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Los hombres también caen en la trampa de no comer

Karla Henríquez
Periodista

Los trastornos alimenticios, como la anorexia y la bulimia, han sido adjudicados únicamente a las mujeres; sin embargo, la presión de la sociedad que le rinde culto a la imagen y a la delgadez no respeta sexo.

“Estuve a punto de morirme. Mientras más flaco estaba, más gordo me veía. Empecé a hacer dietas desde los 16 años. De repente, sólo hacía un tiempo de comida al día. No sé cómo caí en esta enfermedad, pero ahora estoy luchando por salir de ella”, cuenta Alan Escalante, de 23 años de edad. Él es delgado y mide 1.85 metros. Tiene la mirada triste, los ojos se le ven hundidos y el rostro pálido. La camiseta sin mangas que porta permite observar la delgadez en sus brazos. Sus amigos le llaman “Alambrito”. Cuando habla de su problema la voz le tiembla: padece anorexia.

De acuerdo a la Organización Mundial de la Salud (OMS), por cada 10 mujeres con algún tipo de trastorno alimenticio hay un hombre en la misma situación. El doctor Rafael Herrera, médico psiquiatra, dice que la diferencia en las cifras se debe en gran parte a que culturalmente a la mujer se le exige más tener un cuerpo esbelto, ya que de manera errónea es vista como un objeto sexual. No obstante, tanto hombres como mujeres caen en el trastorno, “todo empieza con una dieta que se vuelve crónica, y que puede desembocar en anorexia o bulimia”, aseguró el psiquiatra.

La anorexia es una enfermedad psicológica y quien la padece tiene una imagen distorsionada de sí mismo, por lo tanto deja de ingerir alimentos en las proporciones adecuadas, para el buen funcionamiento del organismo. El enfermo o enferma inicia un régimen alimenticio para perder peso hasta que esto se convierte en un símbolo de poder y control, que no le permite ver que se encuentra muy por debajo de su peso normal.

“No me daba cuenta de lo que tenía. La gente me decía que estaba bien delgado, pero yo quería más; no me importaba no comer todo lo que quisiera, yo quería rebajar”, confiesa Escalante. Este trastorno se empieza a dar en la adolescencia, entre los 13 y los 17 años de edad, ya que es durante esta etapa en la que la juventud se está descubriendo a sí misma y está más vulnerable a las exigencias del mundo que los rodea. Esto no significa que pasado este ciclo se está exento de padecer anorexia. De hecho, esta se puede prolongar hasta la etapa de la adultez joven. ”Así como hay pacientes de 18 ó 19 años, también los hay de 28 ó 29 años. Es decir, no hay edad para entrar o para salir de la enfermedad”, asegura el doctor Herrera.

La vigorexia

Manuel Méndez es un joven de 15 años de edad, que no sobrepasa los 1.70 metros y no pesa más de 130 libras; mientras sostiene una barra de granola en la mano afirma: “Este es mi almuerzo, esto y un Gatorade. Es que más tarde voy a ir al ‘gym' y no quiero vomitar”. También asegura, con el rostro triunfante, que hace dos horas de ejercicio. “Es que me da pavor engordar”.

La forma de pensar de Méndez respecto a la comida y al físico es común dentro de las personas que están inmersas en un desorden alimenticio. Según el psicólogo José Luis Henríquez, la primera característica detectable en una persona con esta problemática, sea hombre o mujer, es la baja autoestima. “Tienen un nivel de auto apreciación muy bajo, ya que la basan en las opiniones de los demás”, explica el especialista.

Otro factor psicológico que predomina dentro del sexo masculino es la depresión y la competencia por ver quién tiene el cuerpo más escultural. Por eso, en ellos, además de la anorexia, también se da la vigorexia. Este trastorno lleva a las personas a realizar prácticas deportivas en forma continua, con un fanatismo religioso al punto de poner a prueba constantemente su cuerpo sin importar las consecuencias.

El que padece vigorexia piensa que la belleza está asociada con la cantidad de masa muscular, así que su vida gira en torno al cuidado del cuerpo mediante dietas estrictas y ejercicio compulsivo. Los gimnasios son los lugares donde se puede observar a los posibles candidatos del nuevo mal que afecta la salud.

La música “trance” sonaba a todo volumen. Algunos tarareaban la canción, mientras varias gotas de sudor bajaban de sus frentes. Había 12 personas, todos hombres. Era un sábado, a las 12:30 del mediodía en uno de los gimnasios más exclusivos de San Salvador. La mayoría tenía más de una hora de estar en el área de las pesas.

