Los Acuerdos de Paz que no terminan de llevar paz
Sandra Moreno
Editora
Los 15 años de la firma de los Acuerdos de Paz puso a prueba el sistema político de El Salvador. Es evidente que la confrontación sigue, y como siempre la población civil lucha por no perder la esperanza de vivir en una sociedad más justa y democrática.
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Foto: Adela Soriano |
Los grupos de la sociedad civil aprovecharon el aniversario para recordar que la paz se fundamenta en la justicia. |
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Un sacerdote prefirió el anonimato a la hora de hacer su comentario sobre la influencia de los Acuerdos de Paz en su vida, tal vez al leer lo que piensa entienda sus razones. El, en primer lugar, dijo que admira la capacidad de la derecha para revertir a sus propósitos particulares (privatizaciones, desnaturalización de la Policía Nacional Civil, etc.) lo que pretendían los Acuerdos “que parecían algo así como la nueva independencia del país”, expresó el religioso.
Además resaltó el aprovechamiento e ingenuidad de la oposición, aglutinada o agrupada en el FMLN, “el aprovechamiento personal de muchos de los que parecían tener convicciones de idealismo, pero que sucumbieron ante los cañonazos de los dólares, ( el ex comandante de la guerrilla Joaquín) Villalobos y cía, y luego la ingenuidad de la mayor parte de la oposición, y quizá estoy entre ellos, al pensar que todas las personas iban a trabajar de buena voluntad por reformar el país y en beneficio de los pobres”.
Significativa es la palabra elegida por el Ing. José Ramón Cornejo para que captemos el sentimiento que lo embargó hace 15 años. El participó en los festejos realizados en la capital, tanto para la firma el 16 de enero y el 1 de febrero de 1992, cuando entraron en vigencia los mismos. “Salí de El Salvador becado al exterior la segunda semana de febrero, y regresé a finales de mayo de 1992. Fue una sorpresa enorme encontrar cambios significativos... mucha gente transitando a altas horas de la noche, la apertura del comercio, el acuartelamiento del Ejército, la guerrilla concentrada presta a desmovilizarse, etc.”, recuerda el Ing. Cornejo, a quien le parecía increíble encontrar que la Guardia Nacional y la Policía de Hacienda prácticamente ya no funcionaban oficialmente; y los preparativos de la Policía Nacional para ser relevada por la naciente Policía Nacional Civil. Era el adiós a los cuerpos de seguridad que habían amedrentado a toda la población, estuviese o no involucrada en el conflicto.
El considerar a la persona humana como centro de cualquier actividad es una de las lecciones aprendidas que este profesional atribuye al documento que volvió actualmente a enfrentar a las principales fuerzas políticas del país, la derecha y la izquierda, pues cada una hace su propia lectura de ese momento histórico. ¿Pero qué piensa la gente? Ante la inquietud, Comunica entrevistó a la ciudadanía.
Cornejo vuelve a tomar la palabra: “Creo que puede considerarse ejemplares por haberse cumplido, especialmente en lo que se refiere al cese de la acción armada, pero con algunos defectos como el no haber considerado a las y los afectados por el conflicto, a las y los civiles”.
El déficit
Luego de tomarse su tiempo, la socióloga Candelaria Navas expresó que los cambios que trajeron, en general, han sido propios del régimen político institucional. Libertades y derechos individuales, tales como la pluralidad de pensamiento, la expresión, el tránsito y la movilización. Es decir, aquellos aspectos referidos a las democracias formales y que consumieron los mejores esfuerzos de los compromisos plasmados en los Acuerdos de Paz: el cese al enfrentamiento armado, la “desmilitarización” del aparato estatal y de la sociedad, los partidos políticos y las elecciones y, en alguna medida, la vigencia de los derechos humanos.
Sin embargo, el problema, a nivel personal, sostiene la también catedrática de la Universidad de El Salvador, surge al contrarrestar las expectativas respecto a sus alcances, “ya que el proceso ha sido insuficiente para encaminarse a la satisfacción plena de las necesidades prácticas y estratégicas de mujeres y hombres, y al fortalecimiento de bases sólidas que superen los conflictos sociales sentidos, como el de las relaciones inter e intra genéricas, aparte de las condiciones de violencia social, inseguridad e intranquilidad”.
Con todo y todo, Silvia Matus, trabajadora de la organización de mujeres Mélida Anaya Montes, dice que jamás olvidará el gran alivio que sintió al saber que la guerra se terminaba. Era poder regresar al país legalmente, ya que estaba en el exilio y en la militancia, y poder reunirse con la familia, a la cual tenía años sin ver, “significaron esperanza también de una mejor vida para todas y todos los salvadoreños, cosa que seguimos esperando”, confiesa la feminista.
