San Julián -Cuisnahuat: Trazos millonarios
Por:
José González
Periodista
El camino que conduce de San Julián (una población en el departamento de Sonsonate, al occidente del país) hasta Cuisnahuat no solo es transitado por los habitantes y el polvo. Cuadrillas de topografía –equipos de cuatro personas encargados de medir el terreno – trabajan cada día en él. Antes de construir una calle son necesarios varios esfuerzos, los cuales la mayoría ignora al admirar el nítido acabado de un pavimento virgen.
Son las nueve de la mañana. El pick up viaja sobre la carretera Panamericana en dirección a Santa Ana. Cerca de Lourdes, en el departamento de La Libertad, los trabajos de construcción sobre la autopista detienen el tráfico. En la cama, tres hombres de aspecto sencillo, pequeños y morenos, templados por el sol y el viento aprovechan para descansar. Tirados a su lado, un trípode, la matata de fibra sintética llena deestacas, una almádana y la caja anaranjada que protege la estación total les hacen compañía. En la cabina, Manuel Retana narra las aventuras de su profesión, mientras la larga oruga sobre ruedas avanza lenta, despidiendo olor a combustible quemado.
“Allá en el cantón El Zapote me pasó un problema. Fuimos a delimitar un terreno, por una sentencia que había dictado el juez de paz de Tonacatepeque”, mientras habla, apenas mueve el volante con sus fuertes brazos, poblados de un vello blanco que corona la piel rojiza, curtida por años de trabajo de campo. “Me salió un gigantón: fornido con tamañas patotas. ‘Dele gracia a Dios que somos evangélicos, sino los pedazos de ustedes ahí estuvieran aventados’ nos dijo - mejor nos venimos”. La voz de Manuel Retana, el topógrafo de 60 años – de los que lleva 43 años midiendo terrenos- no abandona en ningún momento su tono tranquilo.
A unos 50 kilómetros de distancia espera el destino de estos trabajadores. El tramo San Julián - Cuisnahuat es un sinuoso camino rural sin pavimentar. El Ministerio de Obras Públicas sacó a licitación pública la construcción de una carretera asfaltada sobre esta vía. La empresa constructora Multipav S.A. ganó el proyecto, cuyo costo es de $4 millones 303,573.07. En su oferta incluyeron a otra empresa, Consultora Técnica, responsable por el diseño y el posterior control de calidad. Hasta el momento, esta es la única que tiene a su gente en el terreno; sin las mediciones y el diseño completados aún no se puede construir.
Este es un proyecto “llave en mano”. Esto significa que el dueño, el Estado salvadoreño representado por el MOP, paga por la totalidad de la obra y el contratista se las arregla para llenar las exigencias estipuladas en el contrato. Si cumplir con dichas especificaciones le cuesta más o menos de lo que estimaba, la empresa contratada recibirá siempre la misma suma. Esto sube los precios, puesto que ninguna compañía presenta una oferta que implique el riesgo de perder su inversión.
A media mañana, el calor comienza a inquietar la piel y las primeras gotas de sudor aparecen tímidas sobre las frentes de los pasantes. Es lunes y la plaza de San Julián está llena. Julio Alberto Campos, el primer cadenero de la cuadrilla, salta del vehículo. Necesita un par de dólares para comprar las latas de spray. Sin ellas el trabajo quedaría incompleto, pues deben marcar los puntos que trazarán en el campo. “¿Amarillo vas a comprar?”, le pregunta Retana, después de darle el dinero. “Un rojo y un amarillo”, se escucha cuando el pequeño y sólido hombre de ralo bigote ha desaparecido ya en el interior de la ferretería. Es tarde y tienen que apresurarse.
Minutos después, en el desvío hacia Cuisnahuat, el pick up abandona el pavimento y se dirige al lugar donde la cuadrilla dejó de medir y trazar puntos la semana anterior. Las llantas dejan de rodar cuando uno de los hombres en la cama avisa que encontró la marca: Unos números, pintados como lombrices fosforescentes sobre el lomo de una piedra.
