Las ventajas de comprar ropa usada
Por
Claudia Gaitán
Periodista
Actualmente, más de 100 mil salvadoreños ganan el salario mínimo ($174.30), el cual apenas y alcanza para adquirir los siete productos de la Canasta Básica Alimetaria. Por ende, las familias deben buscar alternativas económicas para satisfacer sus otras necesidades básicas como el vestuario.
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Foto: Claudia Gaitán |
Más que la curiosidad es la necesidad, la que obliga a las personas a comprar ropa usada. |
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Eran las cuatro de la tarde. Luego de realizar las compras habituales en el centro de San Salvador, Marta Vásquez, un ama de casa con dos hijos, caminaba sobre la Calle Rubén Darío. Acostumbrada a hacer “milagros” con el dinero, le habían sobrado $6.50. Sin embargo, esa cantidad debía alcanzarle para el pasaje del bus de regreso a su hogar- que es de $0.34- y para comprarle a su hijo de 14 años una camisablanca de vestir, ya que dentro de tres días se graduaría de noveno grado.
Y de pronto, sobre la acera, vio las góndolas.
Ahí, en cuatro góndolas cuadradas de metal, una gran cantidad de manos revolvían la ropa y hacían que se formaran pequeños volcanes de colores. Marta se unió a las muchas mujeres que removían las prendas. Eran usadas. Sobre la puerta de la entrada del almacén se leía “Venta de ropa americana”.
Al cabo de tres minutos, luego de sacar varios shorts y camisas descosidas, Marta extrajo de uno de los montones una blusa azul sin mangas, un poco descolorida pero en mejores condiciones que las que había encontrado hasta entonces. Giró la cabeza hacia la entrada en busca de algún dependiente que le informara sobre el precio de la prenda. El payaso que estaba en la puerta y que llevaba una peluca mitad verde, mitad naranja, comprendió su gesto y anunció por el micrófono con el que animaba a los transeúntes a entrar en la tienda: “Toda la ropa de la góndola está rebajada… A 50 centavos, madrecita”.
Marta esboza una sonrisa, muerde su labio inferior y alza las cejas, como quien dice: “Tengo suerte” y entra en el almacén.
En el interior hay menos personas que en la acera. Las paredes - cuya pintura blanca se descascara por el paso del tiempo- tapizadas con alfombras, jeans, camisas y otras prendas y el amplio salón con las ordenadas hileras de hierro de las que cuelgan los ganchos que sostienen la ropa, ya son familiares para ella. Con la blusa adquirida en la góndola y el aire seguro de alguien que conoce bien el lugar en el que se encuentra, Marta inicia su recorrido por la tienda mirando rápidamente las cortinas y las alfombras, luego pasa a ver la ropa. Empieza por las tres primeras hileras: la ropa para dama. Su principal intención es buscar la camisa que su hijo necesita, pero como ella expresa: “Una miradita no le hace mal a nadie”.
Pegada con cinta adhesiva al hierro de cada hilera, una página rayada anuncia con letras rojas los precios de la mercadería: los vestidos a $5, las blusas a $3 y $2 y las faldas a 2 por $5. De todos los colores, de todas las tallas y de todos los estilos, hay prendas a escoger y, dejando a un lado que algunas están un poco estiradas, la ropa está en buenas condiciones, aunque por supuesto, más cara que la de la góndola.
La ropa que se vende en las tiendas de “usados” proviene principalmente de Estados Unidos y Canadá. Los dueños de los establecimientos distribuidores en El Salvador obtienen la ropa y otros artículos al negociar (ya sea al viajar personalmente a estos países o vía telefónica) con los proveedores extranjeros, quienes se encargan de recolectar la ropa usada. Así, las pacas de ropa, que equivalen a 1,200 libras, llegan a El Salvador por contenedores, es decir vía terrestre. Ya en las bodegas salvadoreñas, los encargados hacen fardos de ropa que se distribuyen a las tiendas de ropa usada. El precio del fardo puede variar, así por ejemplo, si es de ropa de niño cuesta $160; si es un fardo de ropa mixto de mujer (blusas, faldas, camisetas) cuesta $165 y si es de hombre (camisas, camisetas, pantalones), $180.
Después de “darle una miradita” a una que otra falda, Marta se dirige a ver los pantalones de vestir para caballero. Están a $5. Marta, pensando en su esposo revisa uno talla 38: está en excelente estado. Coloca el pantalón en su lugar con la intención de volver la próxima semana y pasa a la hilera de las camisas. Hay un letrero igual que en las demás secciones, está vez indica: “Camisas a $5”. “Antes estaban a $4”, comenta Marta.