Igual sensación tenía la abogada Yolanda Guirola. Ella veía la posibilidad de iniciar el camino hacia una vida libre de violencia, de respeto a los derechos humanos de las personas, de esperanza y confianza en que el dolor causado por la desaparición de los seres queridos, podría superarse ante los cambios que los Acuerdos de Paz prometían. “Al fin, me dije, el sacrificio de tantas vidas valiosas se verá recompensado. Pensé con optimismo que tal vez ahora podría dejar de sentirme avergonzada, de ser sobreviviente de una guerra que dejó tanto luto y dolor”.
El optimismo todavía hace mella en Guirola ante lo que vive en el 2007, “después de 15 años, mis expectativas, con algunas excepciones, siguen siendo las mismas”.
Por su parte, el periodista y profesor René Contreras supo de nuevo lo que era leer sin miedo a que le decomisaran sus libros o lo delataran, además de sentir la libertad de decir “las cosas que considero adecuadas en las clases sin el temor que un alumno pase el reporte a los servicios de inteligencia, y que luego vinieran las repercusiones”. Y haciendo una evaluación breve del actuar de la clase política del país, expresa que le han dado la oportunidad de conocer el pragmatismo que aplican en condiciones de compartir el poder e irse abriendo camino a como dé lugar.
Forma de ser que ha sabido captar la poetisa Aída Parraga. Parte de su respuesta está en poema...
Hay una generación
que aprendió a besar entre las balas,
que hizo su primera comunión
en los velorios.
Una generación que se acostumbró
a la muerte,
al sabor de la sangre,
al estruendo de una tormenta de odio,
noche tras noche,
a no tener miedo.
Ya no somos los mismos,
el trueno se calló una tarde
en el palacio de los niños mártires.
¡Terminó la tormenta!
Ya se pueden besar y hacer comuniones blancas,
y nosotros,
¿cómo nos borramos el olor de la muerte?
Pienso en esa guerra
que a todos nos persigue
de tan distintas maneras.
“Es tiempo de olvidar”
han dicho hermosas palomas blancas...
Pero, ¿qué saben las palomas
del sabor de la sangre,
del olor del grito a plena noche?
¿Qué saben,
si ellas amanecían en sus nidos
y los hombres en las barrancas?
“Creo que los que crecimos en la guerra tenemos heridas que no cicatrizan con tinta”, afirmó Parraga. Es directa a la hora de calificar lo hecho por los hombres y mujeres que tuvieron y detentan el poder: “Nunca fui militante de ninguna ideología, pero confronté la posición de ambas y tuve la certeza de que la guerra no terminaba en ese momento... Así fue, todavía en este país las cosas no son como deberían. Dicen algunos que ha mejorado, pero basta con ver por las ventanillas de los autos y autobuses para darte cuenta de que no es así, al menos no para todos”.
Entre las pruebas que esgrime está que los mismos sectores económicos y políticos que en aquellos años abogaron por la firma de un cese de las hostilidades, no cambiaron, sigue el discurso confrontativo, la agresión. Ejemplo: la derecha acusa a la izquierda de comunistas y terroristas, y la izquierda acusa a la derecha de reaccionarios y oligarcas. “Ni siquiera los que se estrecharon las manos y salieron en la foto nos dieron, ni nos dan, ejemplo de tolerancia, respeto o condescendencia”, sostiene Parraga.
La poeta piensa que vive otra guerra, una que no tiene más reglas que las del desorden social, en el fondo mejor organizado que nuestras instituciones. También trae a cuenta la inmigración que debería haber parado con las firmas de paz, en cambio se agudizó. Por tanto, según Parraga, la población salvadoreña parece tener menos oportunidades hoy que hace 15 años. En los 80`s, la gente se iba porque era perseguida, porque tenía miedo, porque alguien en su familia era amenazado, “pero ¿ahora? Ahora se van por lo mismo, porque tienen miedo, porque los persigue el hambre, la violencia, el desempleo, la angustia de no tener futuro y de deambular en un presente fangoso”.
Al final, ella se repitió la pregunta de la entrevista: “¿Cómo cambió mi vida con la firma de los Acuerdos de Paz?... Me dio la oportunidad de acercarme a la realidad salvadoreña desde sus dos extremos, conocer las dos posiciones que se enfrentaron, mientras muchos de nosotros quedábamos en medio y, sobre todo, aprendí que palabras como guerrillero, comunista, izquierda , jesuitas, burguesía, proletario, militar y otras no son insultos, no deben serlo”.
Los y las de en medio tomaron la palabra, ojalá sus voces lleguen a los oídos de las y los que dieron los discursos oficiales por la celebración de los 15 años de la firma de unos Acuerdos de Paz que todavía no terminan de ser una realidad en El Salvador. |
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