El más pequeño de los cincos
Josué Ortiz
Periodista
La esperanza de tener una vivienda digna y la capacitación para montar un negocio propio se esfumó en una comunidad de damnificados de los terremotos de 2001, por la delincuencia que azota El Salvador.
Ana María Pérez llevaba despierta cinco horas, cuando a las 10 de la mañana Ángel Valencia y Milton Cea, dos voluntarios de la Asociación Un Techo Para Mi País – El Salvador (UTMPES), caminaban rumbó a su vivienda, en el cantón El Cobanal, a tres kilómetros de Lourdes Colón, en el departamento de La Libertad.
A pesar de la cercanía, el paisaje urbano de Colón no se asemeja en nada a El Cobanal, ubicado sobre un cerro. Los caminos son de tierra y el monte y los árboles rodean las 200 casas, como queriendo recuperar el espacio perdido.
Los rumores de las construcciones que UTPMES planeaba realizar en la zona habían llegado hasta Ana María. Ella escuchó que pensaban hacer unas casas en su cantón, pero en su sector, conocido como El Cinco Pequeño, no. Pero tenía la esperanza de ser seleccionada, aunque guardaba sus reservas porque salvarse de los terremotos de 2001 y ser reubicados, ya lo consideraba bastante bendición.
Las casas que iban a construir medían 18 metros cuadrados, el área mínima que contempla el Viceministerio de Vivienda para una habitación familiar. Las paredes y techos son de lámina zincalum, una mezcla de aluminio y zinc, que evita que el calor se concentre dentro de la vivienda. Entre San Martín, El Cinco Pequeño y Santa Eduviges, los tres sectores que componen el cantón El Cobanal, se construirían 31 hogares entre la semana del 29 de julio al 3 de agosto de 2006.
Aquella mañana era 28 de julio. Un día antes de la construcción, Valencia y Cea, dos universitarios de 20 y 19 años respectivamente, tenían la misión de seleccionar a 11 familias que serían beneficiadas. Stephanie Madriz, directora social de UTPMES, les informó que debido a problemas con la alcaldía de otra comunidad a la que se iba a construir se reasignaron las casas extras.
La selección lleva un proceso. Se realizan visitas por parte de la organización a la comunidad, luego encuestan a todas las familias. Más tarde, se corroboran los datos y solo entonces se selecciona los beneficiados o beneficiadas. Valencia ya llevaba la lista con los nombres de los once jefes y jefas de hogar, donde no aparecía el nombre de Ana María Pérez ni el de su esposo, José Israel Acevedo.
Los nombres que sí se encontraban en esa lista eran los de Johana Pérez, hermana de Ana María; Francisca Mejía, vecina de la casa de enfrente de José; Noé Mauricio Osegueda y Kriscia Hernández. A pesar de no haber sido favorecida, la familia Acevedo-Pérez se sintió contenta por Francisca, y porque esperaban que llegarán más proyectos como estos para favorecer a la comunidad.
Manos a la obra
Durante los siguientes seis días, Fátima Elizabeth Pérez Acevedo, de cinco años de edad, vio llegar a la casa del vecino a un grupo de siete jóvenes de San Salvador a construir la casa. Se hizo amiga de la cuadrilla, término con el que los y las voluntarias designan al equipo de personas que están asignadas a la construcción de una vivienda.
Para que la casa sea estable, los cimientos se elaboran usando concreto. En estos y la solera (línea de ladrillos huecos que forman un canal, en donde reposa la lámina para que el agua que corre por la parte externa de la misma no se filtre hacia el interior de la vivienda) se ocupan dos bolsas de cemento. A las familias les dejan dos más para que ellos puedan encementar el piso de su casa.
La dinámica que pretende realizar UTMPES es la de dar un “empujoncito” a las familias de escasos recursos. Los y las beneficiarias pagan $60, precio simbólico de una casa que tiene un valor de materiales, sin mano de obra, de $1200 en concepto de construcción. “Esto se hace para evitar la línea de organización asistencialista o paternalista que sólo ayudan a perpetuar el círculo vicioso”, explicó José Roberto Navarro, de 24 años, director general de la organización para El Salvador.
La iniciativa de jóvenes que construyen viviendas de emergencias para personas de escasos recursos surge en Chile en 1997, cuando se funda Un Techo Para Chile. Ya en el año 2000, se había construido 2000 mediaguas, viviendas mínimas elaboradas con madera. Un año después, tras los terremotos en El Salvador que llevaron a reubicar a todas las familias de San Martín, El Cinco Pequeño y Santa Eduviges, antes en Santa Tecla, al cantón El Cobanal, se tomó la decisión de exportar el proyecto al resto de América Latina. Entonces nace Un Techo Para Mi País, cuyo primer país miembro fue El Salvador.
