Un trabajo que obliga a usar seudónimo
Por:
Verónica Casco
Periodista
Quién no ha escuchado que cuando la necesidad económica aqueja a alguien, en los grupos de amigos y amigas se hacen bromas como: “Si no encuentro trabajo me voy a prostituir o como no tengo dinero voy a vender mi cuerpo”. Muchos se ríen y hacen ademanes recreando una escena de cómo se pararían o caminarían si un cliente les llega a solicitar servicio sexual. Sin embargo, para muchas mujeres este tipo de bromas se convierte en su realidad día a día.
El reloj señala que faltan 20 minutos para las 12, hora de almuerzo. Sandra se encuentra sentada en una silla de plástico roja y con la sonrisa que la caracteriza está degustando una minuta hawaiana, que es preparada con la escarcha y jarabe tradicional pero decorado con fruta y sorbete. Me acerco a ella y le pregunto:
¿Qué tal Sandra?
Bien por aquí
¿Qué tal el trabajo? ¿Ya vino algún cliente?
Sí, ya libré el día. Hice un momento (media hora) y cobré 10 dólares. Y esto que hoy vine tarde, como a las 10. Pero no importa como no tengo patrono que me mande, sino que yo solita me mando.
Sandra es su nombre de pila, como ella dice. Lo usa para no decir el verdadero, por temor a que su familia se dé cuenta que trabaja de sexo servidora. Según sus parientes, Sandra lava y plancha en casas ajenas. Sin embargo, ni lo que ganaría con este trabajo ficticio, ni el salario mínimo que le pagaban en una maquila le alcanzaba para la manutención de sus tres hijas y el hogar. Tampoco podía quedarse sin trabajo y sumarse al6.6% de personas desempleadas que la Organización Internacional del Trabajo (OIT) estima que hay en el país. Así que decidió algo práctico que le permitiera mejorar su ingreso económico.
Es así como esta mujer de 25 años, alta, voluminosa, de pelo largo y negro pero con las puntas amarillas que revelan que tiempo atrás lo tenía pintado de rubio, inició sus labores como sexo servidora. El 12 de junio de 2007 se ubicó en el Parque Centenario en San Salvador y en agosto, de este año, decidió posicionarse, junto a dos trabajadoras del sexo más, afuera de El Farolito. Aquí se encuentra todos los días de nueve de la mañana a cinco de la tarde. A Sandra no le gusta trabajar por las noches, porque considera que es necesario ejercer su papel de madre aunque sea a esas horas. Además, ha tenido malas experiencias con ese horario porque la asaltaron dos veces y en una de esas la quisieron apuñalar. A pesar de todo, hace una excepción los días 15 y 30 de cada mes porque asegura que crece la demanda de servicios. Está acostumbrada a cobrar de 10 a 12 dólares por rato lo que le alcanza para cancelar luz, comprar comida, pagar la escuela de una niña y el kinder de las gemelas.
El reloj marca las 12 en punto. El tráfico a esta hora es muy denso por la zona. Los pitos estridentes, el ruido de los aceleradores y el humo negro que sale de los escapes hacen más sofocante el calor del momento. Sandra ha terminado su minuta. Se para y busca un basurero para botar el recipiente vacío. Cuando se vuelve a sentar me dice que ahora es el turno para que ella me pueda cuestionar.
¿No tenés miedo de estar aquí?- me pregunta.
No- le respondo.
Estás en el lugar menos indicado para quedarte parada hablando.
Sandra se refiere a la esquina en donde trabaja, que es afuera del hospedaje El Farolito, uno de los moteles más limpios, en apariencia, de la zona. Es una casa de dos plantas, con sus paredes bien pintadas de color rojo y salmón. El portón, en horas de servicio, siempre se encuentra abierto y se alcanza a ver, desde afuera,al encargado que está en un cuarto pequeño donde tiene el registro de visitas.
En esa esquina -señala con el dedo- mataron a un amigo a balazos, en el tragante -indica cerca de mis pies- Encontraron a una de nosotras desmembrada, en el hospedaje Señorial, contiguo a El Farolito, mataron a otray aquí (en El Farolito) degollaron a un cliente hace unos años.
¿Ya le contaste que pagas renta? -interviene “Maic”, Orlando Miguel Miguel, un hombre de aproximadamente 45 años de edad que tiene 15 años de hospedarse en El Farolito.
Eso es otra cosa. Aquí a uno le cobran la renta. Nosotras pagamos cinco dólares a la semana por estar aquí y si uno no paga lo matan.
¿Ya lo viste pasar, gorda? -le pregunta Miguel, refiriéndose al tipo que les cobra la renta que es un pandillero.
Sí y nos está viendo ahorita. Contesta de manera nerviosa.
Se vuelve a poner de pie y ahora apoya su espalda en la pared. Se siente controlada por el cobrador. Sandra comienza a trasmitir un miedo comprensible, ya que la Policía Nacional Civil (PNC) informó en octubre que 228 mujeres han sido asesinadas en lo que va del año y que sus muertes están relacionadas con problemas entre pandillas.
“Es difícil la vida aquí, a una lo discriminan y hay días que se come y días que no”, dice Sandra. Sin embargo, no todo le ha ido mal. Aquí ha encontrado amigas que la apoyan y la ayuda de la organización no gubernamental Flor de Piedra que les brinda a más de 110 trabajadoras del sexo educación sexual y en derechos humanos.
Flor de Piedra considera que los factores que conllevan a este trabajo son: las actitudes sexistas, el abuso sexual, la vulnerabilidad económica, la dificultad para desarrollar otras profesiones y la falta de formación y de educación. YexeniaSegovia, impulsadora de talleres de educación sexual de Flor de Piedra,considera que el trabajo de estas mujeres es muy duro porque es un sector estigmatizado en donde la sociedad doble moralista niega la existencia de este rubro y, sin embargo, lo fomenta. Además, se ejerce en condiciones inseguras en zonas de alto riesgo, en locales sin garantías sanitarias y cuartos en los que quedan expuestas a la violencia de los clientes. Segovia considera la necesidad de que todas las sexo servidoras se organicen, lo antes posible como en Alemania, para pronunciarse y crear una ley que las incluya en el ámbito laboral. En Alemania, se legalizó en el2002 el trabajo sexual para evitar la discriminación que sufría este sector. Desde entonces, las sexo servidoras pagan impuestos, tienen acceso a seguro médico y a jubilación. Segovia indica que hay avances. Ellas se están reconociendo como trabajadoras sexuales y mujeres sujetas a derechos para que ya no las ignoren y así evitar la violencia del Cuerpo de Agentes Metropolitanos (CAM), la PNC y los dueños de los negocios.Sin embargo no todas, como Sandra, creen que la legalización pueda lograrse en el país.
on las 12:30 y Sandra ya no quiere seguir hablando, pero quiere dejar algo claro: “Deseo salirme de este trabajo pero lo que me detiene es que no encuentro otro en donde el salario sea mejor. En ningún momento le recomiendo a nadie que se dedique a esto, pero soy conciente de que esas son decisiones de cada quien y dependerá de las necesidades económicas que estén pasando”. Me da la mano y se despide con una sonrisa.
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