Aún así, comienza a revisar las camisas manga larga que se ven en mejor condición, fijándose especialmente en las de color blanco. Al fin, al cabo de unos diez minutos, encuentra una que parece ser de la talla de su hijo y además de su agrado por estar casi nueva, a excepción de una pequeña mancha amarilla casi imperceptible en la manga derecha.
Tras mirar rápidamente los tres pasillos siguientes correspondientes a los shorts, la ropa de niño y los trajes de baño, Marta sube al segundo piso “para ver que tienen de nuevo”. Mira la cristalería colocada sobre una gran mesa de madera, de unos tres metros. El precio de los platos de vidrio apilados en columnas, van desde los $0.25 hasta $1.50, según sea el tamaño y los acabados; lo mismo ocurre con los vasos, que cuestan $0.50 si son pequeños o $1, si son más grandes. Y así, a lo largo de la mesa se ve todo tipo de cristalería: adornos, floreros, lámparas decorativas e incluso trofeos de algún torneo de basketball. Detrás de la mesa, están los electrodomésticos como equipos de sonido a $100, telefax a $50 o secadoras y rizadores de cabello, cuyos precios van desde los $8 hasta los $15. El televisor de 29 pulgadas llama la atención de Marta.
-Está a $190- dice la vendedora mientras enciende el televisor y pasa los canales-, pero con el descuento le queda a $150.
- ¡Ah! Se ve bien- comenta Marta-. Pero si me falla ¿no me dan garantía?
-No, eso si no. Pero las cosas eléctricas que tenemos son de buena calidad y nosotros las probamos todas 10 minutos, dos veces a la semana para que no sevayan a arruinar.
Después, Marta observa los zapatos. Al igual que sucede con la ropa del primer piso, hay unos pares en perfecto estado, pero otros, por el contrario, en muy malas condiciones.
Está empezando a oscurecer. Ha transcurrido una hora y media desde que Marta entró en el almacén y se le hace tarde. “Voy a lavar bien las dos camisas y quedan como nuevas”, dice en tono alegre mientras se dirige a cancelar a la caja. Tiene que esperar. Una anciana discute con el cajero, un muchacho de unos 24 años.
-¿Y estas no me las puede dejar en tres?-pregunta la anciana sosteniendo un par de cortinas con flores estampadas. El precio normal es de $5.
-No, es que mire-le explica el vendedor- la mercadería rebajada ya está aparte. Esta es de la mejorcitay tiene otro precio.
La mujer se va murmurando entre dientes y Marta cancela los $5.50.
Con esa cantidad, si ella hubiera decidido ir a un almacén, difícilmente hubiera comprado una camisa de vestir para caballero y una blusa. En almacenes reconocidos, las camisas de ese estilo cuestan de $25 en adelante, según sea la marca, y los precios de las blusas varían entre los $8, $15 $30 e incluso más. Lo mismo ocurre con otras prendas, como los jeans. Los precios más baratos, cuando están en oferta, pueden ser de $25 si son de mujer y de $30, si son de hombre.
Actualmente en El Salvador, el Ministerio de Trabajo establece que el salario mínimo es de $174.30 mensuales, pero si a eso se le resta el monto del Seguro Social y el AFP solamente quedan $158.12. Ahora bien, según la Dirección General de Estadísticas y Censo (DIGESTYC), un parámetro para la medición de la pobreza es que aquellas familias cuyos ingresos son inferiores al valor de la Canasta Básica Alimentaria (CBA), son clasificados en situación de extrema pobreza. Estas familias representan el 13.46% del total de los hogares. La DIGESTYC define la CAB como “el conjunto de productos (tortilla, huevos, carnes, arroz, leche, frutas y verduras) considerados básicos en la dieta de la población residente en el país en cantidades suficientes para cubrir adecuadamente las calorías y proteínas para que una persona subsista”. Tiene un valor mensual de $98 para una familia de cuatro personas. En tales condiciones, una familia que perciba el salario mínimo, luego de comprar la canasta básica sólo tendría disponible $60 para cubrir los gastos de educación, salud, vivienda, vestuario, electricidad y otros bienes.
Esta es la razón por la que, así como Marta, muchos otros salvadoreños y salvadoreñas visitan las tiendas de ropa usada. No por simple curiosidad o distracción, sino para satisfacer una de las muchas necesidades básicas del ser humano: el vestuario. |
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