Juan José Morales, de 24 años, llevaba puesta una camiseta que dejaba ver la voluptuosa musculatura de sus brazos. Platicaba con otro joven que también mostraba los músculos de las extremidades. Ambos se ejercitan dos o tres horas al día, “es que hay que cuidarse”, dice con una sonrisa Juan José. Para los hombres, resulta más difícil aceptar que padecen una enfermedad alimenticia y que tienen una distorsión psicológica de sí mismos. De acuerdo al doctor Herrera, el varón se esconde tras la máscara del ejercicio, del cuerpo atlético. Al él se le cría con la idea de ser fuerte y de sentirse orgulloso de sus logros. “El aceptar una enfermedad, sería aceptar que han fracasado”, sostiene el médico.

Por eso mismo, las mujeres son las que buscan el tratamiento para salir del trastorno; en cambio, los hombres buscan escapar del problema, olvidándose de él, por medio de otras vías como los deportes extremos y el consumo de drogas. Esto no quiere decir que todos actúan de la misma manera. “Llevo seis meses en terapia con el psiquiatra y la nutricionista. Me costó entender que tenía una enfermedad grave, me daba pena admitirlo, si no hubiera estado a punto de morirme quizá no lo hubiera asumido”, acepta Escalante. Él se dio cuenta de su enfermedad porque se desmayaba, estaba sin ánimos, perdía la concentración y una vez, cuando fue a parar al hospital, vomitó sangre.

Por otro lado, en el caso de los varones es más difícil detectar que tienen algún tipo de trastorno a través de lo físico; en las mujeres es más fácil porque la anorexia conlleva irregularidades en la menstruación. Además, en el cuerpo de los hombres se nota menos el grado de desnutrición, porque la mayoría lo disfraza tras los músculos. Pero en ambos, la piel se pone pálida y áspera, el cabello se debilita y se cae, y el rostro refleja cansancio y fatiga. En otras palabras, está enfermo y es la hora de buscar ayuda profesional.

Una salida difícil pero segura

“Empecé a ir a donde un psicólogo, cuando llevaba tres años en la enfermedad. Tenía miedo de engordar de nuevo si me metía a un tratamiento, pero mis papás y mis amigos me convencieron de que era lo mejor. Así que decidí ir. No fue fácil, pero hoy tengo dos años de haber salido de ese hoyo”, recuerda Josué Ticas, de 27 años, quien todavía asiste a terapia una vez al mes con un psicólogo.

De acuerdo a Ticas, aceptar que estaba obsesionado con su peso le llevó su tiempo. “Mis papás asistían conmigo a las terapias familiares que el doctor nos daba, su apoyo fue importante para mi rehabilitación”, dice el ex enfermo. Y es que asumir que se padece un trastorno alimenticio es el primer paso que se debe dar.

En el proceso de rehabilitación, está en primer lugar el procedimiento médico, durante el cual el o la nutricionista propone un plan alimenticio que enseñará al afectado a comer de manera balanceada. El objetivo es que recupere la energía y alcance su peso ideal. También recibe ayuda psicológica, a través de terapias individuales y grupales que le mostrarán cómo lidiar con los sentimientos que arrastran al problema, como la depresión o el deseo de competitividad en los hombres.

Asimismo, está la terapia con la familia del enfermo ya que es en el hogar en donde se da el aparecimiento del trastorno alimenticio. “Quienes la padecen provienen de familias en donde la apariencia personal es algo sagrado, y eso conduce a que alguien se vuelva demasiado crítico tanto de la apariencia de otras personas, pero sobre todo de la de él o ella misma”, explica el doctor Henríquez.

Si bien es cierto que no existen datos estadísticos que aseguren casos de recuperación total, los estudios indican que al haber una disposición total por parte del enfermo para salir adelante y si cuenta con el apoyo de sus seres cercanos, hay una gran probabilidad de salir con éxito de la enfermedad. La duración del tratamiento varía de paciente a paciente, depende de lo avanzada que esté la dolencia. “El deseo de alcanzar una imagen deseada, impuesta por la sociedad en la que vivimos, nos puede hacer caer en una trampa de la que no se sale fácilmente”, concluye el especialista en psiquiatría.

El área de pesas, en el gimnasio, está completamente llena. Los rostros sudorosos y cansados delatan el esfuerzo físico que los presentes hacen tras subir y bajar una máquina de pesas, mientras en un televisor aparece un comercial que anuncia unas pastillas “milagrosas” para bajar de peso. Más de alguno las comprará, seguramente.

 

Pasos que liberan
 

La recuperación completa de un trastorno alimenticio exige cumplir los siguientes pasos:

-Participar activamente en el plan de tratamiento.

-Completar el programa de hospitalización si es necesario.

-Asistir regularmente a la psicoterapia individual, de grupo y/o familiar.

-Visitar a su médico regularmente para proteger su salud física.

-Demostrar aptitudes eficaces de hacer frente a las cosas.

-Pedir ayuda cuando sea necesario.

-Ser honesto(a) con su terapeuta e internista.

- Ser honesto (a) consigo mismo (a).