Vejez sin descanso
Por
María Galdámez
Periodista
La vejez es una etapa en la vida del ser humano que se asocia con el cese de las labores y el trabajo que se desarrolló cuando joven. Sin embargo, esta no concluye siempre así, muchos ancianos y ancianas en El Salvador se enfrentan a otra realidad.
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María Galdámez |
Al fondo, Cristina Paz, a la espera de clientes que le compren sus productos en el mercado de Soyapango. |
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El sol de la tarde cae sobre la esquina donde vende Angela de Jesús Cerros, de 70 años, quien viaja todos los días desde el cantón El Rosario en Cojutepeque, Cuscatlán hasta el mercado de Soyapango en San Salvador. Angela se levanta a las 5:00 a.m. para hacer cuentas de su ganancia e ir al centro del pueblo a comprar los productos que le ofrecerá a sus clientes.
Su venta la ubica en las afueras del mercado al poner dos canastos con las verduras y frutas de la época: pipianes, ayotes, lorocos, nances, nísperos y, en ocasiones, sabe tener fríjol fresco o un encargo especial de alguno de sus clientes.
Angela es pequeña, de piel morena y risueña. No se acostumbró a usar zapatos por eso es que siempre anda descalza. Flor Mendoza, vendedora de granos básicos, dice que la “niña Chucita”, como la conocen, tiene mucho de estar en el Mercado Municipal de Soyapango. Al preguntarle a ella afirma no recordar desde cuando llegó pero asegura que no dejará de ir hasta que ya no pueda andar.
Por las mañanas no llega al mercado sino hasta entrada la tarde para ocupar uno de los puestos que dejan los o las vendedoras que terminan temprano su venta; aunque a veces debe ubicarse cerca de la calle para ofertar los frutos. El sol de las 2:00 p.m., hora en la que inicia a trabajar, no la detiene para ganarse la vida ofreciendo sus productos desde la esquina de un puesto de pollo. Angela conserva algunos clientes, pero no muchos, “lo malo es que aunque a uno le cuesten caras las cosas la gente siempre pide barato, por eso solo vendiendo coritas por coritas la pasamos”, afirma.
Deja su pequeño puesto improvisado a eso de las 7:30 p.m., hora en la que espera que pase la gente que viene de su trabajo para que lleven las últimas compras a sus hogares, pues como ella dice “nunca se tiene de todo en la casa y a mí me toca esperar que vengan por lo que les falta”.
El viaje de regreso a su natal Cojutepeque es largo. Debe abordar dos buses, llega cerca de las 9:00 p.m.; ahora es más fácil regresar a casa antes no entraba bus hasta su cantón. Angela comenta que a veces le tocaba caminar hasta un kilómetro desde donde se bajaba, en otras ocasiones, cuando había suerte y encontraba un carro de policías, ellos le hacían el favor de ir a dejarla.
Angela vive en un cuarto cerca de la casa de uno de sus cinco hijos, pero no está con él. Ella se encarga de lavar su ropa, hacer su comida, se cuida como puede para que su padecimiento de una úlcera estomacal no le de muchos malestares; aunque a veces el dolor no la deja caminar siempre hace el esfuerzo por no dejar de llevar la venta, porque sino “ya es pérdida”.
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María Galdámez |
Angela Cerros, de 70 años, se percibe cansada Desde su pequeño puesto improvisado en el mercado de Soyapango.
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Ahí, la amenaza de las pandillas forma parte de la vida diaria, razón por la que la asistencia de los infantes es mucho más escasa. Los hechos deviolencia no son raros: en enero pasado, uno de los dirigentes del Instituto Pequeña Inglaterra de Villa Esperanza, en cuyo terreno está el Centro de Bienestar Infantil, fue asesinado por las maras durante las horas de clase. “El Centro estuvo cerrado los meses de enero y febrero”, recuerda Doris Ibarra, una de las trabajadoras del CBI de Villa Esperanza. “Yo, del miedo, dejé de trabajar acá todo este tiempo. Hasta hace poco que estoy trabajando.”Esto dificulta la labor. Las madres educadoras dijeron que hasta los trabajadores del ISNA y de Ministerio de Salud tienen miedo de hacer sus visitas mensuales.
Según Irma López, licenciada en Psicología y especialista en educación temprana (la que reciben los infantes desde su nacimiento hasta los 7 años), los esfuerzos del Gobierno de El Salvador, en materia de educación temprana, son aún muy reducidos. “No le ha prestado la atención que merece. Los CBI, desde su creación, han tenido muchos problemas.”
Pero, a pesar de las adversidades, las madres educadoras, concientes de la importancia de su trabajo, se esmeran por salir adelante, y su trabajo parece recibir recompensa. Los niños y niñas sonrientes las abrazan en cada oportunidad. Las comunidades asimismo reconocen el papel de los CBI. “Yo prefiero que mi niña esté en el Centro a que esté trabajando o haciendo otras cosas”, opinó Zoida Interino, beneficiada con el CBI de Villa Esperanza.
l finalizar el día, la madre de Daina, trabajadora gubernamental en la cuidad de Sonsonate, viene a recogerla. “¿Cómo se me portó hoy?, pregunta. La niña muestra su pequeña obra de arte. La madre agradece a las educadoras y, agarrando a Daina de su mano, se dirige a pie hacia su casa, pensando, quizás, en el día de mañana.
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