Poesía,
sólo para ser tuya. |