Mercados móviles florecen en San Salvador
Por Álvaro Salgado
Periodista
Son las 5:30 de la mañana. El frío de noviembre cala hasta los huesos. En una esquina de la Colonia San Luis, en San Salvador, todo sigue inmerso en el silencio y sopor de la madrugada. De repente, un pick-up rojo desvencijado dobla en una esquina. Repleto de frutas, verduras, cajas, mesas y otros utensilios, se detiene estrepitosamente en la acera frente a la Capilla San José.
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Álvaro Salgado |
Marta de Reyes organizó el negocio ambulante que hoy es el pilar económico del hogar. |
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De inmediato, tres hombres y dos mujeres (entre ellas una niña) descienden del vehículo y se disponen a descargar apresuradamente la multitud de cachivaches. “Rápido, rápido que ya es tarde”, apremia el conductor que, al recibir el aviso, arranca a toda velocidad.
El pequeño grupo, abrigado por los rigores de la madrugada, comienza de inmediato a poner un orden en el caos: “Esta mesa por acá. ¿Qué haces? ¡Si los tomates no van ahí! Pásame las papas, mejor. ¡Qué frío!”. De la nada, y en menos de cuatro minutos, un mercado improvisado se acaba levantar en la Avenida 4 de la Colonia San Luis. En un par de metros cuadrados, tres mesas desarmables y un comal ofrecen los productos cada lunes y viernes: unas 200 papas, tomates, cebollas y otras verduras y frutas.
Marta de Reyes, que con sus 50 años es el pilar del negocio, da los últimos retoques a las mercancías. “Este es un mercadito de familia. Mi esposo, nuestro hijo mayor y nuestra hija menor trabajan acá. Sólo tenemos a un mozo que está contratado para que me ayude mientras los demás no están.”
Federico Reyes, el esposo; Miguel Reyes, el hijo y José Flores, el empleado, son los encargados de ofrecer los productos de puerta en puerta y de atender todos los pedidos de tortillas del día y, como es tiempo de vacaciones, hasta la pequeña Marta, la hija menor, se une al negocio familiar. Desde las 6:30 de la mañana se les ve cargando el carretón del negocio con todas las mercancías para luego llevarlo por todas las casas de la vecindad.
¿Los precios de esta semana? La libra y media de cebollas, un dólar; tomates, 12 por el dólar; la papa está a $0.25 por libra. O si es usted de los que prefiere los mariscos,el mercadito ofrece la libra de camarón a $3.50.
A las 7:30 de la mañana, los primeros clientes comienzan a llegar. En su mayoría son amas de casas que aprovechan la rutina de ejercicios matutinos para ir a preguntar los precios de la semana. Llegan vistiendo ropa deportiva o halando de un perro. Isabel Rodríguez, la primera compradora, asegura que “todo es más barato que en el súper. Cuando no puedo ir a comprar al mercado, me vengo para acá”.
“Buenos días, doña Blanqui, mire qué bonito le traigo el camarón”, invita Flores, que ya conoce todos los gajes del oficio. El ajetreo comienza a las 8:00 de la mañana y se prolonga hasta bien pasadas las 9:00. José y Marta tienen que arreglárselas solos con los 12 ó 15 que clientes hacen cola por conseguir el tomate o la cebolla más fresca. La tensión pone los nervios a flor de piel: “¡José, apúrate con ese vuelto!”.
uando el grupo de la venta a domicilio regresa, las cosas se tranquilizan para Marta de Reyes. Aprovecha la llegada de su esposo para fumar un cigarrillo. “Esto lo hacemos para ganar un pistillo extra”, comenta, “la verdad es que todos tenemos nuestro trabajo en la tarde y hacemos esto sólo por las mañanas, pero nos va bien. A la gente le gusta comprar barato.” Los Reyes se abastecen todos los días en el mercado La Tiendona y aprovechan los precios especiales que reciben por ser amigos personales de su distribuidor.
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Los y las vecinas compran en el puesto improvisado en la acera, hay mejores precios. |
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Las colas de hasta 20 personas que se arman frente al mercadito indican que a la gente realmente le encanta comprar barato.A pesar de esto, Federico Reyes admite que no son bienvenidos en todos los lugares: “La gente de algunas tiendas se enoja a veces porque llegamos. Dicen que les quitamos los clientes… pero la acera es de todos”, añade con una sonrisa. Pero a Mirna Rosales, propietaria de la tienda más cercana, parece no importarle la presencia del mercadito. Incluso aprovechó para llevarse dos libras de papas para el almuerzo.