La meta de la organización es acabar con la extrema pobreza. Es un proceso gradual que comienza con las construcciones de las casas de emergencia, y termina con la construcción de las viviendas definitivas por parte de las familias. Hay un paso intermedio que se denomina habilitación social, en donde se imparten cursos y se impulsa a las comunidades a organizarse y a emprender negocios para que la situación general de la comunidad mejore.
Delincuencia corta el proceso
En esta oportunidad, la habilitación social no llegará a El Cobanal, por lo menos no a El Cinco Pequeño. El 24 de agosto, alrededor de las 12:30 a.m., Kriscia Beltrán, quien aún no se había trasladado a su nueva vivienda por no haber logrado reunir suficiente dinero para mandar a hacer el piso de cemento, escuchó que tocaban en la puerta de su vecino anunciando que se trataba de la Policía. Decidió salir a ver qué pasaba.
Por su parte, Ana María se había quedado despierta hasta tarde por causa de unos cólicos. Terminó de ver las noticias, cuando…“Yo que apago el tele, y el atraco que se oye… yo le dije (a José, su esposo) viejo, por Dios, bajemos a las niñas al suelo. Y me puse aquí, en la puerta, queriéndolas cubrir con mi cuerpo, porque ni las pude bajar de la cama. Cuando al ratito, ya no se oyó nada... Al ratito se oyeron los gritos de la muchacha (la esposa de José Osegueda), porque al muchacho lo mataron enfrente de ella”.
Juan, hermano de José Osegueda, había pertenecido a la “Mara Salvatrucha”, y a este era a quien buscaban los 10 atacantes, la madrugada del 24. Sólo encontraron a José. En señal de represalia lo acribillaron con 21 balas. Lo asesinaron en su casa, frente a su familia. Su esposa rogó que también le quitaran la vida a ella, pero los atacantes se negaron. Sin embargo, a la vez que le disparaban a José atacaron a Kriscia Beltrán, de 24 años; Ana Josefina Hernández, de 45 años y a Alexis López Beltrán, de 5 años.
Kriscia fue perseguida hasta su casa por una parte de los atacantes, la golpearon y la mataron. Igual destino corrieron los que se encontraban en ese momento en la vivienda.
El Cinco Pequeño es el más pequeño de todos los sectores de El Cobanal. Consta de 31 viviendas, distribuidas en tres pasajes, todos de tierra, y colindan con un barranco que da a la carretera que de San Salvador se dirige a Los Chorros. Los lotes miden 120 metros cuadrados, y las casas, pensadas para ser temporales son ya permanentes. A pesar del mal estado que presentan tras cinco años, las láminas con las que fueron construidas originalmente están reparadas con pedazos de madera, plásticos, entre otros materiales.
De las 31 familias con las que se fundó ya sólo quedan 11. La mayoría se retiró inmediatamente después de los asesinatos. El resto le siguió cuando iba quedando solo y se fue poniendo más peligroso, a juicio de los habitantes. Los que se quedan dicen hacerlo porque no tienen a dónde más hacerlo, de lo contrario lo hubieran realizado junto con sus ex vecinos y vecinas.
Cuando la familia Acebedo-Pérez se mudó a El Cobanal, sus miembros pensaron estar comenzando una nueva vida desde cero. Tenían la esperanza que esta vez podría ser diferente. Ahora solo se encomiendan a Dios y rezan para que nada malo les pase, creen firmemente que si algo ha de pasarles va a ser ahí o en donde se encuentren. Están angustiados. En su pasaje sólo hay una familia viviendo al inicio, y ellos al final del lado que da a la carretera.
Ya no tienen esperanza en un lugar que por mucho tiempo consideraron seguro, pero que cada vez lo ven más peligroso. Tan sólo hace tres días a José lo asaltaron, traía consigo el salario que había ganado de auxiliar de un camión de gaseosas durante una semana.
Una sonriente Fátima, de tez blanca, pelo castaño, mirada brillante, como extrañada, y vestida con una camisa verde roída y un calzón rojo, se despide de la cuadrilla, después de darle vueltas a la casa y haberle respondido al “niña, vos sos pata de chuco”, de su mamá, con un “no mami, aquí no está el chucho”. Pero la violencia que destruye sueños sí.
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Casa, un bien escaso |
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La información estadística del Viceministerio de Vivienda y Desarrollo Urbano (VMVDU) está desactualizada y no coincide con los indicadores de otras instituciones.
La mejor información es la del Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo (PNUD):
32,000 familias viven en déficit habitacional cuantitativo, es decir no poseen vivienda.
500,000 familias viven en déficit habitacional cualitativo, carecen de uno o varios servicios básicos.
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