Allá, donde no cae el agua
Por
Loyda Salazar
Periodista
Andrea Garay cumplió diez años en marzo. Está en quinto grado y dice que en la escuela aprendió que ANDA significa Administración Nacional de Acueductos y Alcantarillados. Sólo eso.
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Foto: Loyda Salazar |
El acceso al agua potable es restringido para los habitantes de El Pepeto, en San Marcos. Dos chorros abastecen a unas 35 familias. |
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Desde que recuerda, el agua que hay en el cuarto que sirve de casa para ella, su madre y sus tres hermanos mayores, ha sido acarreada con cántaros y almacenada en barriles.
A pesar de su edad, su cuerpo parece de una niña de 12 años. Según su madre, Patricia Garay, al igual que muchos infantes del sector sus hijos han tenido que trabajar desde pequeños, por lo que Andrea a los seis años tuvo que hacerse cargo del oficio doméstico y lo que hasta hoy ha sido su más dura tarea: proveer agua a su casa.
He ahí la razón de su avanzado desarrollo físico. Y aunque es un personaje singular y tiene una personalidad divertida que la distingue, ella no es la única.
Entre las 125 personas que componen la comunidad El Pepeto, en el municipio de San Marcos, hay unas 35 niñas que como ella no han experimentado lo que significa tener un chorro en la casa o que no han visto un recibo de cobro del servicio de agua más real que el de los libros y cromos de la escuela. Son niñas que desde muy pequeñas se dedican a “jugar a la casita”, pero en una casa de verdad y desempeñándose en responsabilidades de las que depende toda la familia.
Media vida en la jornada
El Pepeto alberga desde 1980 a unas 35 familias que se afincaron en un angosto pasaje de unos 20 metros de largo por 4 de ancho y compuesto por pequeñas casas de 2x2 metros, al cual nombraron de esa peculiar manera por la abundancia de árboles de ese fruto que había cuando asomaron los primeros pobladores del lugar.
Todos los días, tenues luces comienzan a iluminar las múltiples estancias a eso de las 4 de la mañana. Se escuchan voces cuchicheando, bebés llorando y una que otra regañada sonora y tempranera.
“Andrea, levantate —dice en tono suave Paty, como todos suelen llamarla— nos va a agarrar la tarde”. Afuera ya se escuchan pasos. La niña se levanta, pero se queda sentada por un momento en la orilla de la cama desperezándose. Se viste.
El interior de la casita es cálido y el olor del café ha plagado el ambiente. Paty empieza a preparar la comida del día: desayuno para todos y almuerzo para los que luego saldrán a trabajar.
Con el cántaro colgando de una de sus manos, la niña se dispone a salir. “Apurate, necesito el agua”, fue la última frase de Patricia que logró colarse por la puerta antes de que Andrea la cerrara tras de sí.
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Foto: Loyda Salazar |
Estefany y Andrea, como muchas otras niñas de El Pepeto, se encargan de las tareas del hogar. Asisten a la escuela en la tarde, por lo que aprovechan algunos momentos del día para descansar. |
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El día del bautizo
Hasta hace un par de años, en El Pepeto nadie tenía agua potable. Y no es que ahora tengan, pues aún hoy la mayoría prefiere abastecerse en el pozo ubicado justo al medio del pasaje. Sin embargo, y sólo gracias a la organización de los vecinos, lograron instalar dos chorros públicos que trasladan agua desde la colonia Los Alpes, la cual colinda con la comunidad por la parte de arriba.
Marta Irma Campos, de 50 años, y una de las más antiguas residentes del sitio, explica que la directiva, de la cual ha formado parte en distintos períodos, ha presentado ante ANDA y la municipalidad de San Marcos varias solicitudes para que el colectivo de casas sea considerado en los proyectos de introducción de tuberías para agua potable desarrollados en la zona. Pero ni ANDA ni la alcaldía han respondido.
“Alrededor todos tienen agua. Las tuberías casi nos pasan encima y ni por eso logramos ser incluidos. Hubo un tiempo en que a la comunidad le decían el desierto, porque sólo aquí no había agua potable. La gente se jacta de eso, de tenerla. A unos hasta se les olvida que han pasado por lo mismo”, relató la mujer, quien añadió que el peyorativo bautismo de la comunidad propició que los habitantes más añejos empezaran a gestar planes de desarrollo local.
Gratuidad a medias
Después de acudir repetidas ocasiones ante las autoridades competentes, pero sin obtener resultados positivos, la directiva local de Los Alpes, integrada por algunos ex habitantes de El Pepeto, decidió desarrollar un proyecto a escala local que permitiera la instalación de los dos chorros que ahora proveen “agua potable” al mal nombrado “desierto.”
El líquido se extrae de la red nacional y se cobra en el recibo de la casa comunal de la colonia de arriba. El dinero para pagar la factura es recolectado entre los habitantes de El Pepeto, para lo cual directiva ha establecido horarios de abastecimiento y el precio a pagar por cada barril lleno: un dólar, y 25 centavos si sólo quiere una cantarada. Hay otros que tienen una cuota fija, lo que los ha convertido en “clientes VIP”.
El parque de casas de abajo, aproximadamente unas 10, recibe agua en el chorro de ese sector dos veces —mañana y tarde— cada dos días. Cuando en este no cae toca el turno a los de arriba, sector conformado por 15 casas. Las otras 10 familias que viven al centro del pasaje deben turnarse entre el chorro de arriba y el de abajo.
Los que pagan de un solo tajo la cuota siempre son los primeros en llenar y son los poseen mayor número de recipientes, por lo que en muy raras oportunidades padecen escasez de agua. Sin embargo, quienes no tiene dinero para mantener el mínimo requerido y que muchas veces solo quieren agua para el día, deben esperar y atenerse a la posibilidad de que cuando llegue su turno el chorro esté seco.
Si esto pasa, no queda otro remedio que acudir al viejo pozo o tocar la puerta del vecino privilegiado y pedir que revenda un poco de agua. No piden menos de 50 centavos por cada cántaro. Negocio redondo.
Por eso, Andrea hoy se ha levantado temprano, porque es día que a los del centro les toca abastecerse en el chorro de arriba, lo que implica que hay que caminar unos metros más y pelear por un buen lugar en la fila de espera.
Un par de casas después de la suya la esperan Estefany y Zulma, ambas de 9 años, las amigas con quienes suele compartir la jornada. Entre risitas, bromas y empujones caminan en busca del agua que les permitirá comenzar la jornada a sus familias.
En medio de una repentina competencia de “a ver quién llega primero”, Andrea para y permite que sus compañeras se adelante. Mira hacia atrás y con una mirada un poco pícara, perollena de infinita inocencia y seguridad, agrega un dato a lo que antes había enunciado: “También sé que a ANDA le vamos a reclamar en las marchas cuando de arriba no nos mandan agua”. Y se va. |