Ya a las 10:00 de la mañana, cuando el número de clientes comienza a disminuir, los Reyes se preparan para tortillear. Marta, quien funge en las tardes como ama de casa, enciende el pequeño comal de gas y, mientras calienta y los hombres traen la masa del molino local, sintoniza la radio de baterías en una estación de merengue. “Yo antes trabajaba de empleada doméstica por este lugar. Y me acuerdo que la señora sólo pasaba quejándose de los precios tan caros del súper. Así que ahorré con mi esposo y pusimos el negocio”, relata.
A su regreso, y entre el rítmico tortilleo de Marta, Miguel, de 24 años, juega con su hermana Marta en la acera: “Tenemos más de cuatro años de estar funcionando. Acá hasta ella tiene que ayudar”, señala. Fue un buen día para la pequeña de 10 años. En una de las casas de la vecindad le regalaron una muñeca, aunque el tiempo para jugar es escaso: “Marta, vení a ayudar a tu mamá con las tortillas que ya es tarde”.
Cercano el mediodía, colocan dos sombrillas sobre las mesas en contra del sol abrasador. El grupo expedicionario (la pequeña Marta, Miguel y Federico) se lleva en el carretón el encargo de más de 50 tortillas repitiendo el camino que realizaron a primera mañana. En total, son más de cuatro cuadras las que tienen que caminar todos los lunes y viernes.
Si Mahoma no va al mercado, el mercado va Mahoma. Los puestos ambulantes florecen en las zonas que están situadas lejos de los principales mercados de San Salvador y son una alternativa económica a la escalada de precios en los supermercados locales. Los propietarios de estos no tienen que pagar local alguno, sólo tienen que pedir el permiso de la Colonia en la que piensan operar.
En el caso de la familia Reyes, la razón por la que decidieron trabajar en la zona metropolitana es porque la consideran mucho más tranquila y al mismo tiempo con una mayor afluencia de gente dispuesta a comprar mejor. “Hasta el día de hoy no hemos tenido problemas con las maras ni con ningún delincuente. Además, en un buen día, podemos sacar hasta $20 cada uno”, afirma Miguel Reyes, el hijo mayor.
Por todos estos beneficios, Federico, quien trabaja por las tardes con su hijo en una fábrica de insumos domésticos, señala que nunca renunciaría a sus costumbres nómadas: “No dejaría de trabajar así ni aunque me ofrecieran un puesto fijo en algún mercado. Tan peligroso que son.”
La Alcaldía de San Salvador desconoce el número exacto de mercaditos móviles que operan en el departamento; para ellos, es otro número más que se ampara bajo el índice de “comercio informal” y que ahora reconoce a más de 12 mil trabajadoras y trabajadores sólo en San Salvador. Pese a esto, Marta de Reyes acepta que no son ni los primeros ni los únicos: “Yo había oído de mercaditos así desde hace años. También conozco otros tres mercados en Zacamil y la colonia Metrópolis.”
Ya es la 1:00 de la tarde. Mientras despachan a los últimos clientes y las cajas de mercancías se vacían, la familia Reyes comienza a preparar metódicamente los utensilios para el viaje de regreso. Así, en menos tiempo del que tarda en decir “mercadito móvil”, el negocio ambulante se convierte sólo en un montón de cajas. Únicamente la radio queda encendida y Federico aprovecha el descanso para fumarse un cigarrillo. Esperan sentados el ruido del pick-up de alquiler (12 dólares el viaje hasta Ayutuxtepeque, que es donde residen), hablan de lo bien que estuvieron las ventas del día y de los encargos para la otra semana. Repentinamente, el vehículo de transporte vuelve a cruzar la esquina. Se preparan de inmediato para el abordaje. “Ahora, a seguir trabajando”, comenta José, quien ayuda por las tardes a su madre en un negocio de comida. Apresuradamente suben las cajas vacías, y con la misma rapidez con que vinieron, se van. Eso sí, dejando siempre su zona de trabajo en una limpieza impecable.
ues, como dicen, la acera es de todas y todos.
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