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El sobreviviente

Manuel Cubías
Editor de Cultura

Su abuelo lo regañó de nuevo por llegar tarde. Por ello le recordó lo de siempre: que era un sobreviviente y que eso lo convertía, sin lugar a dudas, en alguien con responsabilidad sobre su vida y la de quienes lo rodeaban.

Mario no tardó en sentir que aquella historia pesaba infinitamente y que él no era capaz de cargarla durante toda su existencia. Se encerró en su cuarto y encendió la radio. La propaganda del próximo concierto de la cantante colombiana Shakira se dejó escuchar. Tirado en la cama dejó su mente vagar por aquellos recuerdos que su abuelo había ido construyendo: Las Aradas, un pequeño caserío del municipio de Ojos de Agua, en Chalatenango. Toda su familia había muerto en la masacre del 14 de mayo de 1980, a las orillas del río Sumpul. El Ejército perseguía a la población civil. Nadie la defendió. Frases sueltas, sin contenido, sollozos. Una historia en fragmentos.

Mario intentó reducir los choques con su abuelo, a quien no entendía y en quien veía una persona que repetía las mismas historias. Ya estaba cansado.

Las semanas pasaron. Mientras él cursaba segundo año de bachillerato, cierto día, en la clase de sociales trataron el tema de la pasada guerra civil salvadoreña. La profesora insistió en que la guerra era culpa de la guerrilla y que el conflicto no había resuelto nada. Mario la miró fijamente. Aquellas palabras cayeron como dardos sobre sus recuerdos. La voz no encontraba la salida y moría ahogada en aquellos retazos de recuerdos.

Camino a casa, la frase preferida del abuelo volvía a resonar: “eres un sobreviviente”.

Mario se detuvo frente a la venta de televisores. El partido entre el Real Madrid y el Barcelona estaba en el segundo tiempo. Se quedó mirando fijamente la pantalla y de pronto comenzó a verse bajar por los cerros de Chalate. Buscaba y buscaba el sitio donde el abuelo había plantado una cruz. Su mente volaba apresurada sin encontrar descanso. El eco suave de voces lejanas se mezclaba con el viento y las nubes, dibujando figuras que él no comprendía.

-Goooooooooooool del Barcelona.

Gritos por todas partes. Explosiones de cohetes. Volvió de un golpe al televisor. Siguió su camino a casa.

Al llegar, Tránsito, su abuela, lo recibió con una buena noticia.

- Vamos a ir el domingo a Las Aradas. Hay una excursión de la iglesia y quiero que vayas a conocer.

El corazón de Mario comenzó a latir más rápido. Tuvo miedo.

Eran las cinco de la mañana. Todo el mundo había abordado el bus. La abuela llevaba comida para el viaje y Mario cerró los ojos e intentó dormir un poco. De pronto, sus pensamientos se vieron transportados al lugar que había visto el día del partido entre el Real y el Barça .

Mario no encontraba la cruz. Las voces seguían presentes, suaves. De pronto, gritó:

- ¿Dónde están?

Toda la gente del autobús se quedó en silencio. Su abuela le dijo:

-Mario, Mario. Estás soñando, despiértate. Es mejor que te vayas despierto.

Después de dos horas de viaje, llegaron por fin a El Zapotal, del municipio de Ojos de Agua. Desde allí tendrían que caminar hacia la vega del río Sumpul unas dos horas, donde por fin encontrarían las tierras de lo que fue el caserío Las Aradas. Una vez comenzaron a andar por una vereda, Mario se sintió transportado en su búsqueda. Los sonidos de los pájaros, el verde de los cerros, las voces en el viento. Un mundo conocido se mostraba ante él.

Después de una hora, habían llegado a la parte baja del cerro, cerca del río. Allí, detrás de un arbusto de Izcanal, vio una cruz. Estaba hecha de tubos de metal. Lucía roída por el tiempo y la lluvia. Se acercó a ella y como hipnotizado se quedó mirándola, observando una gota de agua que pendía de uno de los brazos.

Mario se sintió transportado hacia aquella gota. Era allí donde él pertenecía. Las voces cobraban existencia. Sus padres y hermanos aparecieron ante él. Lo reconocieron y lo abrazaron. A sus 20 años, sintió recuperar la ternura que se encontraba escondida detrás de las palabras del abuelo.

-Apúrate, Mario. Tenemos que caminar. Ya se oyen los cohetes. Él, entonces, comprendió que era un sobreviviente y que eso lo convertía en alguien con responsabilidad sobre su vida y la de quienes lo rodeaban.