Mil bocas que alimentar
Por Roberto Sánchez
Periodista
Los "hijos" de Miriam López llegan puntuales a la hora del almuerzo. Ella los conoce muy bien, desde aquellos que llegan con prisa, hasta a los que sólo les gusta la carne asada.
El sólo hecho de pensar en el menú a preparar en el hogar, representa un reto para toda ama de casa. La cantidad de arroz a hacer, tener cuidado de no quemar el pollo, estar pendiente si hay que comprar huevos o pan, son algunos de los retos a diario para estas mujeres. Pero si para ellas es una tarea difícil preparar los alimentos para 4 personas en el hogar, habría que pensar en el nivel de complejidad que representa preparar comida para 45 personas más. A diario, por supuesto.
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Foto: Roberto Sánchez |
Miriam asegura que su conocimiento culinario proviene de la enseñanza de su abuela. |
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Esta realidad la vive día con día Miriam López, una mujer de 60 años de edad que ha dedicado la tercera parte de su vida a alimentar a 250 bocas semanalmente, según sus cálculos. "Desde que me levanto, ya tengo en la cabeza qué voy a preparar, no es fácil pero ahí vamos", asegura López, quién inicia su jornada a las 5 a.m. de lunes a viernes. Su kiosco, ubicado en la colonia Roma, ha sido su segunda casa desde hace más de 18 años.
Sale de su vivienda en Mejicanos desde muy temprano, para cumplir con su ritual de comprar a primera hora en el mercado central las mejores carnes, vegetales, granos básicos y otros elementos que utiliza a diario en su puesto de comida.
"A diario gasto $100 en comida"
Y es que las conocidas alzas en los precios de la gasolina y alimentos, también afecta a esta trabajadora. "Hace 5 años era una locura pensar que iba a gastar más de $80 en el mercado, pero ahora es otra cuestión", se resigna López.
Luego de llegar del mercado, ella se encarga de abrir el puesto junto a sus dos ayudantes. Se trata de Lucía y Ana, de 32 y 36 años respectivamente quienes han trabajado junto a Miriam desde el año 2001. "Les pago $7 diarios a cada una y les doy su comidita", asegura la propietaria del local. Las ayudantes parecen tímidas pero a la vez disciplinadas en sus tareas culinarias. Se limitan a asentar con la cabeza los comentarios de su empleadora.
"Yo trabaje en otro puesto de comida, pero mi jefe era bien explotador. Sólo me daba $4 porque decía que me daba la comida", cuenta Ana en su única intervención. A medida que avanza la mañana, algunos clientes empiezan a llegar al lugar.
"Niña Miriam, deme dos panes de frijol para llevar, voy con prisa"
En el sector, el puesto de López queda a la exposición de 5 empresas. Y por lo menos un par de trabajadores de cada una de ellas, es cliente del kiosco. "Serían como mis hijos que sólo a pedir comida vienen", asegura entre sonrisas la "niña Miriam", como se le conoce.
En cuestión de minutos un hombre de corbata pide dos panes con frijol, paga los $0.50 y sigue su rumbo. "El regresa al mediodía, siempre anda a la carrera", completa López. Las mujeres regresan a sus actividades y apresuran el paso antes de las 11 a.m., hora en la que una de ellas se separa para encargarse de hacer las tortillas para los clientes. El menú del día será arroz, chiles rellenos, chorizo, sopa de res y carne asada, el plato favorito de su clientela.
La propietaria del kiosco asegura que trata de mantener la carne dentro de su menú, porque de lo contrario pierde gente. "A la semana haré unos 20 platos distintos, y los hago pensando en lo que les gusta a mis clientes. Al tiempo incluyo algún plato nuevo como berenjena, pero me arriesgo a que no me la compren", comenta la experimentada cocinera.
La higiene es otro elemento que no pasa desapercibido para Miriam. "Aquí lavo al llegar y al irme, no dejo ni señas de que estuve", se jacta López, quién asegura que tiene en su casa un certificado que la acredita por parte del Ministerio de Salud, como un puesto de alimentos que cumple con las condiciones de salubridad exigidas. "No lo hago sólo por mí, sino por la salud de la gente que viene".
Una vez al mes recibe seminarios, por parte del Ministerio, enfocados a normas de salud que debe cumplir en su trabajo expresa la propietaria del kiosco. Además, al mes cancela $23 a la alcaldía en concepto de impuesto sobre la acera y $51 por derecho de su kiosco. "Hago la cuenta y al final del mes, sólo me queda para pagar mis cuentas", se lamenta Miriam.
Cerca de las 12 p.m. un pick up desmonta ollas, platos y otros utensilios de cocina a una cuadra del puesto de López. "Ellos son piratas, pero a mí no me afectan, sólo vienen por las mismas 15 personas de la agencia que les compra. A mi clientela no me la han robado", asegura la cocinera.
En cuestión de una hora, todo pasa en un abrir y cerrar de ojos: los grupos de personas van llegando, ordenan su platillo favorito del día y se retiran con su comida envuelta en una bolsa roja. Todo transcurre con orden y la "niña Miriam" atiende a cada cliente con una sonrisa. Muchos bromean con ella, y todo hace parecer un ambiente familiar en el lugar.
Llegada las 2 p.m. sólo hay sobras de lo cocinado y tres platos de comida: el de Ana, el de Lucía y el de Miriam. La jornada ha terminado, pero el descanso no será muy prolongado. "Es terrible que sólo en la comida pensamos los humanos", finaliza una agotada trabajadora. Y si hay alguien que tiene todo el derecho de quejarse con esa frase, esa mujer es Miriam.
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