Mientras Manuel Retana se baja del carro y estira sus largas piernas, el resto de los trabajadores descargan el equipo. A la hora de trabajar, cada uno de ellos tiene una tarea asignada. El primer cadenero, el mismo que compró los sprays en el pueblo, se encargade poner el trípode en pie. Con mano segura monta la estación total, una versión moderna del teodolito – que sirve para medir los ángulos y distancias, además de recolectar los datos en un pequeño computador, muy parecido a la calculadora científica de un universitario. Con ojo experto nivela el aparato y ajusta la posición del mismo para que quede exactamente sobre el punto marcado en el suelo.
El topógrafo es el líder, la cabeza, de la cuadrilla. En sus gruesas manos sostiene un fólder beige sobre el que desfila una chorrera de números. Cada uno de ellos representa una coordenada que corresponde a un punto que anteriormente han ubicado sobre el terreno o uno nuevo, que es necesario trazar en el campo. El agrimensor busca los números que marcan el lugar sobre el que está puesta la estación y los digita en el colector, la calculadora conectada al aparato de medición. La garza futurista, de tres patas amarillas y un solo ojo, sabe exactamente dónde está parada.
Ahora le toca moverse a los cadeneros. En cada cuadrilla siempre hay dos. Agradecen su nombre al antiguo método para medir distancias: Antes del providencial haz de luz y los prismas, la herramienta para medir en el campo era una pesada cadena de hierro, con eslabones de un largo conocido. Los cadeneros de aquellos tiempos atravesabanlo agreste acarreando aquel descomunal rosario, luego hacia falta contar los eslabones para conocer la longitud buscada.
Víctor Manuel López, el segundo cadenero - un hombre fuerte y rollizo de frente nudosa y mirada seria - sostiene un bastón un tanto más alto que él. En la punta, un prisma corona la vara que recuerda a uno de esos dulces de menta de colores rojo y blanco, los colores en este caso tienen un uso menos festivo, indican la altura del bastón. El prisma es un conjunto de espejos ,protegidos por una caja plástica, que se encargan de reflejar el haz de luz que lanza la estación total. A partir del tiempo que toma la luz para salir y volver al lente de la D-50 (el modelo de la estación total), esta calcula la distancia y es capaz de apreciar si el prisma esta puesto sobre el punto exacto que se le ha indicado a través del colector.
Para trazar un nuevo punto es necesario partir de otro dos ya conocidos. El topógrafo verifica el punto que está detrás de él, donde Manuel, el cadenero de cabello entrecano, firme y con el bastón en la mano, asemeja a un guerrero de tiempos precolombinos. Si la pantalla del aparato indica que todo está bien, el trabajo puede continuar.
El dedo vuelve a bailar sobre el pequeño teclado y las coordenadas son introducidas en el colector.Entonces, el otro cadenero se dirige, prisma en mano,hacia donde le indica el topógrafo. Al mejor estilo de un artillero, Retana observa con cuidado, a través de la mira de la estación total. “¡Cuarenta centímetros para acá!”, grita el veterano sin quitarse el humeante cigarro de los labios. El cadenero obedece y se acerca, mientras el marrero, Saúl López – el cuarto integrante, quien se encarga también de clavar las estacas y los clavos que marcan cada punto – mide la distancia indicada por el topógrafo. El enorme prisma aparece justo en medio de la mirilla y Retana aprueba.
El haz de luz sale disparado y en una mínima fracción de tiempo los datos son colectados.Los golpes de la pesada almágana hunden una de las estacas del manojo en la tierra. En la superficie de madera que asoma entre el polvo, la brillante cabeza de un clavo delata la ubicación del punto. El siseo y el fuerte aroma que salen de la lata de aerosol inundanel aire por unos segundos y el clavo queda rodeado por un circulo rojo. El nuevo punto está marcado.
Este organizado ritual se repite innumerables veces. Así, poco a poco, se va trazando en la tierra la idea que ha nacido en los escritorios del grupo de diseñadores, quienes pensaron la carretera.
El fulminante sol de mediodía ya no encontrará a la cuadrilla sobre el camino. En Cuisnahuat, tan sólo unos minutos más allá del lugar donde trabajaron en la mañana, los cuerpos sudados y hambrientos descansan sobre las bancas de un comedor que huele a ceniza y comida. En ávido silencio, los hombres recuperan sus energías. Las tortillas humeantes se deslizan por las mesas. La tarde será larga y es necesario recobrar el tiempo perdido en la mañana. |
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