“Papá, ¿Dónde estás?”
Por
Paolo Zanoni
Periodista
Una cirugía a la ingle de una niña de tan solo tres años, por simple que sea, pone a la prueba el amor y la fuerza de ánimo de sus padres.
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Foto: Paolo Zanoni |
La hernia a la izquierda era la más grande e inflamada. En ella estaba atrapada una trompa de Falopio. |
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El taxista manejaba tranquilo. Sin bien la dirección era el Centro Ginecológico, hospital privado situado en la colonia medica de San Salvador, en su espejo retrovisor no veía cara tistes o afligidas.
Luis y Claudia platicaban, pero sin mirarse. La tensión acumulada, sumada a una preocupación bien disimulada, hacía que sus miradas cayeran o sobre el tráfico caótico que se asomaba de las ventanas del carro, o sobre la pequeña Giulia que jugueteaba con su pulsera de perlitas multiformes.
“Te lo acuerdas, ¿verdad? Hoy el doctor “Pepe" Rottmann te va a poner en una camita, te duerme y luego, con una magia, te va a quitar la chirolita que tienes”, dijo suavemente Luis a la hija. Ella hizo caso omiso, esta historia ya la conocía desde semanas. “Este viejo aburre” habrá pensado en su cabecita cubierta de largos colochos castaños.
Después de un viaje de 45 minutos, a la 7:10 a.m, bajaron frente al vistoso hospital. Empezaron a llenar papeles; nombre, apellido, dirección y generalidades de la persona que pagará la cuenta. Luis, bajo la mirada, dulce y severa al mismo tiempo, de la esposa firmó cada papel con mano temblorosa.
En pocos minutos una enfermera, vestida con una uniforme decorada con sobrios pero alegres dibujos, ya estaba entregando a la pareja la minúscula bata que habría cubierto el cuerpo de Giulia hasta el momento de entrar en el quirófano. Pero, de repente, la noche.
La oscuridad se apoderó de la sala de Emergencia Pediátrica. Al salir Luis se dio cuenta que todo el edificio estaba sin luz. En un abrir y cerrar de ojos ya los técnicos de Del Sur estaban trabajando en la planta eléctrica del hospital, mientras médicos, enfermeras y pacientes se movían casi a ciega en los pasillos.
Con dos horas y media de atraso respeto a lo establecido, Giulia estaba lista a enfrentarse por la segunda vez en su vida con un grupo de personas con las caras tapadas: enfermeras, cirujano y anestesiólogo.Este último la fue a conocer pocos minutos antes de llevársela. Un par de sonrisas, una caricia sobre la cabeza. “¿Tienen alguna pregunta que quieren hacerme antes que empezamos? ¿Dudas?” preguntó el doctor Sandovala los padres.
“¿Cuánto tiempo durará la intervención?” susurró la mamá. Ella sintió que tal consultaquizás como la más obvia, pero él la hizo sentir como lo más torpe. “Cuando se trata de niños hay que tener el mayor cuidado; nos tardaremos el tiempo que sea necesario para garantizar que la niña salga bien”. Entre la pareja cayó el hielo. Pero duró solo una fracción de segundo porque ya una enfermera, esta vez vestida de azul y con mascarilla puesta, se llevó a Giulia. Ahora hacían en serio.
Al deber salir de las zonas contiguas al quirófano, Claudia estallo en llanto. “Vaya vos, le van a quitar una hernia a la ingle, no le van a hacer una operación a corazón abierto” balbuceo Luis. Él quería animarla pero esa frase sonó como insulsa y falsamente fanfarrona a los oídos del corazón de una madre preocupada.
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Foto: Paolo Zanoni |
“Las hernias que aparecen cuando un niño ya tiene dos o tres años van operadas”, dijo Rottmann. |
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El papá olvidó rápidamente su infeliz inconveniencia. Dejó la esposa con la hermana, sentadas sobre los sofás frente a la capilla. Bajó a comprar los periódicos.El primer cigarro no le duró ni el breve lapso de tiempo para descender unas pocas gradas y cruzar una calle sin tráfico. No había todavía sacado de la bolsa el dólar para los diarios que ya estaba encendiendo a otro.
Improvisamente sonó el celular. “Corred, subid rápido”. Era la voz de Claudia. “Me han preguntado si la hernia de la niña estaba a la derecha o a la izquierda; yo le dije a la izquierda”. Luis explotó como una bomba; no podía creer que los que estaban, ahora “descuartizando”,a su niña ni sabía de qué lado tenían que poner el bisturí. Pero el enojo de inmediato se volvió miedo.
Por casi dos horas la pareja continuó su huelga de palabras. Ella pasaba las páginas de La Prensa Grafica para adelante y para atrás, sin ver ni leer nada, solo repitiendo un gesto automático, una manifestación sin sentido generada por el ansia. De vez en cuando se pasaba el pañuelo bajo los ojos, para borrar los pequeños ríos de maquillaje que las lágrimas dibujaban sobre sus mejillas.
Él fijaba los sufridos tacones de una joven gordita sentada a su derecha, cerca del altar de la capilla. El recuerdo volaba a cuando Giulia era un ángel reacio a materializarse en el vientre de la madre. Entonces Luis acostumbraba ir donde la Catedral ocultaba, a su manera de ver, los huellas mortales de Monseñor Romero.Se sentaba sobre una banca y pedía al mártir un pequeño milagro: otro hijo.
Las imágenes y los recuerdos de los momentos felices paseaban por su memoria y serenaban la angustiosa espera. De pronto oyó una voz que exclamaba su apellido. “Muévete, nos llaman”, le dijo la esposa agarrándolo de la mano.
“Ya estuvo, no hubo problemas. En unos minutos podrán verla. Ah, las hernias eran dos, una a la derecha y una a la izquierda”. La voz del doctor Rottmann sonó suave bajo los bigotes que dibujaban una tranquila sonrisa. El nudo que serraba la garganta de Luis se disolvió en su estomago como un sorbo de agua tibia.
Giulia estaba recostada de un lado y tres grandes sabanas de lana cubrían su cuerpo desnudo y temblante. La reacción a la anestesia estaba disipándose, los ojos de la pequeña buscaban rostros conocidos. Y su primera palabra fue: “Papá, ¿Dónde estás?”.
Se acabó. Luis, sentado en los asientos traseros de otro taxi con otro conductor sin prisa, revisó la factura que acababa de cancelar. Al semáforo del hospital Pro Familia un niño descalzo vendía bolsitas de maní a los conductores. Lo fijo y no pudo evitar que su felicidad se ofuscara por un velo de tristeza. |